23 junio 2007

INFANCIAS VERDES. Capítulo cuadragésimo

* El escritor que surgió de la tumba


Como sea que yo alucinaba con mis creaciones, Carlos se encargaba de refrenar mis flipadas haciendo su crítica, algo siempre tan conveniente y necesario. Mi amigo no sólo era constructivo en sus afirmaciones sino que me hacía bajar, por mi bien, de mi nube de vanidoso, aquella en la que me había situado, al pensar yo que gozaba de patentes de corso sólo por tener a mis espaldas cientos de folios escritos con mi puño y letra. Fue fundamental su reproche de que pecaba de esclavitud a la imágen. Literatura y cine eran medios distintos. Por lo tanto, la hibridez en un principiante que carecía de experiencia como lector podía ser nociva, en tanto que daría pie a vicios irreparables de cara a un futuro como escritor vocacional. Así pues empezé a visitar bibliotecas, sin gran éxito por mi parte. La del colegio era pobre en material. Tan pronto me inmiscuía en un librito de Los Cinco me cansaba de él y fijaba mi atención en los Asterix y Lucky Lukes de los estantes inferiores. En cuanto a la municipal, tanto libro me perdía. Llevarlos a casa en principio era imposible pues no era socio. Y hacerme eso ya era un engorro. Rellenar cuestionarios, seguir unas normas de recogida y devolución de ejemplares... Así pues, la única solución más factible era la de comprarlos. Y qué precios... Había que ahorrar para algo muy concreto. Podían ser los best sellers de James Michener, la novelización del serial Dallas, incluso el de Arriba, abajo (estos dos últimos eran una frustración, pues no abarcaban más que unos pocos capítulos del principio y que me dejaban muy insatisfecho: sabía yo más que los autores), la trilogía de Los Gozos y las sombras (el éxito de televisión del año, a nivel de producción propia) y En busca del arca perdida (no, no caté a Proust hasta más tarde) que leí antes de ver la película.
Pero en donde me esmeraba más cuando compraba en quioscos o librerias era en el asunto del terror. A fín de cuentas estaba metido en mi cripta de soledades, mi cabeza giraba en torno a incubus y no-muertos hasta el punto de que las criaturas de la noche las sentía como mis primas hermanas. Me agencié El resplandor, del autor de moda Stephen King sólo porque me obsesionaba el cartel de aquella película de Kubrick cuyo visionado me estaba vedado por ser menor. Tras mucho pensarlo (¿seguirá a rajatabla el desarrollo de la película, o me dará este King gato por liebre?) pasé por caja (en la portada salía Nicholson, malo sería que ese escritorcillo no metiese lo del hacha).
Empezé con su lectura pero no me entusiasmó en exceso. Era un buen tocho. Lo dejé a medio terminar. Años después aquel ejemplar se lo regalé a Carlos.
Los que si devoraba eran los volúmenes de la colección de misterio y terror de cuya editorial me he olvidado pero de los que guardo un recuerdo poderoso. Para mí eran fetiches de lo anómalo. Sus mismas portadas en tapa semidura me agradaban: monstruos y más monstruos... Pavorosos trazos que escondían dentro macabras historias clásicas o no. Ortiz y yo éramos fieles a la susodicha, en cambio casi todos los números los compraba yo. Eran relatos cortos que devorábamos en los recreos y en cuyos autores apenas reparábamos. Abundaban los nacionales pero de igual manera no fallaban las traducciones de Poe y Lovecraft. Ahora que lo pienso, Juan Tébar repetía en muchos. No en vano el bacalao lo debían partir entre Juan José Plans y él. Pero eso no lo puedo confirmar porque no he guardado ninguno y en Internet no hallé nada que pudiera solucionar estas dudas. Es muy posible, de igual manera, que ya hubiese leído en esa misma colección el seminal relato de Terenci Moix El demonio, aparecido en su momento en su emblemático La torre de los vicios capitales (1.969. Editorial Táber). De lo que estoy seguro es que los momentos más góticos eran los que calaban más fuerte en nuestras ensoñaciones corruptas (¡cómo eran aquellas ilustres damas Bathory y Carmila!). Y de que las partes más flojas seguían aportándolas noveles de última hornada, a los que trataba de neófitos insoportables. Y eso que comparados con mis ingenios eran gloria bendita (o azufre maldito, para ser más exactos), pero...

