18 julio 2007

INFANCIAS VERDES
 

Capítulo cuadragésimo cuarto

Bravo por la música

* El sonido de la ciudad

De vez en cuando fantaseaba con vivir en un mundo con banda sonora incorporada. Pensaba que mi entorno habitual podía quedar mucho más bonito con cantidades ingentes de melodías frescas, alegres, animosas. Procurarían el efecto idóneo que acabaría por disfrazar la tristeza y monotonía reales en algo mucho mejor. Todavía no se habían inventado esas pintorescas orejeras que responden al nombre de walkmen, ni siquiera había rappers ni graffiteros con el radiocassette al hombro que pudieran molestar con sus soniquetes al viandante más carca, ese mismo que, en cambio, los domingos solía pasear agarrado a la parienta mientras en la otra mano sostenía un transistor con el Carrusel deportivo a tope de estridencias y con derechos propios. En mi imaginario, la ciudad ideal estaría a medio camino entre una coreografía pintada por Minnelli, la modernidad de los nuevos tiempos de la revista Fama y los "quiero y no puedo" de Pili y Mili cuando se les daba por levantar la pierna en exteriores como si de West Side story se tratara.
Por fortuna las galerías comerciales empezaban a expandir su poderío consumista y el hilo musical en ellas era de lo más novedoso. Nunca olvidaré el entusiasmo que me provocó escuchar más de una vez atravesando una de ellas el Just can't get enough de Depeche Mode. Era la música que me gustaba. Me hacía sentir feliz.
Mi primer contacto con el tecno pop fue en Galerías Roma. Tenían conectado sus altavoces con una FM local. Como sea que yo a la altura de 1982 aún no solía meterme en los berenjenales de las radiofórmulas con mi transistor de varias bandas (para mí la FM era Radio 3 plagadita de interferencias) lo que hacía era prolongar mi estancia en esos locales, reparando con la mirada perdida en escaparates que no me importaban, sin parar de mover la puntera de un pie y la cabecita loca al ritmo sintético pero muy humano de los modelnos british. Tampoco me olvidaré jamás de la emoción con la que entré y salí de las Proyflem en dirección a una tienda de discos para comprarle a Mari Carmen (una empleadita de mi papá) el flamante single de Lio Amores solitarios. Tras mucho rogarle, al final la convencí de que la portuguesa afrancesada era lo más, así que la muchacha accedió sacando de cartera cien pesetas, que es lo que por entonces valía un disco de dos canciones. Curioso, Lio también estaba sintetizada.

* Baila la máquin
a
La proliferación de grupos con sintetizadores que nos llegaban de allende los mares eclosionó en una fiebre musical que todavía hoy da insolitamente para mucho. Los primeros Depeche (con el gran Vince Clark), Yazoo, Visage, la Liga Humana, OMD, Haircut 100 fueron los grupos más representativos. Todos desfilaron por el programa Aplauso. Su look desenfadado pero siempre elegante fue rapidamente copiado por gentes de aquí, adoptando poses y soniquetes con desigual fortuna (algunos quedaban entre la engañifa y lo superhortera). De ahí a los nuevos románticos sólo hubo un paso (en España, un paso dislocado) y que tendrían a Mecano como los más resultones. Con todo, elementos bizarros como Aviador DRO o Humano Mecano permanecían en el más absoluto de los olvidos de cara a una promoción masiva ( no hablemos del tecno pop amable de los maravillosos Waq).
La falta de unidad formal de los programas musicales favorecían en Maciste niño el crearse un batiburrillo musical de lo más caótico en el que se juntaban con insólito garbo desde los cantantes ligeros a los ídolos de plástico, pasando por las importaciones cool de la pérfida Albión y los estertores de una movida madrileña que igual moría como daba paso al nacimiento de los sellos independientes (válvula de escape para lo más novedoso, aquello por lo que las multinacionales logicamente no podían apostar). Si de estos últimos empezaba a tener noticia gracias al Diario Pop del resto del batallón musical me enteraba gracias al ya mentado Aplauso y a un programa de la onda media de Radio Nacional que se titulaba Los 21 de Radio 1 (domingos en la sobremesa).
¿Se estaba formando un posmoderno en la calle Dr. Fleming a cuenta de tanta ensalada en forma de pentagrama?. Es posible. El caso es que ni le hacía ascos a la incomparable Paloma San Basilio (la Streisand del muy pobre) de Juntos, ni al Gurruchaga más teatral de Caperucita Feroz (Ortiz me comentaba que era más interesante el del primer disco, el que traía Muñeca Hinchable y Ponte peluca. A mí que un artista le dedicase una canción a un maniqui de sex shop me parecía el colmo del atrevimiento. De improviso Ortiz enlazaba providencialmente con el otro Eduardo de su vida, Haro Ibars, autor de las letras de muchas canciones de la Mondragón, al tiempo que empezaba a descubrir al Benavente de Autosuficiencia gracias a su mayor esmero como oyente de Ordovás), ni a los monines Pedro Marín o Gonzalo. Por si esto fuera poco, no me caían los anillos al tararear sin rubor el Chiquitita de ABBA junto a mi madre, pues era la sintonía del programa Un mundo para ellos, ayer citado, que le gustaba mucho.
El signo de los tiempos. Todo sonaba fresco. Incluso el Puma de Pavo Real o el Francisco de Latino. Por no hablar de la primera regla de Chabeli a la que cantó su totémico padre.

