22 junio 2007

INFANCIAS VERDES

Capítulo trigésimo noveno

* Que viene el coco

El coco que asustaba a la sinigual Queta Claver, a la altura de la imperial revista Ana María, venía para llevársela poquito a poco. Sicalipsis para grandes vedettes que a mí me hacían bailar el Rascayú. En este caso, el coco de Queta bien pudiera haber sido, si la censura lo hubiese permitido, un glande del tamaño de Cuenca (don Luís). Ya dije en algún capítulo pasado que no fui niño al que sus padres asustaran, para meterlo en vereda, con hombres del saco ni criaturas parecidas. Como mucho, el Coco era para mí un entrañable muñeco de trapo inventado por Jim Henson que entre despistes mil y a golpe de trompazo me enseñaba las cuatro reglas. Por lo tanto, el pavor y la truculencia, la atracción de lo desconocido en fin de cuentas, me inspiraban cierto arrojo a los doce años. Y es que en Galicia, tierra de misterios, de trasnos y meigas, de Santas Compañas y conjuros en noches de San Juan, de bosques animados y de transposiciones tiempo-espacio del divino Cunqueiro a cuenta de los ciclos artúricos, el galeguiño de pura cepa sabe sonreir con sorna, pero nunca le pierde el respeto a lo sobrenatural.
Tal vez el cuento de los inquietantes ermitaños que habitaban en grutas interiores de nuestro paisaje conseguían llamar más mi atención cada vez que viajábamos mis padres y yo en coche. Entonces papá decía: Mira, ahí anda el ermitaño. Vive Dios que también yo lo terminaba viendo de pasada, en mi imaginación era un barbudo a medio camino entre los jipis del momento y los cromagnones de Hace un millón de años. También Ortiz me embaucaba desde sus lados más oscuros (que siempre fueron muchos) con historias relativas a extraños seres que poblaban casas derruidas en medio de parajes cercanos a la suya. Su invitación a acudir a una en concreto nunca la pude aceptar pues era requisito esencial visitarla de noche. Y a mi, de noche mis padres no me dejaban ir a ver fantasmas. Teniendo en cuenta el comportamiento que adoptó más adelante el crío, cuando de adolescentes íbamos a sufrir el terror en pantalla grande, dudo mucho que mi amigo jamás atravesase el umbral de la cabaña de marras. Aunque tampoco dudo que al final fuese inquilino asiduo de innumerables ruinas para otros menesteres, hasta acabar transformándose él mismo en fantasma lóbrego, cuando ya su condición de yonqui terminal le arrebató para siempre su lozanía ponderada, su salud y, mucho me temo, que su vida (adelanto acontecimientos, incluso invento imágenes de las cuales no fui testigo feaciente, salvo en una ocasión, lejana quedara nuestra separación definitiva, siendo ambos veinteañeros, cuando cruzó por mi calle con semblante cadavérico y bolsita de supermercado escondiendo agujas. Fue la última vez que lo ví). Y es que en los cines donde se proyectaron Carpenters inolvidables (La Niebla, Halloween...) solía Ortiz taparse la cara, ante un inminente susto, con las dos palmas de las manos. Si notaba que el público de alrededor tardaba en chillar entonces sus deditos se entreabrían y sin despegarlos del rostro miraba la película a través de los barrotes que formaban sus dígitos temblorosos. Paradojas de los sietemachos de la negritud.

* Suspense y cagaleras
Mi pasión por el género era colmada desde la televisión con al menos un par de series arrebatadoras y, sobre todo, con un ciclo de films que se encargó de llevar el experto Chicho Ibañez Serrador.
En cuanto a las series, decir que eran inglesas. Y que no sé si causarían tanto impacto en mí si las viese hoy en día como entonces. Me da que no, porque los años setenta fueron horribles para el terror british. La Hammer agonizaba y la Amicus se regodeaba en su crisis desde una estética feista y grisácea, cual sus propias ambientaciones contemporáneas.
La más célebre serie fue Tensión (Thriller). Su misma careta era emocionante: una imágen minimal, distorsionada, oblícua que significaba un plano subjetivo de alguien que observa a través de la mirilla de una puerta. Por emitirse los viernes por la noche mi amigo Carlos también podía verla y así comentábamos cada sábado los momentos más intrigantes de unas tramas, independientes siempre las unas de las otras, que podían girar en torno a los extraños habitantes de casas deshabitadas, asesinos en serie escapados de los manicomios donde purgaban sus males, muertos resucitados que clamaban venganzas o mujeres malignas que practicaban ritos satánicos. Todo bajo una atmósfera opresiva y amedrentadora. Gracias a Tensión, Carlos y yo tuvimos ya algo más en común. Quizá el fuera afecto al terror gracias a los Creepy de turno. El caso es que parodiábamos los mejores momentos en su casa y hasta nos ayudábamos con flautas dulces para interpretar la sintonía de arranque. Acabábamos entre risas porque, aunque parezca mentira, sí que encontrábamos humor en el horror.
La otra serie la emitían los domingos por la tarde (un horario bastante pintoresco pues muchos instantes me marcarían tan grandemente que aquello hubiese merecido los dos rombos de medianoche). Tambien era inglesa. Y se titulaba La casa del terror. Era además de similares características con respecto a Tensión. Particularmente hubo un episodio acongojante protagonizado por un autoestopista provisto de chubasquero amarillo y que asesinaba a cuanto coche le paraba. Todo en medio siempre de fuertes aguaceros. Nunca se le veía el rostro pues llevaba puesta la capucha. Ya dentro de los vehículos se sentaba en los asientos traseros y sorprendía al conductor samaritano clavándole unas uñas larguísimas y afiladas en los ojos. La sangre hacía acto de presencia. Servidor se cagó de miedo. No eran horas.
Luego estaría el ciclo de Ibañez Serrador. Comenzó a emitirse, si mal no recuerdo, a finales de 1981 y este se prolongó hasta casi entrado el verano del año siguiente. Los lunes por la noche, en el UHF había una cita obligada con sus Terrores favoritos. Nunca le agradeceré lo suficiente a mis padres el que me hubiesen dejado ver muchos de los títulos más impresionantes del género. Títulos que no seguían ningún rigor temporal ni escuela en particular. El criterio de selección sería discutible pero con lo que hubo ya tuve bastante. Cupo la autoreferencial La Residencia pero no así el cine mudo, por ejemplo. Pero, con independencia de los títulos más camp, fue aquella de la noche de la emisión de No profanar el sueño de los muertos de Jordi Grau la del summum de mi paroxismo como televidente de escabrosidades. Claro que me marcó la Baby Jane, incluso aquel tardío grand guignol de Curtis Harrington a cuenta del original de Aldrich (¿Qué pasó con Helen?), pero el impacto de ese filme de zombies a la española fue soberano. Mis padres ante el primer susto decidieron cambiar de canal, en cambio yo pegué un brinco y corrí durante la publicidad hacia la otra tele, la de la cocina, para seguir degustando todo aquello que las salas comerciales me impedían por edad. Así acabó en mi retina la sangre siendo en blanco y negro. Una peli brutal y como norteamericana, de buena. Una digna secuela, antes que Romero perpetrara las suyas propias, de La noche de los muertos vivientes.
Al día siguiente en clase, resultó que tan sólo Ortiz y yo la habíamos visto. Alucinábamos compartiendo secuencias favoritas. Incluso nos terminamos mofando del pobre Carlos que, como siempre, al haber que madrugar al dia siguiente sus padres le mandaron a la cama (yo creo que el chaval era tan civilizado, estaba tan domesticado, que él mismo se iba solito, sin sentir remordimientos. El deber era el deber).

* Relatos con alarma roja
Tanto terror simultáneo generó en mi un afecto por el género que tenía a cojones que manifestarse en mis inminentes nuevas novelas. Conservo dos de las tres que escribí en 1.982 (falta la emblemática -de la ridiculez- El Hacha). De nuevo, como en Rancho o Sagas, leídas hoy parecen de coña. Sino reparen en determinados párrafos de Escalofrío, la que abría la trilogía.

ESCALOFRIO

Capítulo I. Noche embrujada (mayores 14 años)

-¿A donde va, señorita? - preguntó el taxista.
- A Manderley.

- ¿A Manderley, no conoce la vieja leyenda?.
- Eso son pamplinas.


