20 julio 2007

INFANCIAS VERDES
Capítulo cuadragésimo sexto

El arte de meter bien la mano
(y 2)


*La fiesta del tocón
Me había puesto como un pepe en la pasada cabalgata de Reyes gracias a aquel a
dolescente providencial que había conocido entre Gaspar y Melchor. Aun trempaba cada vez que recreaba nuestra espera a que saliesen aquellas tres estrellas de Oriente por el balcón del ayuntamiento, ambos apoyados sobre una columna. Ante el difícil equilibrio mi paquete era esmagado tan ricamente por sus carnosas nalgas enfundadas en raídos jeans mientras mis manos se introducían en sus bolsillos delanteros buscando su otro manjar. Nada me impedía sobarle. Mis toqueteos parecían ser del todo procedentes. Meses más tarde mis manitas jugaron tambien mucho cuando en plenas fiestas patronales una tormenta inesperada nos obligó a refugiarnos a un buen puñado de personas en un pequeño palco de música. Fui a coincidir con dos maromazos que a mís ojos estaban más buenos que el Luca y el TJ (en mi apreciación actual, como casi todos los ídolos de ayer, aquellos desconocidos no serían para tanto. En realidad, muerta la inocencia, el erotismo se ha convertido en algo monótono, pese a que lo instintivo siempre conseguirá que te pique la emoción, aunque sea ya muy ligeramente). Me coloqué detrás de uno de ellos, el cual conforme se iba acercando más gente más oprimía su culazo contra mi paquetín. Y yo como siempre, iniciaba los tactos con timidez, luego avanzaba los ataques y, al final, terminaba feliz rozando la cebolleta sobre el mullido colchón de sus nalgas. Lo más excitante era la progresión del sobeteo y, por descontado, el curioso momento de las miradas de reojo, normalmente maliciosas a las que, de vez en cuando, me sometía el sobado.
Lo de ser menor, de ser un pre adolescente supongo que influiría bastante en aquella condescendencia de los adultos (o casi). También es verdad que lo mío era una anécdota muy bizarra como para que los chicos mayores sacasen conclusiones a la ligera. Y, en última instancia, la estimulación a la que los sometía debía ser tan agradable que, todo lo más, se dejaban llevar por mis artes arañiles con la típica discrección del pederasta por pasiva. Aunque el que acosara fuera el de Liliput.

*Video killed and fucked
Al hilo de estas historias verdes, se hace obligatorio destacar el tema de la aparición en el mercado de los famosos magnetoscopios. Quiza el invento más relevante y revolucionario de la década de los ochenta para la clase media. Las tiendas de electrodomésticos llenaban sus escaparates con el milagro del video (Betamax y VHS). Las ventas fueron al principio moderadas debido a sus altos costes. Así que los propietarios de
tales comercios se esmeraron en promocionar lo nuevo (siempre ignoto para el conservador paisano) . Y lo hicieron de una manera bastante ingeniosa. Preparaban sesiones cinematográficas, por lo menos en uno muy céntrico así fue, todos los días a las seis de la tarde, consiguiendo que se formara un buen tumulto de gente ávida de imágenes estupendas. E imágenes gratis. Madres con sus niños pequeños, teenagers tras la escuela, vagabundos e individuos de rebote se juntaban ociosos en aquella esquina cada vez que una gran televisión con su precio correspondiente empezaba a emitir. A mí desde luego me parecía un maravilloso invento eso de poder disfrutar del cine en el momento que uno quisiera sin tener que esperar a que te lo programara TVE. Pero pasada la emoción de la novedad, empezé a reparar más en el intringulis de los cuerpos muy juntos los unos con los otros. Mi cada vez más perfeccionado instinto de predador facilitó el que reparase con vista de aguila imperial en algún culo preferido, el que según mi imaginación me estaba esperando. Así que ocupaba posiciones. A lo mejor era difícil llegar a él, entonces no dudaba en molestar a la mujerona del bebé rubicundo o al viejo pestoso dándoles codazos o pequeños puntapiés para apartarlos hacia otro lado o para que, llanamente, abandonasen el escaparate poniéndome yo en su lugar. Tal que así la operación palpatoria bien podía dar comienzo, muchas veces con fanfarrias de la Century Fox. A falta de un cine Carretas, experimenté el placer de la fila de los mancos en unos exteriores que en nada se asemejaban, tan siquiera, a los cines de verano. Aparte que aquellas filas mancas resultaron, más de una vez, en zigzag, quedándome el brazito a la remanguillé, pues siempre iba cargado de libros del colegio. Con el tiempo los del comercio, viendo que sus pases atraían a demasiada gente, lo que causaba pequeños caos circulatorios, amén de que sus ventas no estaban siendo todo lo suculentas que ellos habían pronosticado en un principio, decidieron cortar el show. Ante las protestas del público, volvieron a conectar el televisor pero a partir de ahí sin sonido, quedando todo el invento en un asunto "sólo para cinéfilos". Nunca olvidaré un pase del Ulysses de Mario Camerini en el que me harté de sobar a un paletillo de lo más carnoso, mientras el pesado de Kirk Douglas se deshacía del estafermo Cíclope con sus conocidas argucias homéricas. Es por ello que para mí, esa película tan olvidada siempre tendrá un significado adicional, repleto de erecciones al margen de los valores eróticos que aportaran la presencia del Douglas y la Mangano (que es mucho decir).

