22 julio 2007

INFANCIAS VERDES
Capítulo cuadragésimo octavo

* Cinemateca irracional

La programación cinematográfica de TVE me iba descubriendo maravillas por doquier en un constante flujo de ciclos, donde épocas y nacionalidades se daban cita para pasmo de neófitos. O sea, como yo mismo, que gracias a mi querencia por la imágen en movimiento me transformé en un receptor impenitente de casi todas ellas. Acabé fanatizado. Me dí cuenta que mis verdaderos educadores no eran unos decadentes salesianos sino unos señores apellidados Mizoguchi, De Sica, Welles o Sirk. Conforme veía cine y más cine iba captando una serie de etapas y escuelas que convenía poner en orden. Un acto de cronología que me haría entender el devenir interno de aquella arte. Del mismo modo que en Literatura o en Historia se requerían esquemas de ordenación, el Cine a la fuerza tendría el suyo (y quizá más fácil de aprender por contar con sólo un siglo de existencia. En mi caso, sería doblemente sencillo pues blandía a priori una predisposición y entrega totales). Tenía en casa la enciclopedia ilustrada universal SALVAT. Sus treinta tomos albergaban para mí todos los saberes, la quintaesencia de lo divino y lo humano. Miles de páginas que solía devorar en mis horas muertas, buscando a mis pintores favoritos entre las palabrotas más ocultas. Cuando le tocó al cine allí encontré fotogramas de las mejores películas de la historia, según los estudiosos: los maestros rusos, la comicidad de los judíos mudos, Orson Welles, los italianos... Empezé a retener los nombres de Pudovkin o Dovzjenko aún cuando todavía no había visto nada ellos. Para no olvidarme de dato alguno recurría a la lógica solución de las asociaciones de ideas (así Pudovkin realizó La Madre pues las palabras pudor y madre de alguna manera se interrelacionaban, con lo cual Dovzjenko -el otro difícil de memorizar- tenía que ser, por exclusión, el magno poeta de La Tierra. Era el ruso que quedaba pues Eisenstein y el Potemkin ya me los sabía de sobra). Apunté las principales corrientes en los márgenes de los libros del colegio. Creía comprender muy bien la evolución que había seguido el cinematógrafo a partir del advenimiento de las nuevas técnicas aportadas por el sonoro, con el avance luego del realismo en Hollywood y el estallido de la segunda guerra mundial que había influido en el pesimismo social, la entrada de cineastas europeos en el exilio y la política de autor. Empezé a cogerle cierta ojeriza al cine nortemericano en favor de lo europeo en un tic muy a lo progre que bien pudo venirme de las lecturas incontroladas de textos sueltos de Andre Bazin captados en algún suplemento dominical. En cuanto a los críticos, no fueron nada mancos los españoles a la hora de contagiarme su pasión de tantas horas de Filmoteca y Perpignan. Era en la revista TeleRadio donde los Juan Cobos, Mendez Leite, Miguel Marías, Miguel Rubio y demás me nutrían asiduamente con sus conocimientos, a través de sus columnas dedicadas al cine que iba a programar televisión durante la semana. Quien no conoció el panorama televisivo de principios de los ochenta podrá parecerle mi referencia de lo más ridícula, sobre todo si uno piensa que aquello era como ahora. Vive dios que no lo es, se emitían más de doce películas soberbias a la semana (encuentra tu hoy, sin contar los canales de pago, tan siquiera una). Todos aquellos criticos, en su mayoría de la progresía cultural, habían iniciado sus carreras en la histórica Film Ideal (Juan Cobos en un momento dado se desligó de ella por desavenencias con su director fundando la marxista Griffith). Durante los setenta seguirían adelante repartiendo sus textos en las entrañables enciclopedias por fascículos, periódicos, revistas de televisión y en Fotogramas ocasionales (aunque siempre acogió bien a las firmas madrileñas, la barcelonesa contaba con sus críticos patrios - Guarner, Molina Foix, de Cominges, Figueres- quedando desligados los madrileños, caso de los antes citados, yendo a parar a otras ubicaciones). Al terminar el siglo, se les vería a todos envejecidos y tosiendo entre humaredas de tabaco negro en las tertulias de la 2 de Jose Luís Garci (que, por cierto, en este año 1.983 había ganado su Oscar con Volver a empezar).