Capítulo III. Alimañas monstruosas (mayores 18 años)

- Estas son las tarántulas más peligrosas de toda la Tierra.
- Es
verdad, doctor. Son espantosas.
- Pero... en esta habitación oscura están las tarántulas asiáticas. Su picadura es totalmente mortal. Aunque les de 50 disparos no mueren.
- Gracias doctor, después de tantos bichos prefiero un buen beicol (?) y una taz
a de té.

Capítulo V. Macheta sangrienta (mayores de 18 años)

Lorena no tuvo tiempo de ver quien llamaba a la puerta. Una gigantesca hacha llena de sangre rompió la cadena y partió en dos a la chica. Era estudiante de primero de derecho.

Capítulo VI. Vampiros (mayores 16 años)

Como no veía salida ninguna, Katty subió por el tejado. El vampiro le agarró el pie, pero ella le dio una sacudida y el vampiro se dislocó una pierna. Quería saltar pe
ro era imposible, había una altura de 20 m. Era imposible.

Capítulo VIII. Sangre 1ª parte (mayores 18 años)

Lo primero que hizo fue desnudarla y luego la ató a un palo boca abajo. La SANGRE sentía deseos de reventarla al ver su gordura. Se acercó más a ella, más y más... Hasta que contempló su matriz enrojecida, puso sus uñas en sus entrañas y la SANGRE impulsó por el vientre de la chica. Le había abierto un poco por dentro. El monstruo la chupó, se sentía cada vez más fuerte. Después la puso boca arriba y le extrajo el bebe que estaba dentro de ella. Lo primero que hizo con él fue arrancarle la pequeña cabeza y comérsela.

Capítulo IX. Sangre 2ª parte (mayores 18 años)

Taylor rajó a Tom y l
uego intentó hacerlo a Laurie, pero la bestia lo devoró. Antes de hacerlo Taylor le dio una cuchillada a la bestia y ésta echó litros y litros de sangre. Laurie mató a Lily y Tom pudo salvarse.

Así hasta trece aberrantes idioteces con su calificación moral (a lo cinemático) y sus elementales dosis de plagio. Yo Claudio, los carteles anunciadores de Holocausto canibal y El resplandor, picoteos de aquí y de allá. Seguía retroalimentándome de cultura audiovisual y cayendo en el despropósito monguístico cada dos por tres. Como si Chiquito de la Calzada hubiese pasado por un período de traductor de pulps.
Cuando emprendí Los Elegidos, con portada dibujada por Carlos, me atreví a inventarme frases publicitarias como aquella que figuraba debajo del título: No les importaban profanar sepulcros. Sólo sabían asesinar y gozaban con ello. Nadie puede desatar la ira de Jaunzar en su rebaño. Nadie puede detenerles porque son: Los elegidos.
Y, por si fuera poco este aviso, en la sobrecubierta aparecía esta otra, antológica: Esta novela por su temática y contenido puede herir la sensibilidad del lector. Este relato tiene ALARMA ROJA.
Desde luego, si en realidad quería dejarme de memeces y convertirme en un émulo de Stephen King, se hacía perentorio que de una vez por todas me dejase adiestrar por los escritores del gremio a través de su lectura disciplinada y no con mi insólita manera de traducir las imágenes vomitadas por una pantalla manchada de rojo.

continúa mañana

2 comentarios:

Amputaciones dijo...

"Una gigantesca hacha llena de sangre rompió la cadena y partió en dos a la chica. Era estudiante de primero de derecho".

¡Jajajaja! ¡Buenísimo! ¡Coño, si hasta parece un haiku, ahora que lo releo!

También yo solía escribir cuentuchos de cuatro cuartos inspirados en las pelis de temblores. ¡Saben los dioses donde habrán ido a parar...!

maciste II dijo...

Si leyeras todo el capítulo TE MEABAS. Resulta que el asesino era el profesor de la universidad. Tenía querencia por liquidar con machete a las alumnas. Para ello las pintaba con un boli con disimulo cuando iban caminando ellas por la calle. El suponía que al estar manchadas lo primero que harían era irse a sus casas para ducharse. Por lo tanto seguía a la elegida en cuestión provisto de su inseparable arma y... zass!, escenita de PSICOSIS al canto.

Yo no me explico como podía escribir esto. Creo que dada mi condición de retarded se explicaría. Es que si no...no le encuentro la lógica. Y todo así. Ni Herschell Gordon Lewis se atrevió a tanto en sus buenos tiempos.