19 julio 2007

INFANCIAS VERDES
 

Capítulo cuadragésimo quinto

El arte de meter bien la mano (1)

Primeros síntomas de pubertad
La sexualidad ya no se circunscribía a unas vulgares revistas pornográficas. Los estímulos que se percibían desde el exterior eran tan aprehensibles a partir de una determinada edad que el mundo ya nunca sería el mismo para mí. Asuntos de testosterona, de desarrollo paulatino de mi órgano sexual, amén de la lenta aparición del vello púbico, los estirones nocturnos que me crucificaban con calambres espantosos. Y no lo eran tanto en su intensidad como en el pavor que me producía lo desconocido, pues mis padres apenas me explicaban qué estaba sucediéndome en realidad. Mi madre, al ser mujer, no sabía con exactitud en qué consistían esos cambios. En cuanto a mi padre, lo pasaba por alto en tanto hecho físico que no implicaba un gasto adicional en casa (la compra de paños higiénicos, tampones o compresas). Para ambos, el inicio de la pubertad en un varoncillo carecía de la importancia necesaria de haber sido yo una aspirante a mujer. Lógico que me atenazaran las dudas del porqué de muchas sensaciones raras. Por ejemplo, aquel dolor en los pezones... ¿Es que acaso se iba a empitonar aquella parte de mi anatomía, iba a quedar tetudísimo como mi ídolo El increible Hulk o, tal vez, es que iba a sorprender a todo dios con la aparición de unas glándulas mamarias a lo Anita Ekberg?. La segunda idea me rondó durante algún tiempo y más pensando en mi padre que en determinados cabreos, por mis mohines delicados, solía asediarme con su sarcasmo de ponerme unas falditas (¡y no de peplum!). En última instancia, la sóla visión de mi mismo ante un espejo con aspecto de hermafrodita, en tanto que amorfo ser, me causaba desesperaciones constantes.
Aquello no fue a más. Y vive dios que luego deseé muchísimo un pechito efébico por puro regusto esteticista (todavía a los hombres con los que estoy les cuesta pellizcarme unos pezones de rabito casi inexistente, lo que me causa tremendo dolor, nada S/M).

