24 junio 2007

INFANCIAS VERDES.

Capítulo cuadragésimo primero

* El cine ya no es l
o que era

A mis diez añitos la película de los Oscars se llamó Kramer contra Kramer (1979). Era una vuelta al cine sensiblero, muy acorde a una década de contradicciones (fascinantes algunas, desde luego) que se abrían con Love Story y acababan con los divorcios de Dustin y la Streep. La fui a ver solo. Me enterneció aquel pequeño, mezcla del Nicholas de Con ocho basta y el Ricky Schroder de The champ (1979). Y más aún lo hizo su papi de la ficción, un Hoffman no tan a punto de caramelo como en El Graduado pero de quien no me hubiera importado que me diera su biberón, puesto yo también en una situación de abandono. De hecho en aquella sesión me sentí también abandonado pues, en principio, iría a verla con mi padre (mis compañeros pasaban de cine sentimental) pero un compromiso laboral de última hora le había impedido hacerlo. Así me encontré como quien no quería la cosa yo solito a un paso del ambigú, dándole al recepcionista mi entrada para que la partiera en dos. Fue la primera vez que me ví en aquella situación. Quizá por ello me dejé llevar por su excesivo ternurismo, me agradó sentirme arropado por el actor. También algo por la actriz, reconociendo que aquella leona de la interpretación sabía mirar. Que traspasaba la pantalla. Era buena aquella cara de acelga. Pronto abominaría de ella.
El ritual de acudir a las cintas oscarizadas pretendía de alguna forma reivindicar mi propio presente, demasiado afecto a las reposiciones de gran cine en televisión. Pero ¿dónde quedaban las epopeyas maravillosas como Lo que el viento se llevó, Gigante, La gran Evasión, Doctor Zhivago que me asombraban una y otra vez en las noches especiales de Navidad y Reyes?. ¿En qué punto se había perdido el glamour de las grandes damas, de las vampiresas de turno, de mis novias de entonces de nombres Audrey, Kim o Julie (Andrews) ?.
La guerra de las galaxias no había conseguido superar en mí la emoción de cuando en Robin Hood el buen Errol se batió en duelo con el vil Rathbone. Cuando Superman, algo me hizo sentir por encima de cualquier otra cosa voladora el fatal envejecimiento del señor Brando, pues justo lo acababa de ver pasear sus divinas lorzas por un west fronterizo titulado El rostro impenetrable (1960). ¿Cómo pudo pasar que habiendo la noche anterior dormido mis ocho horas reglamentarias me hubiera quedado frito en Gandhi (1982) si en Gunga Din (1939) me lo había pasado de miedo?.
Es por eso que cuando se reponían en el Coliseo o el Avenida filmes viejos, superproducciones de extenso metraje, y que por problemas de derechos legales todavía TVE no había logrado emitir, caso de Ben Hur o West side story, me parecía un acontecimiento cuanto menos que regocijante y pintoresco. Y es que en el caso de la romana, no se le podía hacer más justicia al increible Charlton Heston que el ser exhibido (en todos los sentidos) en pantalla inmensa (de hecho su torso era cinemascope puro). Pese a mis buenas expectativas, Ben Hur -salvo su primera parte- me pareció uno de los tostones más grandes que en nombre de la cristiandad perpetrara Hollywood. Me acordaba de mi madre que siempre me contaba el chascarrillo de posguerra que circulaba en España tras la proyección de Lo que el viento se llevó: Si, ¡ Y lo que el culo se cansó!. A mi la de Escarlata nunca me cansó el culo. En cambio con ésta, Ortiz y yo entramos en un sopor total (no sólo se nos durmió el pompis, el resto del cuerpo acabó enmohecido), efecto que tan sólo reventaba la hermanita ñoña de Judá cuando se le daba por hablar (el ridículo doblaje que le adjudicaron era como para matarla, de Cifesa crónica). Entonces nos tronchábamos de la risa. Y la mitad del público con nosotros.
De todos modos y aunque ni me lo planteaba lo más remotamente, el propio cine actual me estaba transformando en un nostálgico de tiempos pretéritos, del cine artesanal, más humano. De un tiempo que no me correspondía. Además, y esto que voy a decir sonará sacrílego, ir a un cine ya de por sí me traía el hándicap de la incomodidad física, la pérdida de concentración frente a una turbamulta de espectadores niños, chillones y ruidosos. Si aun por encima iba con amigos, prefería cien veces más cuchichear cada poco, perdiendo irremediablemente el hilo de lo que ocurría en la pantalla (y haciéndoselo perder, por supuesto, a mis acompañantes). Cuán distinto a mi época de cineclubista, viendo joyas silentes sin tragar saliva pues todo se percibía... Pero ¡cómo uno dejaba de tragarla ante tanta emoción recogida en firmas Dreyer o Murnau!...