*A Menganito sabi
endo le gusta
También me enganché mucho a un programa radiofónico que se emitía los sábados por la mañana en la onda media de la Cadena SER. Era a nivel local y lo presentaba el señero Javier Huete, que era primo de uno de mis íntimos amigos en primero de bachillerato. Javier aún es uno de los comunicadores y periodistas más conocidos de esta provincia (rojeras impenitente, su look de vetusto Tom of Finland todavía me hace pensar). Era el clásico espacio de dedicatorias que gracias a la juventud- la de entonces- de su presentador consiguió atraer a los parroquianos más adolescentes de la comarca. Entre paletismos elementales y gracietas algunas logradas, fui reconociendo los nombres de la orquesta Platería a la altura de su adaptación (insuperable) del Pedro Navaja de Ruben Blades (el Tatuaje del mundo latino), el machismo de discoteca del italiano Pino D'angio, la concesión sorprendente a los ritmos de baile de los Pegamoides (Bailando) y así hasta un buen puñado de canciones del momento que sonaban semana sí semana también hasta el aburrimiento de los peticionarios (que huelga decir tienen, por estos pagos, una obcecación con sus canciones favoritas dignas de un análisis psiquiátrico: todavía hay programas de estos en los que gente muy mayor siguen pidiendo después de cuarenta años el Carro de Manolo Escobar o La Primera Comunión de Juanito Valderrama). Para que luego digan que somos un país que olvidamos rápido a nuestros artistas.

*El inexplicable caso Mecano

No es momento para juzgar a estos tres mandriles de la música pop de los ochenta. Menos aún para abjurar de ellos o, cuanto menos, de intentar quedar de puta madre ante el lector pavoneándome de que a mi nunca me gustaron. Si de algo peco es de sinceridad. Por eso reconozco abiertamente que a mí Mecano me volvían loco. Por lo menos hasta aquel disco suyo, obra maestra según los entendidos menos partidistas, que fue Descanso dominical (a esa altura había desconectado tajantemente de la música comercial de actualidad made in Spain), abandonando a los Cano y a la Torroja a su suerte, que sería mucha todavía, si... pero no eterna. Dejaba atrás unas cuantas cintas cassette que no paraba de escuchar en mis horas muertas, adecuando siempre que pude el chirriante tonillo de voz de la señorita de marras a mis oídos brutescos pues, por encima de sus ñiñís empalagosos, había canciones como Este chico es una joya, Barco a Venus, La Fiesta nacional, Me colé en una fiesta y unas cuantas más que habían conformado mi sintonía vital en pleno bachillerato.
La emoción de la compra de su disco de debut (el de la portada del reloj) y su posterior impacto tras la primera escucha siguen marcando un antes y un después dentro de mis experiencias en el mundo pop. Había ido con Carlos a la tienda Galaxia. Tan pronto la tuve fuímos a su casa y allí la escuchamos. En la Cara A se encontraban casi todos los hits que ya conocíamos por Aplauso (Maquillaje, Hoy no me puedo levantar) con una revelación (Perdido en mi habitación) y una sorpresa (Sólo soy una persona) que nos dejó a ambos desconcertados. Esta última parecía una melodía de juguete, como una caja de música que se abriera de improviso para transmitirnos una sensación de libertad gracias a una letra providencial, muy acertada. Evidentemente no era lo que esperaba de un grupo frívolo como aquel, así que tal delicatessen la definimos como una simple tomadura de pelo con, por fortuna, breve duración. No la supe apreciar hasta años después, cuando la recuperó a conciencia Fernando Márquez en una versión ajustadísima para su Proyecto.... Terminó siendo la canción favorita no sólo de ese disco sino de todo el extenso repertorio (lleno de más sombras que luces) de este grupo sobrevalorado (se llegaron a vender 500.000 copias del Lp de debut en 1982). Pero infinitamente superior que todos sus imitadores (Luna, Charol, Betty Troupe, Club Naval...). Lo cual no es moco de pavo. Un himno para el que detesta los himnos. Una declaración de intenciones váildas para explicar mi porqué. Un canto a la diversidad y al derecho a que esta se reconozca o, cuanto menos, se respete en este mundo de locos, a un punto ya de la deriva total.

continúa mañana