Ciclos, homenajes y celuloide Babel
A Mis terrores favoritos le sustituyó un ciclo de humor titulado así, Con H... de humor. No niego que a mi me resultó algo frustrante el cambio, pues ninguna carcajada iba a compensar el irresistible encanto de sentir miedo (siempre y cuando fuera desde la comodidad de saberme mero espectador de actos terribles en cuerpos ajenos). Afortunadamente títulos capitales del desternille con clase como Guardias y ladrones (Monicelli y Steno), Las tres noches de Eva (Preston Sturges), Niñera moderna (Walter Lang) o Maribel y la extraña familia (Jose María Forqué) me depararon deliciosos momentos de jocosidad y sinsentido en la butaca de casa. Tras el humor llegó el melodrama. Por lo tanto nada que objetar esta vez. Cómo hacerlo ante las inefables gemas de la lágrima del estilo de La gran mentira (Edmound Goulding), No me digas adios (Anatole Litvak) o La solterona (de nuevo, Goulding... ¡y Bette!).
Aunque para melodrama de alcurnia, su exacervada representación en la Tierra que fue, es y seguirá siendo, el cine del inmenso Douglas Sirk. Todavía los cinéfilos de ley recuerdan con nostalgia aquel venturoso ciclo (tan completo que hoy diríase irrepetible) que emitió la segunda cadena los sábados por la tarde (¡y presentado por Antonio Drove!). Arrancó con Los pilares de la sociedad, vetusta cinta de su etapa alemana y acababa con, claro, su canto del cisne, Imitación a la vida. Asombra la serie de títulos que fueron rescatados de su primerísima etapa teutona ( entre otros, Acorde final y La golondrina cautiva) que a día de hoy parecen perdidos para siempre. Quien ya de aquella dispusiera de video, hubiera grabado estas joyas y todavía las conserve, que se considere el hombre más rico del mundo, pues ni siquiera el Dvd o Emule se han dignado en devolvernos tamaños elixires de la era Goebbels a la humanidad orante.
El espacio CineClub también nos agasajó ese año con repasos someros a las carreras de Imperio Argentina (una extraordinaria comedienne, aparte que fotogénica como la que más, justo en un año en el que moría Estrellita Castro), King Vidor (cayó El gran desfile), Raul de la Torre (aquí comprendí que los argentinos se tomaban su tiempo en eso de narrar historias, de hecho todas me parecían cortometrajes alargados innecesariamente), los maestros del Japón (la sensación de lentitud se justificaba por lo zen cuando la pantalla se llenaba de samurais y geishas, morosidades que yo juzgaba como de lirismo excelso) y, desde luego, Werner Herzog.
No hubo director contemporáneo que me hiciera tanta mella como el que firmó el Gaspar Hauser. El ciclo no superó los cinco títulos pero fue de tal intensidad que todavía sigo recordándolos entre escalofríos. Tuvieron mucho de experiencia iniciática. La carga onírica del Aguirre, lo insólito del crío Hauser, la magia en blanco y negro de Corazón de cristal, las personalísimas Stroszek y Woyzeck me atraparon de una manera harto inesperada (apenas tenía referencias del autor, por si fuera poco no comprendía buena parte de sus significados) pero mi voluntad era grande y el hecho de que Carlos también lo estuviera siguiendo ya suponía todo un aliento para degustarlos con la mayor atención posible. Me chocaba el trabajo de sus actores, en permanente estado hipnótico. Y, ya digo, que la capacidad del realizador alemán de transformar cualquier proyecto en una experiencia única y personal, quedándome como simple espectador de un sueño incomprensible al que me hubiera abandonado tras la ingesta de una droga. De hecho eso era el cine para mí.
También me asombraron Las truchas de Jose Luís García Sanchez (pretenciosidad con voluntad de escandalizar, entre El angel exterminador y La gran comilona), Campanadas a medianoche de Orson Welles (la Moreau se deslizaba sobre el ogro con la eficacia de una profesional del amor), una My fair Lady en versión original (maravillosa de cabo a rabo) y las sempiternas reposiciones de pelis de Hitchcock.
Sería inabarcable enumerar la totalidad de cine proyectado en los dos canales en 1.983. Así los exotismos del cine chileno, cubano, sueco o húngaro no me conducían a la ataraxia pero ahí estaban ellos de igual modo, ocupando huecos necesarios.
Fue el año en que murieron Ingrid Bergman (y pusieron Indiscreta), Henry Fonda (Brigada homicida), Luís Buñuel (El angel...), George Cukor (Confidencias de mujer), David Niven (Mesas separadas) y, en fín, Gloriosa Swanson... Eligieron El crepúsculo de los dioses. Exactamente eso... un diosecillo me sentía día a día, degustando tanto manjar, necrofílico o no, en un tiempo en que la televisión (era Calviño) parecía ser una apetitosa prolongación de la Filmoteca Nacional.

continuará

1 comentario:

David Saä Viccenzo dijo...

Cuante ternura precioso amigo, tu infinitud me puede.

Aún te guardo en la memoria.

La adelfa blanca