20 junio 2007

INFANCIAS VERDES. Capítulo trigésimo séptimo

* El cochinismo ilustrado (2)

También tenía portadas muy desagradables, como aquella en onda desafortunadamente escatológica en la que Miguelito Bosé posaba desnudo sentado en la taza de un báter (no dudo que expulsando de sus entrañitas de Super- Super- man sustancia seminal con heces) y donde sus partes pudendas las tapaba el menda con un número anterior de la propia revista. Queda claro que el modelo afeminado (que no ambiguo) del hijo de la actriz y el torero no es que no me atrajera, ¡es que lo rechazaba de pleno!.Tampoco me decía nada el modelo playboy maduro internacional, arquetipo hortera donde los hubiere (y harto explotado desde Playgirl y los anuncios de coñac, claro) -caso del quemadísimo Helmut Berger, muy codiciado por los redactores del Party por todo su pasado rumboso tirándose cuescos por el palazzo de Visconti.
Sea como fuere, era perentorio saltar la barrera del miedo paralizante y atreverse a cometer el delito. Qué mejor que un lugar de confianza: el quiosco de mi calle (a cincuenta metros de casa) regentado por un señor muy mayor y muy ciego que ante las aglomeraciones estudiantiles del colegio cercano perdía el sentido de la vigilancia, desorientándose por completo.
Robar el Party era mucho robar. No sólo lo digo por el precio sino porque era una revista de dimensiones desmesuradas, un tamaño que luego calcó la posmoderna La Luna de Madrid (incluso en la calidad de la impresión). El placer de lo clandestino, cuando ya traspasaba el umbral del hogar con el ejemplar en mis manos, era infinito. Al abrirla ya la cosa cambiaba. Poco entendía de aquellas fiestas de barbudillos alegres, en donde la preponderancia de travestís (el fenómeno quirúrgico de moda) me daba algo de grima. Por fortuna había dónde leer, algunas firmas empezaron a hacérseme muy familiares (un tal Jordi Petit se erigía como el mandamás de algo cuyas características se me escapaban por completo: de hecho si había un movimiento político radical alrededor de aquel ghetto parecía estar confundiendo lo revolucionario con el vulgar histerismo; Bibi Andersen tenía también mucho que decir, igual que los aristócratas de la pluma y el seudónimo que se derretían ante saraos donde divas gays hacían acto de presencia regia para desmayo y/o solaz de las maricuelas más mitómanas -en este sentido, todo lo que una marquesona con pilila mustia me adelantase en primicia quedaba a priori de segunda mano ante las crónicas mundanas de lo mismo que me servía en bandeja de plata un Jorge Fiestas desde Nuevo Fotogramas- y Luís Arconada daba cicerone de honor teniendo en cuenta su rango de responsable casi máximo de la publicación). Nombres como Pierrot, Ocaña, Nazario, Leonardo Dantés o Paco España desfilaban como grandes clowns de un circo que, aunque vendido como milicia de un ejército de luchadores por la igualdad, a mis ojos se tornaban criaturas feístas (frikis) de una Sodoma que nunca llegaría a la noble iracundia de Esparta. Tampoco los veía originales. En nada se diferenciaban, salvo en el abuso de rimmel, de los saraos horteras de puticlub de la publicación LIB, aquella que confundía el amor libre con el despiporre casposo típico de país tercermundista y, por ende, muy afín al cachondeíto latino. Ambas eran muy divertidas, si. Pero Maciste no buscaba tanta alegría, sino conocimientos o, al menos, sugerencia y erotismo, cosquilleo en la bragueta, mitificación de cuerpos varoniles, caza con teleobjetivo indiscreto de mi famoso ideal... A años vista, he de reconocer que robar Partys acababa con un regusto de insatisfacciones la mar de imprevistas.
Pero yo de vez en cuando insistía. En el fondo había más del estilo, los quioscos estaban llenos de ofertas verdes. El de mis vecinos en eso no era nada manco. Y es que el negocio lo llevaban entre el viejo y su hija, una treinteañera moderna con la que hice muy buenas migas al ser además cliente: le compraba todos los lunes los Teleprogramas y los viernes los TeleRadios. Quizá intuyendo, muy lista que era, que me llamaba la atención lo porno (mis ojos se iban a los paneles superiores en donde tenían colocados los materiales X) un día me sorprendió sacando para mi pasmo un puñado de las del celofán (es decir PRIVATEs y PIRATEs y más de cuyo nombre no me acuerdo) y convidándome a entretenerme un poco con lo último venido de Sexilandia.. Me puse tímido pero receptivo. Me contaba que me iba a enseñar una cosa que nunca había visto en parte alguna. Yo inmediatamente pensé en que me iba a deslumbrar con una foto de Starsky sodomizando a Hutch, mientras Baretta esperaba turno. Pero no. Me abrió una a colores y me dijo que observara atentamente. Yo miré pero vi todo borroso. Entonces me aclaró: Es en tres dimensiones. Necesitas gafas. Y las sacó. Pero el efecto al ponérmelas era muy chungo. No tuve la sensación de que me viniera lefa a la cara, ni percibí un cosquilleo en la nariz a causa de alguna ladilla que hubiera saltado de un pelo de coño hasta mi napia. La quiosquera enrolladita al comprobar que no me entusiasmaba el tema (era en verdad novedoso, pero no tanto el sistema en sí que ya conocía por el cine de los sábados, concretamente por una película de acción que había visto protagonizada por una tal Ana Obregón y que estaba rodada en ese mismo proceso tecnológico. Al final de la proyección aquella había quedado mareadísimo, como con ganas de vomitar y con un aumento considerable de dioptrias que en nada agradecí). Para rematar me soltó un cálido pero intencionado: En casa tengo más, las buenas... Ahí se ve el detalle maravillosamente bien... En mi poca picardía yo lo primero que deduje es que aquella buena moza tenía en su piso una colección de óptica muy avanzada. Cualquiera más espabilado se hubiera dado cuenta que lo suyo era una proposición pedófila en toda regla. Pasé página. Lo único que concluí de aquella vez es que con ella en el mostrador me debería abstener de más robatorios. Con el viejo todo era distinto. Así encontré sabrosos ejemplares de fenecidas historias de nombres Homopoder u Homoerótico entre los apabullantes Yes, ClimaX, Sere Zade, Tetas o Culos.
Revistas sin coños que tan pronto devoraba iban directas a la basura, no por sentimiento de culpa sino por miedo a que mi madre las descubriera un día haciendo limpieza. No me consideraba lo suficientemente importante para conservarlas, como sí hacía papa con su media docena de INTERVIUs de siempre y que guardaba en el cajón de su mesilla de noche, digo yo que para casos de emergencia.
Las mías, como el resto de las existentes, tambien eran material infecto: mal editadas y pésimamente escritas, con pies de fotos parangonables a los bochornosos haikus en honor a las putarracas de los heteros. Material clandestino con dos números y a otra cosa, revistas de aquí que apuraban el filón de la apertura a base de robar de allá. Relatos eróticos de la redundancia, experiencias personales sin glam que me estaban aclarando aspectos de una sexualidad concreta sin todavía sentirme reflejado en ellas o, cuanto menos, sin ser consciente de que las odiseas planteadas (busconas de báter y cine) conformarían el futuro de un tópico depredador irracional. La alerta de lo venéreo (sin el SIDA aún como amenaza) trastocaba todos mis buenos pronósticos (hepatitis C, sífilis, gonorrea, herpes múltiples...) pero no le daba vueltas al asunto porque yo me había matriculado en la escuela del esteticismo frente a la mediocridad cuartelera de las mayorías. Craso error aunque entendible desde mi corta edad. Ni siquiera me planteaba en mi homoerotismo el delicado asunto de la higiene (podía manchar de mierda, sino me aseaba bien, la polla de un chico si yo era pasivo o viceversa de ser lo contrario) por la exclusiva razón de que todo lo idealizaba y dentro de nuestros anos las paredes eran de blanco inmaculado, cual los pasillos de la nave de 2001. En cuanto al ghetto, decían que estaba ya a mi disposición si es que quería traspasar el umbral de la Sodoma recientemente democratizada. El camino más fácil para la mariquita de siempre. Sin embargo lo mío no eran las cárceles del amor, sino los abiertos paraísos de la Arcadia.