El báter como gueto
Cuando se iba estabilizando mi cuerpo, la calentura sexual empezaba a imponer sus reglas férreas. Aumento de masturbaciones, ansiedad desproporcionada, exacervación de aspectos homófilos que antes habían tan sólo supuesto una fantasía llevada con discrección desde la malicia presuponible a un crío. Era como si deseara darle una vuelta de tuerca a mis anhelos más íntimos. Incluso a profesionalizarme en el erotismo que más me apetecía. Cosa que no estaba nada mal. Salvo que había un detalle que impedía que aquello pudiera aflorar con la normalidad requerida. Y es que lo mío, a ojos de los demás, no era nada normal: era un pedazo de anomalía del carajo, un motivo de chanzas, un defecto a ocultar. Era incapaz de entender del todo que el mundo, ese que tanto me apetecía amar, me considerase un bicho raro. Así que, como tantos muchachos de mi edad, camuflé mis apetencias a la par que empezaba gracias a mis aislamientos a afrontar una doble vida, típica del que se automargina. No es que me lanzara a lo desenfrenado, tan sólo quería saber si había iguales. Conocía el barrio de las putas, me habían hablado del desahogo del aldeano recio ante una mujerona felliniana, oronda y desdentada, que le esperaba en el umbral de los pestosos locales de bombillas de color rojo y biombo tras la puerta. Pero ¿cómo eran, dónde se producían los contactos homosexuales, a qué hora ligaban los maricas de mi miserable ciudad?.
No tardaría en intuirlo de manera preclara aquel final del 7º curso de 1982. Los báteres públicos eran los sitios más idóneos para los encuentros fugaces, para las proposiciones deshonestas a machitos despistados, para el exhibicionismo arrogante... aunque no siempre estético. Jamás había entrado en un sitio de estos, a los que juzgaba de anti higiénicos. Aparte de que lo veía innecesario teniendo toilette en casa. Apretones pocas veces tuve (pecaba de estreñido) . Sin embargo mis ojos se fueron yendo cada vez más a unos cuyo interior estaba muy expuesto a la vista de los transeúntes. Esto ya lo conté este pasado otoño en una semana dedicada a mis memorias del retrete. Así ví un mediodia, a la vuelta del colegio, que en uno de ellos hacía que meaba una especie de monstruo frankensteiniano con una minga de un tamaño de elefante (o así me pareció a esa edad). Este hombre mayor, al que segui viendo -deteriorarse, momificarse, pudrirse- durante los veinte años sucesivos, padecía una psoriasis la mar de desagradable que le daba un aspecto tumoral a su pichaza. Se masturbaba con bien poco deleite. Aquella ráfaga visual me produjo algo indefinible, entre morbo, verguenza y rabia. Ni siquiera podía imaginarme que aquel hecho, que se repetiría cada cierto tiempo (incluso con otros ejecutantes ya de por medio) terminaría siendo una droga, un vicio bastante difícil de sacar. El rollo báter, que es muy inglés, lo sé. Pero en mi entorno nunca hubo un Joe Orton que lo redimiera (excepto si fantaseamos con que Orton soy yo). Tampoco me imaginaba que detrás de aquellas puertas desvencijadas y plagaditas de agujeros se cocía el bacalao del acto nefando. Y mucho menos que, en una parte de la orilla del río que cruza mi ciudad, los veranitos aparte de nudistas eran muy sodomitas. Sinceramente, a los doce años no se perdían nada mis carnecitas virginales en tales zonas boscosas. Sentía miedo al falo en erección cuando apuntaba hacia mis ojos (no así cuando lo ensalzaba en las revistas impresas, terminando muy lamido: el sabor de la polla era de papel muy malo) , aún más al hombre que lo portase (siempre me cuadruplicaban la edad). Cualquier otro homosexualillo vivaz ya hubiera catado una plantación de nabos antes de ingresar en el bachillerato. Yo me abstuve. Cuanto menos pensaba que hubiera sido ideal un affaire en el bater del colegio con algún vecino de aula atlético y sencillote. Pero eso supondría una locura. Inviable a todas luces. Así que me colocaba la máscara hetero y si reconocía por la calle, en presencia de mis íntimos Ortiz y Máximo, a algún bujarrón del ambiente me callaba y a otra cosa, mariposón.

Chicas de colegio
Seguíamos adelante, guardándome para mí la noticia de que aquel individuo que gemía tanto en el urinario el día anterior estaba felizmente casado con toda una señora sin cintura. Emprendíamos el camino de algún colegio de niñas, donde tenía Máximo el vicio de ponernos en su estrecha salida con el ánimo de meter mano a toda ninfa con trenzitas que pillásemos. Ortiz y yo también nos pegábamos a él. Tan pronto salían ellas, apelotonadas y ruidosas, el cabecilla de los tres palpaba cuanto podía por entre aquellas plisadas falditas azules, abombadas por detrás. Huelga decir que servidor prefería tirarles de las coletas con disimulo, pues me resultaba más gracioso cabrearlas en su tontez que el poder quedarme con el himen de alguna en el dedo por brusco, aunque tambien es cierto que siempre me provocó una dulce sensación el tacto de un seno pequeño y redondeado (aún hoy consigue estremecerme, no diré que no).
Travesuras de niños golfos que derivarían en ricas pajazas de Máximo, por lo menos, cuando llegaba a su casa. En mi caso ellas nunca eran las protagonistas. Sí, en cambio, los críos de clase cuyos apelotonamientos en los pasillos, en la cola del quiosco o dentro del aula notaba yo de mayor valía. Y en el regusto infinito de las meteduras de mano en entornos apretujados, en los lugares idóneos para los contactos homófilos empezé a reparar, hasta que todo aquello se convirtió en la gran obsesión de mi primera juventud. Los salones recreativos, en especial, fueron esos sitios pequeños y confortables donde me encontré más a mis anchas para ir desarrollando mi paulatina representación del pulpo predador. Y mis víctimas, al ser siempre un poco mayores que yo, solían agradecer mis ataques desde la prudencia, la infinita paciencia o el cachondeo, sin más.

continúa mañana