17 julio 2007

INFANCIAS VERDES
 

Capítulo cuadragésimo tercero


Cuando la televisión era nutritiva (y 2)

* Adulteces
También había tele que me repelía. Era increible la permanencia todavía en la nueva década del casposo programa 300 millones. Hoy sería un éxito pues a la moda latina de hace pocos años (aunque el virus venía de los culebrones ochenteros que, curiosamente, en 1982 tenían sabor brasileiro con rollazos tipo Malú, mujer que, pese a sus deficiencias, eran superproducciones comparadas con lo que nos vino luego de Venezuela, México o la Argentina) se ha unido el fenómeno inmigración, en el cual Latinoamerica juega un papel destacado. Aquella exaltación de lo tercermundista era superior a mis fuerzas. La hora siempre se alargaba dejando a Dallas al borde de las once de la noche. Odié aquel programa. Era como para un trauma irreversible, era un cancer sólo parangonable al Hotel de las 1.001 estrellas de Luisito Aguilé en los años 70.
El estomagante Alfredo Amestoy tampoco era santo de mi devoción catódica, su personal sentido del humor arranca en mi memoria con La saga de los Botejara (el vivo al bollo y el muerto al hoyo), sociologismo barato a cuenta de lo "Spanish bizarro", sin el rigor y fino sarcasmo de un Carandell decimonónico. En 1982 se planta en la franja dominical con un artefacto titulado Visto y no visto (para mí lo único que estaba visto es que el fenómeno cantautores reciclados en showmen mediáticos me producían profundas diarreas visuales. En el circo amestoyano era Luis Pastor el encargado de meter crítica social disfrazado de coplero ciego).
Más gracia tenía el concurso sabatino Verdad o mentira, con el buen profesional Alberto Oliveras, el incombustible Iñigo con su larguísimo Estudio abierto, el espléndido debate en broma de Hermida (sin duda la respuesta más farandulera de la intocable La Clave) titulado Su turno, el infalible Vivir cada día ya oliendo a clásico y los divulgativos Un mundo para ellos de Santiago Vázquez o Un mundo feliz del raro Felipe Mellizo. En cuanto a los informativos, quizá las estrellas más destacables del año fueron Arozamena y Victoria Prego que salían al borde de la medianoche en la segunda cadena con De hoy a mañana (este binomio de periodistas coincidieron, en el tiempo, justo con la toma del poder del PSOE, a finales de ese año).
También a finales de año el Ente se preparó para los fastos que conmemoraban el veinticinco aniversario de sus emisiones. Fue durante una semana especial que trabé contacto con todo el fascinante mundo acumulado en el archivo de Televisión Española, con sus revelaciones y sus carencias, con sus hallazgos y sus errores... Lo más importante es que todo el legado revisteril, hemeroteca familiar (Teleprogramas) de mi tía Luisa parecía cobrar vida a través de ráfagas inolvidables en lo que era una moviola que no me pillaba por lo tanto de neófito (Los vengadores, Daktari, Hawaii 5-0, El Prisionero, Los Munster, Aquel señor de negro, las series de Armiñán, La señora García se confiesa, Los Camioneros...). Tantas imágenes que me retrotraían a un tiempo que me parecía interesantísimo por lo ignoto y que tan sólo puntualmente TVE recuperaba en un espacio semanal dedicado a rescatar capítulos sueltos de series enjoyables.
Pero el tiempo avanza. Sin clemencia. Aunque parezca que se trate todo de un eterno retorno. Justo escribiendo ésto es como si la historia acabara de repetirse ayer mismo. Ahora iba de cincuentenarios. Tan sólo hace unos meses de ello. Pena que ya coincida con mi lejanía total del rollo televisivo. No veo la tele más que puntualmente. Es posible que al día no sume más de sesenta minutos de televidente, casi siempre haciendo otras cosas. Nunca sentado ex profeso.
Y porque ya no me nutre, recuerdo momentos de cuando si lo hacía. Gordo a rebosar estaba con series norteamericanas como La conquista del Oeste o Skag (con el narizotas Malden metido a cabecilla de unos obreros sindicados), la mini serie Asesinato en Texas (con Farrah Fawcett), la eterna Lou Grant o las inglesas y muy fugaces Esto se hunde o El pequeño teatro de Woodehouse (¡casi ná!). Pero como con el teatro hemos topado hago aquí un aparte para rendir tributo a los estudios 1, telenovelas y dramáticos filmados con los que asombrosamente la caja- aún- lista me seguía deleitando hasta el punto de que sus protagonistas directos, los actores, pasaron a ser mis amigos más fieles en soledad. El Maciste teatrero se puso los dientes bien largos ese año.