* Pajillas de autor
Lo único por lo que debo estarle agradecido a las cartas de los lectores de estas revistas fue por el hecho de impulsar una importante variante en mis escritos. Así abandoné en mi labor de narrador, momentanemente, mis ficciones plagiadas de la ficción para acercarme a una nueva modalidad parecida a las confesiones aquellas y que me enfrentaban por primera vez a mi realidad cotidiana, sólo que tergiversándola en beneficio de mi propio placer, llevándola a mi mundo privado.
Tras mis masturbaciones infantiles, cuando me cansaba de restregar la cebolleta encima de mi almohada favorita (o sin ella), sobre la incómoda alfombra de la habitación de los juguetes -tiempo divino que transcurría sin prisas pensando en tantas situaciones trempantes del día a día-, me paraba a reflexionar en si tanto derroche de fantasía imaginada -fantasía que se esfumaba tras el orgasmo con la misma celeridad que desaparecía mi semen al absorberlo la superficie-, no sería mejor o más productivo que lo canalizase de otra manera: por ejemplo, haciendo lo mismo pero además aferrado a un papel y un bolígrafo. La idea mientras duró fue muy excitante. Era tentador bajarme los pantalones de pana y calzoncillos Jim, luego tumbarme boca abajo y escribir todo lo que pasaba por mi calenturienta mente: eran sinopsis breves, que tan sólo darían para cortometrajes de haberlas filmado pero en las que no sobraba ni faltaba un detalle. Condensaban la esencia del morbo. Ya no bababa la baldosa fría, aquello caía encima de un papel cuadriculado cuyos renglones salían torcidos, cuyos resultados eran ininteligibles, imposibles de acogerse a una relectura. Por ello que los papeles iban también a la basura no bien acababa de emborronarlos. Servían para el desahogo, también para recoger la leche y, al final, formando una bola de papel, me consolaba con hacer diana en el cubo de los sueños imposibles. Porque eran tan sólo eso: sueños robados a una vida edificada a través de los retazos ambiguos, en la que aparecían siempre mis compañeros de aula favoritos en posiciones equívocas, muchas de ellas brindadas de la pura realidad que captaba en alguna furtiva (y afortunada) mirada de soslayo. Ellos tocándose los genitales en las largas filas de entrada en las aulas, ellos agarrándose con descaro por los culos como si fuesen juguetes carnosos mientras aquel que lo tenía más redondo y apetecible se dejaba rascar muy dentro de él (aunque siempre por encima del pantalón), con dos o tres dedos, por un compañero libidinoso... Ellos propinándose besitos fugaces en los morros, observando con malicia el crecimiento del vello púbico en el gimnasio, fruto de un puberil desarrollo o pegándose en wrestling por una nimiedad que los saturaba de sudor y roces. Presto lo captaba al vuelo... Tan sólo ordenaba aquellas escenas y las traspasaba al folio, mientras mi pene se movía imparable en signo de follármelo todo (acentos incluidos). Y lo mejor es que mis compañeros del deseo nunca estaban desnudos, siempre jugaban con ropas de faena, lo que acabaría conformando en mí un subidísimo fetichismo por las prendas que sigue a día de hoy condenándome en su dictadura erótica.