* La grandeza del Demonio o El influjo del medallón

No se entendería mi profundo amor por Belcebú sin pensar en toda la educación cristiana que me habían impuesto hasta la fecha. Detestaba a los curas, odiaba lo que representaban, su hipócrita moral chocaba una y otra vez con mis maneras (vicios para ellos). Y, aunque yo sólo pecaba de pensamiento y autoestimulación genital, sabía que a los ojos de la Curia había cogido el camino errado, sería la fruta podrida que no haría sino intoxicar a sus vecinos de árbol. ¿Cuál era mi alternativa ante tanto rencor?. ¿El agnosticismo, mandarlo todo a tomar por culo...?. Demasiado complejo. En cambio mi fijación por lo satánico, por el mal con mayúsculas quedaba de lo más divertido como juego extraño.
La primera visión que se me viene del infierno era espantosa. Era obligado seguir las rutas de la fe para poder salvarse de las llamas abismales, del fuego eterno. Gustavo Doré cuando ilustró la passeggiata dantesca plasmó un prototipo que me turbó durante largo tiempo. Pero aquellas visiones apocalípticas del maestro autodidacta no eran inferiores a la terrorífica idea de la muerte, de que estábamos de paso, de que era un soplo la vida, como decía el tango. Era sólo un niño sí, pero al de la guadaña lo tenía muy presente con la larga sucesión de fallecimientos de mis tías y abuelos. Entonces pensé en que, si el Cielo era una cursilada y el Infierno un sitio muy parecido a este planeta, idóneo para andar condenado en manga corta, lo que molaba era enrollarse con el propietario del segundo. Para eso era primordial hacer un pacto con él, así me libraría del doloroso final. Conocía el mito del Fausto (antes de Goethe, se había aproximado a él Marlowe) y, por encima de todo, me embaucaba el Dorian Grey de Oscar Wilde. Quería, como aquel dandy, permanecer siempre jóven, siempre vivo, que envejeciera mi cuadro o sino mis novelas, que a efectos era lo mismo. Pasé días con la idea de vender mi alma a aquel gran postor. Necesitaba un impulso, un estímulo... un amuleto. Y este llegó en forma de regalo dentro de un volúmen de la antes mentada Colección de Misterio y Terror. Era un medallón que reproducía el rostro purulento y repulsivo del Maligno. Era un símbolo de hojalata pero que yo calculaba de plata auténtica. Y sus dimensiones eran razonables. Los primeros días lo mantuve escondido en un cajón de la mesilla de noche. Tesoro que no hacía juego de ningún modo con otros objetos que ocupaban las tarimas del mueble del saloncito de estar. Era el caso de una virgencita de Fátima del tamaño de un dildo anal. Así que cogí de mechero y le quemé la cabeza a la piadosa aquella con inmensa satisfacción por mi parte. No fui a mayores, aquella hazaña ya me hizo sentir fuerzas extranaturales.
Cuando sacaba de amuleto lo besaba con lascivia y luego repetía frases alusivas a mi entrega total a cambio de que me conservase siempre jóven. Es posible que nada se cumpliera pues el pelo de mi cabeza se ha caido casi todo y el poco que queda pinta canas. En cambio, mi mentalidad parece haberse quedado por siempre en una adolescencia inmarchitable, pasen los años que pasen. Algo habría que agradecerle al de abajo. Además es que, ahora que lo pienso, estos granos en la cara es puritito acné puberil...

* Un burdel muy familiar
Aun tendrían que pasar unos años más para que el malvado Maciste cometiese perrerías mayores, típicas de hereje. Como cuando me metía en los confesionarios de las pequeñas iglesias con la esperanza de aterrar a alguna beata o, al propio confesor, cuando era yo el que imploraba perdón al haber cometido ficticiamente alguna espantosa violación a alguna niña o por haberme excitado sexualmente ante el Cristo yacente y desnudito al que tanto remiraban los feligreses en contricción. El colmo de la idolatría tal vez aconteció una mañana de iglesia escolar, en el bachillerato, cuando osé expulsar de la boca, tras haber comulgado, la hostia consagrada a la que, encima, le dibujé un pollón estupendo para acto seguido ir a pegarla en una pared del recinto, muy próxima al despacho del director.
Tales acciones de brabucón epatante, unido al hecho de que siempre me vestía de negro o de colores tristones, acontecían sin el estímulo del medallón aquél que pronto, muy pronto fue interceptado por mi madre. Sintió pánico y asco, como si hubiese encontrado en mi mesilla la caca de un murciélago. Me ordenó tirarlo. Pero no le hice caso. En su lugar quería herir a mi madre (por su condición cristiana) como fuera. A ella y a mi padre. Estaba convencido de que hacían lo posible por volverme infeliz. Y para eso no dejarían en su empeño de probar cosas horribles e ilícitas que afectaran a mi personita. Por ejemplo, pensaba que estaban envenenando mi comida para que yo muriese. Algo dentro de mí me lo decía y yo parecía confirmarlo por mi mismo al notar iracionalmente sabores muy extraños, de un mes para acá, en el caldo gallego que tanto frío me quitaba en los inviernos.
Durante esa temporada rimbaudiana odié a mis padres con toda el alma negativa. A ellos y a sus amigos. Hice una lista de todos, incluso de familiares nuestros. A cada uno les lanzaba un maleficio. También les otorgaba un papel a desempeñar en el Averno. Absolutamente en todos los casos la sexualidad violenta, corrompida, brutal afloraba para pasmo de posibles lectores píos. O sea, de mis propios padres. No es broma: ambos consiguieron dar con aquel libelo improcedente en un crío de doce años y la repercusión fue monumental. Me castigaron sin salir el fin de semana durante un mes, no hubo paga, tomaría todo el caldo sin rechistar (y sino quería me darían dos tazas) frente a una estampita del Ecce Homo. Y, encima, pasé por el suplicio de ser recriminado por tanta maldad.
¿Entré tras la cuarentena en vereda?. En absoluto. Seguía sintiéndome superior a ellos, porque sus creencias eran inconsistentes y falsarias en comparación a las mías. Porque, además, pronto estrenarían la segunda parte de Viernes 13 en los cines, porque el niño de la serie Damien o aquel Martin de George Romero estaban rato buenos... Incluso porque mis padres no me habían apuntado a la Confirmación. No tenían ni puta idea de lo que era aquello. Ni siquiera vieron viable un exorcismo, tan necesario en mi caso, por otra parte. Los culpables de mi situación irregular (ante una sociedad bienpensante), por lo tanto, seguían siendo ellos y nadie más que ellos.

continúa mañana

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