- PERO QUE NIÑO MAS DRAMATICO ES

Gracias a Rosana Torres y El carro de la farsa me enteré de los ultimos estrenos teatrales, amén de ser un buen divulgador de las corrientes más innovadoras y vanguardistas que por aquel entonces ya empezaban a tener como centro catalizador al grupo La Fura dels baus. Quiza aquellos energúmenos con pinta de terroristas de la antiescena me causaban cierto distanciamiento, no sé si brechtiano, siendo yo un pequeño espectador más afecto a los dramones de época que a los efectos visuales de una catástrofe. Además prefería cien mil veces un buen Estudio 1, avalado detrás por firmas literarias prestigiosas de otros siglos, a los exabruptos políticos de Els Joglars. Incluso me decantaba antes por una diadema bien puesta que por una bata de guatiné o un salto de cama, aunque estas últimas prendas las luciese María Luísa San José, tan guapaza ella, a la altura de Diálogos de matrimonio. Para mí esta serie "a dos" (el otro de la pareja se llamaba Jesús Puente) era el paradigma del mal rollo, muy en la línea de las estupideces pedantes del Garci del momento. Como mucho, toleraba lo contemporáneo en Don Baldomero y su gente porque éste era el siempre pintoresco Luís Escobar (junto a Marsillach uno de los bastiones del teatro español del siglo XX). El resto, lo que quedaba, para mí era lo mejor: disfrutar con el inmenso Pellicena como un Raskolnikov perfecto en una reposición de Crimen y Castigo, comprobar la grandeza de Charo Soriano y las delicias de Amparo Pamplona en la adaptación del drama de Dumas El collar de la reina, postrarme en hinojos ante la belleza clásica de una Elisa Ramirez como Margarita Gautier o admitir que como Marisa Paredes no había otra posible Dama del alba, según el texto de Casona. Pasaba por encima la claustrofilia de esos embolados de alta cuna porque adoraba a sus ejecutantes. No me daba cuenta que sus recursos dramáticos solían ser reiterantes y monótonos. Ni que aquello era de un academicismo con ínfulas de qualité a la burguesa para una clase media que aspira a algo más que el gallinero. Me importaba más el hecho de la existencia de unos rostros característicos, todos con sus voces intransferibles que conformaban un star system patrio, aunque definitivamente caduco a la hora de trasladar su poderío al cine. Pero siendo yo un niño de la era del video, tan sólo me quedaban estos vehículos por entregas para tan siquiera intuir que todos esos actores habían sido en verdad gigantes en los escenarios del teatro. El mito del cómico de la legua estaba allí. El tinglado de la antigua farsa, sí.
Cuando aquellas personalidades se adaptaron a un formato televisivo de más alto presupuesto aparecieron las famosas teleseries destinadas a convertirse en perlas de la memoria para una generación: La saga de los Rius, Fortunata y Jacinta, Cañas y Barro, La Barraca, Ramón y Cajal... De algunas de ellas ya escribí en capítulos pasados de Infancias verdes. Convendría reparar brevemente en un par de ellas. En 1.982 dieron mucho que hablar. Sobre todo la segunda.

La Plaza del diamante
Tal vez fue la producción catalana mejor acogida a nivel nacional de toda su historia. Sin duda Viuda pero menos, las comedias de Benet y Jornet y similares quedaban demasiado localistas para triunfar en un país con sus mitos de la ficción ya muy asentados. Con el drama de la Redoreda, conseguí enternecerme ante unos hechos que revivían las tragedias de la guerra civil, aún cuando el filón de la memoria histórica no se había explotado hasta la nausea. De ritmo cansino y metraje alargado, me sigo quedando por encima de todo con aquel retrato de mujer, aquella mueca de melancolía y hastío (casi francés) de su protagonista Colometa (Silvia Munt), adivinando en la intimidad de sus pequeñas cosas (gestos, manías cotidianas, suspiros y susurros) las características de un cine reflexivo y sensorial que pudo ser y casi fue. La Plaza del diamante era mal rollo pero con clase (no sé si con seny). Me gustó.

Los Gozos y las sombras

Otro boom. Qualité a la española, a pesar de que la acción se desarrollaba en Galicia (por lo menos Torrente Ballester, de quien se adaptó su magna obra, era el más español de los gallegos. Cela aparte). Como siempre en estos casos, la serie se apoyaba en la eficacia de unos excelentes actores en tesituras teatrales y en una dirección tan correcta como impersonal. En cambio supo enganchar con una audiencia huérfana de alternativas. Por lo tanto, no habría en este sentido que opinar de ella más que expresar el reconocimiento de la supremacía de Amparo Rivelles (tan regia y poderosa que parecía una Pardo Bazán desplazada en contubernios testamentarios y/o caciquiles), el choque de galanuras entre un bondadoso Eusebio Poncela y un terrible Carlos Larrañaga (su mejor papel en años, un galán ya cuarentón), la aparición del bluff Rosalía Dans como sex symbol a la gaiteira, la enésima devoción hacia Charo Lopez, aquí como una Ava Lavinia de Fisterra y, en fín, ese Rafael Alonso impagable en un papel tan cargado de enjundia como lo fue el que bordó en La Colmena (nuestro Adolph Menjou). A nivel erótico, dio que hablar la escena de la masturbación femenina a cargo de la siempre fina Charo ( a pesar de su volcán innato ) y, para tiquismiquis de lo técnico, tanta lluvia artificial que acabó por transformar aquella Pueblanueva en un lugar de irrealidad algo impostada.

continúa mañana