continúa mañana

4 comentarios:

Ai dijo...

! Hombre ! Tenés un blog estupendo.

I can read Spanisch but I can't speak it, so let me praise your site in English. It's incredibly wide-ranged and very well written, similar to that of DC's which I mean as a big compliment.

Be sure I'll stay tuned :-)

Saludos cordiales,
- Ai

maciste II dijo...

Pues aquí estamos...

Yo también admiro todo el trabajo-blog de Mr.Cooper y más aún el clan de artistas que ha generado a su alrededor en la zona de comentarios.

Por culpa de mi poco dominio de la lengua inglesa no me he prodigado mucho en él pero,por fortuna,he logrado contactar con unos cuantos entusiastas españoles del autor (caso del reciente AMPUTACIONES, de una manera indirecta con el- hoy por hoy- missing CAUTIVOS y, por descontado, con el ángel muso SAA VICENZO). Desgraciadamente tengo la espinita de no poder haberlo hecho con otros que considero admirables (como esa maricuela exquisita y snob de nombre DAVID EHRENSTEIN, al que por alguna extraña razón siempre relacionaré con el CLIFTON WEBB de "Laura" con un algo del GEORGE SANDERS DE "All About Eve").

Saludos para ti, too.

Ai dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Anónimo dijo...

Verónica Miriel, el lienzo de un pintor (Party)