* Spielberg significaba dinero

No es que reniegue de Spielberg. Pero es que nunca me pareció interesante más allá de dos filmes muy concretos (y uno de ellos rodado para televisión). Tampoco voy a ignorar la realidad: que fue el director cinematográfico de mi generación. Mal que me pese. Y me pesa mucho porque esta cualidad es síntoma de un Hollywood que vive a expensas del glorioso cine del pasado. Ni siquiera las secuelas ni los imitadores del nuevo rey Midas han aportado, salvo honrosas excepciones, algo que no fuese inanidad. Se crean espectáculos como churros sustentados en el pastiche y la parafernalia de los efectos especiales. Cine que me trataba de memo (camuflándose en la máscara de producto para jóvenes. Por los resultados, aquellos jóvenes además deberían ser mongólicos).
Spielberg era una máquina de hacer dinero. Asi fue durante unos años. Ahora su cotización está a la baja. Pero a principios de los ochenta su apellido, junto al de Coppola, Scorsese y Lucas, eran símbolo de triunfo, de enormes dividendos, de romper taquillas. Conocía su telefilme El diablo sobre ruedas. Era extraordinario. Una aventura macabra, surrealista, de mágica abstracción y que admitía polisemias de las más variadas tonalidades. Incluidas las más sencillas, las que podían impactar a un crío de mi edad. O sea, cine de acción y angustia. Peligros en la carretera. Los domingueros canallas. Aún no reparaba en su metafísica. Inclusive en su malicioso transfondo político (en este sentido, nunca confiaré en la pureza e ingenuidad de este pícaro director judío). Otro de sus bombazos había sido Tiburón. La hostia. Obviando su paso por el cine de ciencia ficción (para mí, aburrido por naturaleza: Encuentros en la tercera fase) poco más había aportado a la industria hasta la fecha. No era moco de pavo, claro. Pero el bombazo vino en los ochenta. Primero con En busca del arca perdida (1981). Esta no la ví hasta más adelante. Resulta curioso que gracias al marketing que rodeaba al director, las escenas de acción de Indiana vistas en trailers hicieran que me comprase el libro basado en la película. Y, en cambio, cuando se estrenó no acudí al encuentro del heroe.
A la que si fui fue a ET, el extraterrestre (1982) y eso porque Ortiz ya la había disfrutado semanas antes y me había convencido de que me iba a gustar. Qué le vamos a hacer. No me pareció nada del otro mundo. Todo se unía: teatro repleto de críos estridentes, grata compañía a mi lado, mi fase más "para adultos" que chocaba con una película muy, pero que muy infantiloide... Y aquel monstruito al que todo el mundo juzgaba como encantador y a mi me parecía tan horripilante como absurdo. Con un diseño tan triste y carente de inspiración que dejaría a cualquier adulto perplejo. No comprendía cómo el buen Elliot se lograba encariñar tanto de él. Más adelante se entendió que tanta vacuidad multipremiada había sido fruto de un poderoso presupuesto y de un marketing que todo lo vende. El día de marras a mi aquello no me gustaba nada. Incluso los Indianas me resultaban muy redichos. O, cuanto menos, muy deudores de un pasado mejor. Todo lo más se aceleraba el ritmo y se cargaban las tintas para halagar al muchacho medio del momento. Mala racha la del buen Harrison Ford con sombrero imperdible y látigo de arqueólogo (?) para un adolescente como yo con miras más profundas. Edad de transición plagada de delicados cambios. Y, pese a mi poca pasión spielbergiana, tal vez con una limitada seguridad de que su década setentiana era la mejor (el tope de la qualité lo daría con La lista de Schindler, claro) pasé por taquilla para ver una rara reposición (inédita en España) de 1941 (1979), el primer batacazo de su carrera. Sólo un par de chistes no lograron salvar la función del terrible tedio que me entró. ¿Qué hacía el niño Maciste viendo una de guerra, por paródica que esta fuera, si nunca soportó el género?.
Cabrera Infante era un gran entusiasta de Spielberg. Llegó a soltar la boutade de que era el nuevo Mélies, un mago creador de ilusiones y de trucos indescifrables. Cualquiera diría conmigo que el cubano se pasó tres pueblos a la hora de cantarle sus excelencias (sólo pensemos que flipaba con Parque jurásico). Se impondría un término medio. Y, en mi caso, una reflexión aguda en cuanto que no puedo andar alardeando de que admiro a Disney y en cambio renegar de Spielberg, porque supondría una contradicción clamorosa. Y es que algo unía a estos dos directores: ambos edificaron sus carreras en nombre de la fantasía, los dos fueron muy astutos y además conseguirían, en algún momento de su filmografía, ser autores. Con mayúsculas.

continuará

2 comentarios:

Ai dijo...

Muchas gracias por tu repuesta, he comprendido casì todo lo que escribiste. :-)

Tenemos semejantes ideas sobre el personaje de David Ehrenstein. Yo suelo relacionarle con Oscar Wilde's Lord Henry del "Retrato de Dorian Gray".

Sorry for my faulty Spanish,

best wishes
- Ai

Amputaciones dijo...

¿Qué tal, Maciste?

'Welcome Back' por adelantado...

Quería comunicarte que hay un editor (http://www.melusina.com/catalogo.php) interesado en la cosa aquella del 'De-blogging' de la que te hablé. Así estrújate la quijotera y ponte a escribir algo...

Salud y feliz verano.