21 junio 2007

INFANCIAS VERDES

Capítulo trigésimo octavo


AGENDA ACADEMICA ( 7º EGB)

1ª Ev.: 6 suspensos
Comentarios tutor: Empieza muy mal. Conviene que tome las cosas más en serio para poner remedio cuanto antes. Pruebe, si quieren, a hablar con el tutor

2ª Ev.: 5 suspensos

Comentarios: Sólo se le notó la mejoría unos días. Sigue sin esforzarse. Felices pascuas.

3ª Ev.: 4 suspensos
Comentarios: Rinde muy por debajo de sus posiblidades

4ª Ev.: 4 suspensos
Comentarios: Ni pon
e interés ni trabaja

5ª Ev.: 5 suspensos
Comentarios: -


FINALE: 4 suspensos
Comentarios: Se esforzó muy poco. Felices vacaciones.

* Grandes acontecimientos del año


Vista toda mi actividad extra escolar no debería sorprender a nadie la introducción a este capítulo. Hacía lo que me venía en gana, sin atender a horarios ni deberes. Incluso desatendía mi alimentación, algo que nunca me había importado una mierda. Era muy mal comedor y, ahora, con los nuevos vicios pajeriles, seguía adelgazando, parecía un espárrago andante, la Twiggy con sombra de bigote. Mi peso no estaba en consonancia con el modelo standard. Ni mucho menos era el aconsejable para un chaval que afrontaba un período tan delicado de su vida como era la entrada a la adolescencia y sus cambios hormonales. Las comidas las hacía rápido y mal. Corría veloz para reunirme otra vez con mis dos otros confidentes que, en el fondo, eran los que en verdad me alimentaban con sus cuentos y trapisondas.
Pero volviendo a lo escolar, séptimo de EGB fue el principio de la debacle como estudiante. Nunca nada volvió a ser igual. Jamás recobré la inspiración de un curso 4º. Las materias ya no eran marías y exigían más que una horita diaria de repaso por encima. Maciste se maleaba para desesperación de mi familia. Yo tampoco estaba satisfecho con los malos resultados al comprobar con rabia y rencor como Ortiz, estudiando lo mismo, sacaba mejores notas (no así Máximo que era el último de la cola. El zoquete, el digno merecedor de las orejas de burro, de haber todavía ese premio en aquella España pre-cambio). Mi padre era el responsable de abroncarme a cada trimestre, cuando le entregaba la cartilla. Una por otra, pues la cartilla que me leía a mí era intensa e iba cargada de enorme tensión. Los negocios de papi no estaban siendo muy boyantes últimamente y aquel problemón suyo suponía un refuerzo argumental cuando le tocaba darme el discurso de rigor, que siempre era el mismo. Giraba en torno al individuo solo en una jungla de asfalto, selva en la que el hombre era un lobo para el hombre y demás metáforas que trataban de hacerme ver que la realidad no era la que me imaginaba, sino algo bien distinto. Llegaría un día en el que mis padres no estarían a mi lado para darme mis caprichos y entonces me las vería cara a cara con el destino. Todo aterrador, todo apocalíptico. La pura verdad. Conseguía sobresaltarme, no lo dudo. Era un excelente orador. Pero mi infantilismo de salidas de cascarón me podía más. Pese a todo, acepté asistir a una pasantía durante unos meses. Horas extras que me apartaron de mi círculo vicioso de niños viciosos, obligándome a hincar codos durante dos horas diarias.
En la academia hacía los deberes. Era un piso en cuyas habitaciones se distribuían aulas temáticas. La mía estaba medio llena de jóvenes de ambos sexos, con edades dispares, lo que suponía una novedad inquietante. El instructor era un señor sin pinta de avinagrado cura. Aún así, durante el corto período que duró mi estancia en su apartamento, no conseguí tener confianza en él. Era incapaz de tratarlo como a un igual. Sabía que se había doctorado en magisterio. Por lo tanto, era mi enemigo. Me sorprendió que el día de mi presentación me preguntase por uno de los profesores más temidos del colegio, el Papus (o Papandreu). Yo le respondí que nunca me había dado clases, pero que era muy probable que me tocara el año siguiente (y el verbo tocar abarcaría todas sus amplias definiciones pues era uno de los más pegones, más violentos del colegio).
Mi padre pagó religiosamente las tres mensualidades de la academia. Pero mi estancia en ella no sirvió de mucho. Mi cabeza seguía estando llena de pájaros (casi todos de mal agüero, como los que picotearon a la pobre Tippi) y, encima, el ambiente que se respiraba dentro no era muy favorecedor para que me volviese disciplinado. En aquel año 1982, según iba acercándose el mes de junio los varones del grupo parecían desquiciados por el temita del fútbol. Los Mundiales, que se celebraban en nuestro país.

