21 julio 2007



INFANCIAS VERDES
 

Capítulo cuadragésimo séptimo (Año 1983)

* El club de los poe
tas hostiados
Un nuevo curso. Llevaba arrastrando de lejos una espantosa carrera de estudiante mediocre. Tenía autoasumida ya mi condición de desastre. Aún por encima, el factor de competitividad muy a menudo me motivaba a caer en pozos sin fondo de los que tan sólo salía cuando me iluminaba un mínimo destello de esperanza, aquella que me indicaba que podía encauzar mi intelecto en otras disciplinas que mis compañeros ni tan siquiera olían. En el fondo, y conforme nos acercábamos al bachillerato, ellos ya empezaban a hablar del futuro. Era previsible que acabarían siendo hombres de orden y yo, el inútil que tienes ante tí, el mismo antisocial que un día el profesor de griego me pronosticó que acabaría siendo. Cuando años más tarde acabábamos BUP y estábamos a las puertas de una posible admisión en la universidad también mis compañeros volvieron a hablar muy claro de lo que querían ser en la vida: mentaban profesiones con nombradía que a mí me eran tan lejanas como poco atractivas. Finales de ciclos, encrucijadas doblemente terribles para el desubicado eterno.
Todo era un sindios. Acumulaba ese Octavo suspensos que no cabrían en la carretilla de Zipi o la de Zape. Consegui el deshonroso honor de sacar un 1-Muy deficiente en la bonita y entrañable asignatura de Ciencias Naturales (para mí un verdadero martirio, no tenía ni puta idea que hubiera tantos animales sueltos por el mundo adelante y todos con sus ramas familiares, más jodidas de aprender que la lista de los reyes godos, aparte de que algunos de estos infraseres eran sólo apreciables desde un microscopio, con lo cual ni siquiera un Felix Rodriguez de La Fuente o Cuadra Salcedo querrían aguantar un solo trimestre en tal zoo loco). Pero no fue el temor por los cateos lo que me atormentó en un principio (sabía que debería de aprobar todo si es que quería pasar al grado superior) sino el hecho de que El Papus nos tocaba ese curso. Iba a darnos matemáticas. Su fama de terrible, de maltratador excelso, de gran sádico era bien conocida, no sólo en nuestro centro: también resonaban sus hostiazos en los Maristas y en algún instituto. Ignoro si El Papus era cruel en sus oficios extra: dando clases particulares, por ejemplo. Si así fuera, sus tácticas bien podrían confundirse con el bondage a domicilio de un tosco anuncio de contactos. Luego estaba su aspecto. Era un hombre enorme, de rostro curtido, cejijunto y mirada penetrante, no me acuerdo si tenía verruga alguna: con su boca desagradable escupiendo algebra y sus pilosidades frondosas ya resultaba repulsivo. Era una suerte de ogro infame que la primera vez que tuve cerca me intimidó grandemente. No recuerdo qué me había dicho, es posible que me hubiera soltado una ironía tan sólo, una gracieta destinada a desdramatizar su innata gravedad. A mi sus palabras, con amago de pescozón, me sonaron a amenaza por todo lo alto, a declaración de guerra. Me fijé en sus manazas y comprendí que el año se presentaba muy chungo. Y eso que Octavo era, a simple vista, un repaso de los cursos previos. Séptimo si que era difícil (dijo algún listo).
Paradójicamente El Papus no fue para tanto. El león rugía, incluso formó alguna alegre hilera de castigados a los que hostiaba por turnos. Pero tales aquelarres no sucederían más que en contadísimas ocasiones. Probé su mano, desde luego, pero de ello no ha quedado un recuerdo tan potente como en cambio lo había sido su leyenda. Si acaso ésta hacía honor a su nombre en cursos de alumnos más jóvenes. Era como si los de Octavo estuviésemos semi exentos al atravesar un momento al pie ya de la adultez, momento con la suficiente consistencia como para andar con esas disciplinas salvajes. En cambio la sorpresa del maltrato vino de quien menos pensaba. De un pacífico profesor llamado Benjamín que me propinó un espantoso maxi bofetón (con sus dos manazas a la vez en sendos carrillos) y que me dejaron la cara roja como un tomate. No me dolió tanto fisicamente como moralmente puesto que en modo alguno merecí aquel castigo (estábamos los chavales sólos en la clase, él era el profesor del aula contígua que se presentaba de improviso en la nuestra, harto del barullo que estábamos haciendo. A mí me cogió de conejillo de indias, de modelo aleccionador, de víctima propiciatoria pues apenas había abierto la boca en todo aquel tiempo) que prosiguió con servidor de cara a la pared durante todo el recreo (desde luego, un rollo demodé total). Me irritó muchísimo la actitud de un docente que hasta la fecha nunca se había distinguido por el maltrato al estudiante. Aún por encima, se me venían imágenes del año anterior de cuando un grupo de alumnos, entre ellos yo, le habíamos hecho una visita de cortesía a su casa, donde permanecía de baja durante tres meses por una enfermedad que ahora no recuerdo. Si había sido la rabia, ésta había quedado muy mal curada.
Puede que a un lector adolescente le parezca mentira que tales cosas sucedieran en este país (ya democrático) tan sólo hace veinticinco años. Hoy en día, la tortlla ha dado la vuelta, o eso nos quieren hacer creer los medios de comunicación que nos atenazan con noticias constantes sobre profesores maltratados por sus alumnos. Independientemente que me alegre de dichos actos en tanto que en mi interior bulle una venganza irresuelta por tantos momentos dolorosos de cuando yo fui alumno, apostaría a que estos no son más que hechos aislados que lo único que se procura al difundirlos es que nos desviemos del verdadero problema y, por consiguiente, de que entremos en un debate serio en torno a nuestro nefasto sistema educativo. También ha saltado a la palestra ese otro asunto de la crueldad entre compañeros, sin duda ahí nadie tendría nada que objetar. Porque por encima de avances pedófilos, reglazos o caras cruzadas del cura de turno, el verdadero trauma para el diferente se produce ante el horrible acoso de sus propios compañerines (físico y/o psíquico) que puede hundirle (sino se posee un mundo interior lo suficientemente potente) en un infierno de consecuencias irreversibles. Eso es lo que puede joder la vida a un individuo débil. Lo demás son menudencias que el propio tiempo se lleva como tantas otras cabronadas de nuestra vida cotidiana que nos vuelven, de repente, un poco infelices.

El concurso de redacción
Traté durante aquel curso de ganarme la simpatía del resto de la clase tal como mejor sabía: que no sería encestando canastas, tampoco marcando goles o pasando unos relucientes esquemas de Historia a quien me lo pidiera. Lo mío fue ganármelos a través del humor escrito.De siempre fuí muy coñón con mi círculo de cofrades, me encanta reir y provocar la risa. Quien me pilla no me abandona, cierto es. Así que como aparte me manejaba bien con las letras me entusiasmé con las redacciones de clase de Lengua. Porque aunque los temas no eran libres yo me explayaba de lo lindo saliéndome de los límites normales sólo para buscar la complacencia de mi auditorio. Entonces, lo que hice fue incorporar el humor (grueso, si) y la parodia de las series de televisión en beneficio de unas historietas surrealistas, muy absurdas con las que la clase entera se tronchaba de la risa. Si el tema de la redacción era el verano, yo salía con una extravagancia a cuenta de los tripulantes de Vacaciones en el mar. Si había que escribir algo de la familia, de repente me volvía loco y de paso a los petroleros de Dallas. Siempre incorporaba elementos particulares de manera repetitiva pues era un recurso idóneo que originaba el chascarrillo y, de resultas, la complicidad del oyente (por ejemplo, el efecto infalible de introducir una vaca en lugares donde las vacas no suelen estar. Vamos, que caía en lo insolite). Supongo que aquello no haría hoy en día gracia ninguna. A lo mejor era todo muy serio (el surrealismo suele serlo, vean sino el burro de Buñuel). Lo importante es que mientras me divertía, me transformé en una especie de bufón atípico que cual Scherezade del gag nutría las ansias ilimitadas de cachondeo de mis califas crueles. Mientras reían no me abasallaban.
Otra cosa bien distinta fue lo del concurso de redacción de Coca Cola. El profesor de Lengua nos informó a unos cuantos de la posibilidad de representar a nivel nacional al colegio. Entre los elegidos de clase estaban Carlos y un tal Maciste. Las preparatorias consistieron en realizar pequeños textos de tema libre que entregaríamos luego al profesor para que los supervisara (corrigiendo errores y demás). Me acuerdo que tanto Carlos como yo llevábamos el asunto con mucho misterio. De alguna manera disfrutábamos con aquel reto que nos hacía por primera vez rivales en lo creativo. Apenas desvelábamos entre nosotros qué era lo que habíamos escrito ni los consejos que nos daba el profesor de cara al día del concurso. Guardo unos cuantos de estos preliminares y me sorprenden las temáticas escogidas. En cuanto a la sintaxis dejaban mucho que desear, apenas acentuaba y caía en redundancias linguísticas clamorosas. Sin embargo, repito que hay temas bien raros para un niño de trece años.

(...) Dulces y a la vez despiadados canallas de pacotilla. Malditos hijos del diablo. Ignorantes sabedores del matar y del cobrar. Estúpidos herederos de la era hitleriana. Mezquinas ratas. Sanguijuelas y víboras. Vampiros esquizofrénicos. Violentos cobardes sin escrúpulos...(...)

(...) Fui recorriendo mi pasado lentamente. El miedo había conseguido apoderarse de mí. Aquellos escaparates tan bellos y atrayentes. Muchas personas hubiesen deseado ser los únicos protagonistas de aquella representación de maniquies (...)

(...) Tiró violentamente la Biblia al suelo y llevándose las manos a la cara rompió a llorar, como aquella vez cuando los hombres de blanco le colocaban la camisa de fuerza (...)

(...) Aquella mujer recordaba las viejas fotos de sus padres y su hermano mayor, cuando la guerra, colgadas e
n su habitación. Las viejas muñecas de trapo, la antañona cocina de gas, auténtica novedad a principios de siglo. El taburete con la pata coja donde ella solía sentarse, tomando aquel pan negro de entonces, viendo a la abuela preparar su cocido famoso (...)

Obviando cierta cursilería infantil y halago al estamento religioso que me cobijaba (si, si. Todavía hoy me cae la cara de verguenza lo cristianito que quería quedar ante mi maestro en algunos párrafos que no he reproducido por decoro) hay elementos formales, ideas que se salvarían de una rápida quema. Inspirándome tanto en mis experiencias personales y/o familiares (problemas de comunicación con los demás, las vivencias de mi abuela materna que yo conocía sólo en su vejez, el ambiente de los marginados de mi ciudad) junto al plagio de plumas impactantes y de última hornada (los guiones que Juan Cueto le escribía a Jesus Quintero para El loco de la colina, programa de radio que me apasionaba por esas fechas) fuí llenando aquellos folios impresos no sin pocos temblores digitales. Y es que tales hojas se adornaban en su parte superior con la firma organizadora del concurso y la ficha personal que debía cubrir con antelación, lo que le daba un tono muy serio al asunto.
Durante semanas me esmeré en resultar un crío adulto. Abandonar mi mundo infantil y adoptar un tono realista que anonadase al final a los jueces. El día de autos, reunidos todos en una enorme aula idónea para realizar la selectividad, me noté muy disminuido. Al sentirme incómodo (siempre necesité una intimidad para ponerme a juntar letras) y poco inspirado opté por la despersonalización. Despaché un par de cuartillas con una sarta de tópicos y demagogias abiertamente calcadas de los últimos locos de la colina. Al mes, los resultados no fueron nada halagüeños. No había pasado ni las semifinales ni nada. No así Carlos que creo que siguió adelante, ganando hasta un dinerillo y todo. El profesor de Lengua aún tuvo la mala idea de recriminarme, me lo hizo saber preguntándome con un tonillo de reproche de lo más antipático: ¿Pero qué has hecho, coño?. Me pareció otro hijoputa a añadir a mi lista negra. Como si crear literatura supusiera el mismo esfuerzo mecánico que el que emplea un fontanero desatascando un retrete o un electricista arreglando un cortocircuito de lo más tirado.