16 julio 2007

INFANCIAS VERDES (Año 1982)

Capítulo cuadragésimo segundo

* Cuando la televisión era nutritiva
(1)

La televisión era el opio del niño Maciste. Lo tenía todo: entretenimiento, fantasía desbordante, divulgación ajustada, rostroparlantes con poderío y carisma... A mí aquel cacharro me hacía pensar y vibrar. Solo o en compañía, aunque a la altura de 1982 me estaba empezando a habituar a ver las cosas sin familia. Habíamos comprado una tele portátil en blanco y negro, tan manejable que podía trasladarse con facilidad hasta mi dormitorio. Así en las temporadas de enfermedades puntuales -una gripe, las paperas, incluso el asunto de la pierna escayolada- el electrodoméstico nuevo hacía las veces de enfermero diurno y hasta nocturno. Además mamá había empezado a trabajar en el comercio de tejidos de papá y su socio tras haber adquirido ambos pequeños empresarios un enorme local de dos plantas en esa misma calle, ampliando el negocio de forma rotunda con la consabida captación de empleados (llegaron a tener casi cuarenta, entre dependientes, currantes de almacén, secretarias, contables y viajantes). Sin duda era la tienda de tejidos más conocida del barrio y las instalaciones nuevas, más modernas, ofrecían un aspecto más sofisticado que el del viejo local, que aún así guardaba una solera entre los paisanos (que constituían la clientela mejor) verdaderamente importante y en la que influía de forma poderosa el carisma muy diferente de los dos propietarios. Como sea que todos estos detalles serán desmenuzados en un futuro en esta misma historia por tantas razones (en especial por la manera que influyeron en mi sobre todo a partir de la ruina económica familiar del 83) pararé aquí recalcando el hecho de que, en tanto que el comercio implicó la participación plena de mis padres yo me veía constantemente sólo en casa, sin más entretenimiento que mi pequeño mundo, del cual la tele no era un elemento secundario, antes bien regidor de mis momentos más dulces.

- Infantilismos
Aquellas tardes después de clase en casa, cuando no me quedaba a jugar en la calle con mis inseparables Ortiz y Máximo, o a charlar a pie de portal entre divagaciones absurdas con Carlos y Hector, tenían sabor a merienda (más Nestlé que Nocilla) con el televisor encendido en la Primera (y casi única) y deseando que acabase aquel infierno llamado La Cometa Blanca, programa infantil que venía a sustituir al maravilloso Barrio Sesamo y a la Caponata y que a mí me parecía una deshonrosa sustitución. Aburrida y cursi, tal vez no me daba cuenta de que iba destinada a un público de menos de seis años y yo esa edad la superaba con creces (cuanto menos, la doblaba). La Cometa Blanca dio salida a dibujantes y animadores españoles a los que siempre les faltó esa chispa internacional para hacerlos digeribles (y eso que Garbancito de la Mancha y el pop de Francisco Macián tenían su aquel) pero Jose Ramón Sanchez y su desván de la fantasía o el mismo Don Quijote en colorines eran de un subdesarrollismo incapaz de igualar el perfeccionismo de los norteamericanos o el delirio trepidante de los japoneses (los medios económicos suponían el mayor hándicap, claro). Además la insufrible Rosa León me amenazaba desde su nueva imágen de arqueóloga del cancionero infantil cantándome, por ejemplo, Tres hojitas, madre. El caso es que la Cometa voló durante meses y meses sin percatarme del hilo de sus enseñanzas. Pena que el gran invento de Lolo Rico, La Bola de cristal, no hubiese surgido ya y tuviese, en cambio, que languidecer con este otro tan falto de gracia y candor, pese a llevar la misma firma de la mentada señora Rico.
Luego venía Petete que duraba nada. Daba paso a las siete de la tarde a un buen programa para adolescentes: 3, 2, 1... contacto. A él estuve enganchado. Presentadores guapos (Marifé Rodriguez, Fernando Rueda, Luís Bollain y la pobre Sonia Martinez), amenos y joviales me enseñaban cosas tan prácticas como relevantes para un niño adicto a la imágen (desde cómo se hacían los dibujos animados hasta visitas a observatorios astronómicos pasando por cómo completar sin cefaleas un jodido cubo de Rubik o emitiendo microseries como la Bahía de Fundy). Media horita muy bien aprovechada, equiparable al otro gran programa juvenil de las mañanas de los sábados, Pista Libre, con la diosa Sandra Sutherland y aquel chico vasco de pelos largos y rizados, Rafael Izuzquiza. Pista libre venía a sustituir al eterno Sabadabadá de Torrebruno, Mayra y la Gardoqui, heredero de los viejos recreos de Maria Luisa Seco, Pepe Carabias y La Guagua. Aquel nuevo tono para teenagers estaba muy bien traído. Además de aderezar la mañana con una estupenda película para públicos ad hoc (abundaba la serie B norteamericana de los sesenta - inolvidables pases de El hombre con rayos X en los ojos- o de El muchacho del pelo verde junto con el cine infantil de los paises del Este, siempre en grís) también daban cancha en lo musical a grupos noveles, en lo que parecía ser el gérmen tanto de la futura Bola de cristal con los ídolos pop de la movida metidos a entretenedores infantiles como de La Caja de ritmos de Tena y sus escandaleras por un "quítame allá esas zorras".
La vieja escuela del corrito y la guardería sabadabadeña ocupaban ese año una hora los jueves por la tarde: se tituló aquello Dabadabadá (la antediluviana familia Aragón estaban los lunes por la tarde). En cuanto a los dibujos animados, aparte de los fastos mundialistas ya mentados en el capítulo previo de esta serie con Naranjito y Sport Billy, las series animadas más destacadas de 1.982 fueron Dartacán (la mejor salida de este país) y Ulises 31 (traslación al mundo futuro de la legendaria epopeya homérica, con un Telémaco lleno de homofilia nipona. Lástima que no la hubiese diseñado, y no fue así por razones obvias, el gran Alex Raymond).

VERANO AZUL
Acontecimiento sociológico del astuto Mercero. En 1981 su estreno revolucionó los índices de audiencia. Serie eminentemente familiar, jugaba las bazas de una identificación plena de la clase media que veranea en turísticas zonas costeras. Y esa identificación se multiplicaba con una serie de constantes siempre infalibles tratándose de estos públicos: problemática intergeneracional, crisis de pareja, relaciones con la tercera edad, la adolescencia y sus dolores, el gran tema de la muerte... todo envuelto en un tufillo ternurista y blanquísimo que se compensaba, sobre todo, gracias a unos críos protagonistas sobrados de naturalidad.
España se volcó en la serie. En festivales internacionales recibió premios y las reposiciones fueron constantes. Justo la primera acontecería en el verano de 1982 (pase diario). Pero en su estreno fue en la sobremesa de los domingos. Entonces, la muerte de Chanquete (el plato fuerte, catarsis colectiva que aún hoy todo el mundo recuerda) me había paralizado. No por él, pues no me era simpático el personaje (prefería al hemingwayano Spencer Tracy de El viejo y el mar: más que nada porque al Ferrandis nunca lo soporté - tan llorica él- y aquí además siempre encallado, hablando de su ayer, para mí en entredicho. Inclusive a José Bódalo, que tuvo un cometido similar, abocetado si se quiere pero más digerible, en un filme anodino de Luis María Delgado de 1966. Se titulaba Aventura en las Islas Cíes y supongo que en su momento ni se llegó a estrenar. El listillo, por lo tanto, se habría aprovechado de esta adversidad para inventarse su Verano a partir de unas premisas parecidas -chicos en bicicleta de vacaciones en una zona rural con vistas al mar, marinero fantasioso y un poco ído, fumador de pipa y atareado siempre en sus redes- con el entrañable añadido de una pre adolescente seductora de regio nombre -Inmaculada Gómez Acebo, que en la peli respondía al apelativo de Gamba, quizá por estar de actualidad la modelo Shrimpton- y unos parajes soberbios tanto de unas Cíes pre hippies como de las Rias Baixas en general) sino por los efectos que esta tenía en los niños de aquel clan (y del cual Mercero no escatimó en sobreexposición vergonzante dentro de una secuencia muy alargada).
Tanto Tito como Piraña, elementos monicacos del grupo ciclostático, me eran muy amenos, amén de ser material paiodófilo de primer orden para gordinflones lobos de mar en el retiro. Bea y Desi parecían primas mías y aportaban erotismo sano pero diferencial para públicos masculinos (así al platónico de la guapa Bea, conciliador en tanto que futura esposa abnegada, se contraponía, sin repelerse del todo, el morbo sexual de la fea pero más buenorra Desi, ideal para un polvo adolescente en una noche etílica de verbena de verano). En cuanto a los Don Juanes teen Javi y Pancho me sugerían sensaciones opuestas, tantas como sus propias diferencias eróticas: así Javi era rubio y rico, un pijales onda Iván que me caía insípido y petulante. Pancho, en cambio, era indígena moreno, de aire kinki aunque noblote de corazón, daba lástima. Sus cuerpos eran apolíneos, pero el de Pancho estaba más definido. En cuanto a Quique era un personaje de relleno, hacía bulto. Pero yo le tenía mucha estima por ello. Además era reservado, discreto y algo culón. Epocas del embrujo Wrangler.
También estaba Julia, una especie de tía liberada pero sin pasarse, con sus consejos azucarados y levemente progres y modernos -tanto como una cancioncilla de Sergio y Estibaliz- (recuérdese sino, su adaptación reivindicadora de la tonada politica No nos moverán), que vota a UCD, pinta naif y suele ordenar en un baul viejos números de la Colección Rosas Blancas de su niñez.
A los once, doce años no fue nada dificil que la serie me marcase. Seguía siendo un niño contradictorio, capaz de ponerle una vela negra al demonio y otra, rosácea, a Mary Poppins. Y si la muerte de Chanquete me cogió en la finca de mis tíos pescadores (a los que tuve que convencer hasta la extenuación para que abandonasen sus faenas domésticas y pusieran de una puta vez la tele aquella que debían de tener de atrezzo, pues juraría que nunca la encendían -por lo menos en verano), el resto de capítulos los saboreé bien a gusto en casa, siendo mis favoritos Beatriz, mon amour (por lo del sangrado de la chavala, a la altura de las nubes olorosas del reciente spot, pero tema delicado en fín de cuentas) y el de La bofetada (porque Javi en el fondo se lo merecía por puto niñato -yo lo identificaba con los pijos de mi clase y no lo podía ni ver, pero es que además prolongaba su efecto aleccionador a mis propias experiencias con mi padre, muy poco suelto de mano si, pero...).

continúa mañana

1 comentario:

filomeno2006 dijo...

Pepe Carabias, doblador de Alvaro Vitali (Pierino, Jaimito, Joao Broncas)