* Mundial '82
El gran coñazo. Algunos acudían a la academia con pequeños transistores camuflados. Yo no lo podía soportar. Nunca había tragado el fútbol y menos en una época como aquella. El calor pre estival no hacía más que avivar mi sensación de agobio. Quería llegar al final del curso con un mínimo de dignidad y cualquier referencia balompédica hacía todo más cuesta arriba. La televisión de los dos canales carecía de alternativas por eso mismo. Colmo de males: acababa de descubrir una radio fresca, increible llamada radio 3 pero durante las semanas que duró el fútbol se había transformado en una emisora deportiva, mandando de vacaciones a mi programa favorito, La Barraca. Encima, de la selección española tan sólo me gustaba un poquitín Camacho, al que encontraba muy bizarro (un machote español). Pero el resto no había por donde cogerlos, y eso que aquellos pantaloncitos del siglo XX que se gastaban los jugadores nos daban más de una pista de donde se hallaban sus puntos estratégicos (nada en comparación con la adorada indumentaria de la liga australiana, claro es). Y es que menuda pinta tenía un tal Victor (el de la imágen de la dcha. es Camacho, aunque parezca mentira, a mediados de los setenta, con un pie de foto que bien podría rezar así: el Tadzio que rechazó Eloy de la Iglesia), centrocampista del Barcelona (antes en el Zaragoza) y cuyo aspecto de kinki Vaquilla daba pena (sí, la raza fue mejorando pero no demasiado a juzgar por la fealdad prorrogable del actual - y mi querido- Puyol).
El papel de nuestra selección fue el de siempre. Ni me acuerdo cuanto duramos. Para mí supuso una eternidad. Tan sólo el mito Maradona trascendería algo en la apreciación general de aficionados o no, incluída la mía al pasar a la posteridad de mis recuerdos por una sesión de ducha in fraganti de la que bien se hizo partícipe INTERVIU (y es que no por pequeñita la minga del pibe dejaría de ser matona, pensé una noche tonta).
Naranjito fue la mascota. Gloria pura en comparación a otras mascotas que estaban por venir (mismamente aquel perro verde del ¿Mariscal? para lo de la Expo o la misma Botilde del Un, dos, tres, imperdonable sustituta de la carismática Ruperta). Naranjito tuvo su serie de dibujos animados, repleta de frutas protagonistas (no confundir con Los Fruitis ni la porno de Cicciolina). Agradables recuerdos me trae aquello. Lo mismo que Sport Billy, japonesería que cayó aquel año con afán de difundir el deporte del balón con toda la coyuntura del momento. Sin embargo, a pesar de su proselitismo monotemático, Sport Billy me gustaba, aparte de por el diseño del heroe juvenil, por sus licencias fantasiosas (típicas de manga), como su imaginativa mochila mágica, portadora de todos los super poderes del mundo. En los años noventa los nipones contraatacaron (con mayor fortuna) con asuntos del esférico en la mítica Oliver y Benji (pero de aquella yo ya estaba a otra cosa).