Juegos recreativos Gay... per
Iba sumando aventurillas locuelas que desembocaban en una cascada seminal no bien llegaba a casa. Era lógico. Tanta tensión, tanto regustillo, tanto tonteo... Y cuando los d
e la tienda de videos pararon de emitir películas me ví obligado a buscar otros lugares que favoreciesen el contacto homófilo. Ayer ya lo confesé con claridad. Y es verdad, los salones recreativos en invierno eran un hervidero de tersuras para degustadores pulpos como yo. Y es que en los ochenta dichos antros aún se llenaban hasta los topes. Todo con chicos. Todavía las chicas no se habían masculinizado en esto del arte del futbolín, el pin ball y el billar. Lejanos quedaban, además, los tiempos del ciber, la sofisticación del videojuego, la posibilidad de los chateos por internet. Todo era más virgen, los críos pecaban de confiados, los pederastas hacían su agosto. Sólo que yo no era el prototipo de pederasta, el típico asesino de Pedralbes capaz de las más burdas fechorías por llevarse a un pequeño ludópata al descampado. Yo era un niño del montón que se cuidó mucho de que un infecto calvo baboso lograse interceptarlo y me limitaba a disfrutar con los comecocos, las moon crestas y demás maquinitas de a veinticinco pesetas mientras entre Game Over y Play In calibraba cómo estaba el ambiente de carne fresca.
El más concurrido de estos salones se ubicaba muy próximo al colegio. Con lo cual tenía que ser muy discreto a la hora de intentar ponerme a catar nalgas. Tan sólo a horas desorbitadas o los fines de semana (abarrotadísimo estaba los domingos, los invasores pueblerinos, ya se sabe) gozaba de un poco de tranquilidad
para mis picardías de sátiro zorrón. No podría calcular ahora mismo el número de culos que acaricié. Lo que sí puedo afirmar es que en un ochenta por ciento de las veces mis operaciones las llevaba a cabo con éxito. Podía estar trabajando un trasero más de veinte minutos, hasta que me cansaba yo y no su dueño. Hubo rollos memorables que terminarían haciendome sacar la conclusión de que el macho es que le encanta que jueguen con su esfinter (los sexólogos ya lo dicen: el masaje de próstata es de lo más agradecible). Por ejemplo, recuerdo a un tarzanito adolescente en bañador que mientras mataba marcianos no paraba de adecuar con sus balanceos mi dedo rígido a su ojete, mientras le decía a su rival: ahí, ahí, justo cabrón... O a otro pavito musculoso que no se sabía si estaba asesorando al jugador de turno o a mí, que le palpaba con ahínco, cuando espetaba: Un poco más abajo, joder. No sabes, no sabes donde está el punto... O, en fín, a aquel cerdi de glúteos descomunales que, según le embestía, gritaba cabreado: Vete a follar a una vaca (cuando la vaca era él, claramente. Fijo que algo de la corrida que me llevé en el pantalón traspasó también al suyo. Debió hasta sentir los chorretones, el gañán apirañao). Ni que decir tiene que dichas frases, siempre con palabrotas del estilo mariconazo, hijoputa y demás, incentivaban más si cabe mi libido, lo que provocaba que estuviera a punto de correrme por la pata p'abajo la mayor parte de las veces. Era la testosterona que acababa por que infringieras cuantas normas morales te hubieran podido enseñar en el colegio o en casa.
El morbo de los recreativos me duró dos décadas más. Por fortuna, esto se ha acabado. Me repugnaría terminar siendo un digno sucesor del asesino antes citado o, por no dramatizar, un "floripondio" a lo Rafael Alonso de La Colmena. En cambio, no me arrepiento de mis excesos, pues he ligado en estos sitios, he follado en sus servicios con mu
chachos cómplices, he conocido a pederastas de los que terminé heredando chavales concretos (el scatyolista), incluso en mi última etapa me obsesioné olisqueando culos subidos a motos de mentira, sin que los pilotos se enterasen del todo. Y cosas peores que ahora no vienen a cuento, por salirse de la cronología a la que me he sujeto. El otro temita, el de los encargados de los cambios, los de las taquillas sería un aparte en este capítulo. Pero he de decir que, independientemente que comentasen entre sí mi papel en aquellas salas, jamás ninguno osó en echarme de sus locales. Incluso cuando, de repente, dejé de ser cliente. Que fue hace muchísimo.

continúa mañana