* La visita del Papa
Un horror. Coincidió además con mi etapa de ateismo más radical. La última semana de octubre fue histórica por dos razones. Una fue esta. Sinceramente no entendía el grado de histerismo, de arrastrar masas de este señor tan nefasto. Encima la televisión aireaba imágenes constantemente de jóvenes, de niños como yo, postrados ante el paso de su papamóvil como quien veía un ídolo pop. No me entraba en la cabeza. Yo haría lo mismo por Harrison Ford, pero ¿por aquel viejo beato?. Nunca encontré tan bien dados aquellos disparos cuando lo del atentado. Y si de aquella se habia salvado era porque el hombre tenía un componente sobrenatural de lo más odioso. Totus tuus... Qué le dieran por culo, eso pensaba durante todo su periplo por varias provincias. Ni siquiera la conciliar Gomez Borrero (corresponsal que siempre me cayó bien por sus contínuas referencias a Fellini y su cohorte), consiguió sacar de mí un mínimo de adhesión (mucho menos de devoción) hacia el Santo Padre. A pocos días de las elecciones generales, el país andaba con mucha marcha. Así que cerré la ventana episcopal y me inmiscuí en los comentarios políticos de mis padres. Al parecer, se avecinaba un cambio.


* El triunfo de los rojos
Ganaron los socialistas. Siguiendo el hilo de lo anterior, mis padres (de extrema derecha, los que no entendían de política, sólo de vender calcetines) empezaron a desbarrar. Mamá: Si no queman las Iglesias, todo va bien. Papá: Ahora vamos a tener que pagar por ir a misa... Aunque parezca mentira, estas lindezas se podían oir en mi casa a horario infantil protegido. Unas barbaridades como cualquier otras pero en tanto que éramos paradigma de la familia media española (extrema y carpetovetónica) esclarecedoras del sentido que se tenía de democracia a esas alturas del percal. No en vano el año anterior un golpe de estado frustrado había hecho revivir momentos dramáticos como para que se anduviera pensando en burros volando, perros atados con longanizas y paises de jauja.
Yo empezaba a recoger ideas, opiniones, sentencias de otros lados. A partír de todos ellos iba edificando una opinión. Me sentía de izquierdas y, por lo tanto, el PSOE no estaba mal. Ya en el poder creció el monstruo del felipismo, la corrupción se ocultó con el marketing poderoso de la modernidad, se creó una falsa ilusión de que vivíamos en un paraíso total. Eramos europeos pero, a la vez, era conveniente ingresar en la OTAN, así estábamos más cerca de Estados Unidos (y Estados Unidos eran los mejores). El sueño duró muy poco. Lo hizo más la pesadilla. Los socialistas se eternizaron en el poder y el final fue terrible. Pero por lo visto este país no tiene solución y a día de hoy, en tanto que dictadura bipolar, han vuelto al gobierno y, aún por encima, sin el carisma de Felipe. Porque Felipe tenía carisma. Y no sólo eso, además estaba muy bueno. Era el gitanaco de Sierra Morena que rivalizaba en sex appeal con el Curro Jimenez y el Luís Candelas juntos. Muchas emancipadas quisieron tener un hijo suyo en su momento. La Andalucia de los ladrones tomaba el poder con contínuas mayorias absolutas justificadas por el hechizo de unos morritos muy bien puestos (acabaron porcinos) y toda su verborrea. Asunto de labios y labia.
En el cole, Marianín nos alertó también: Ojito con estos. Mis padres dicen que a este colegio le quedan muy pocos días de vida. Según él iban a cerrarlo, pues los rojos conseguirían bloquearle cualquier posible ayuda ministerial. Si era así, pena de final tan burocrático. Optaría mejor por uno más violento y que pasaría por paredones a religiosos. Sobre todo implicaría la propia intervención ciudadana. Y es que servidor acababa de ver el filme If... (revueltas anarcoides- estudiantiles con quema de la institución escolar incluida) en La Clave. Una pasada que me había dejado marcado a fuego de metralleta. Sinceramente, los socialdemócratas me defraudaron desde el mismo momento en que aquel climax liberador no tenía lugar y en cambio, los cursos seguían discurriendo con mi torturada participación en ellos.

continúa mañana

No hay comentarios: