19 junio 2007

INFANCIAS VERDES

Capítulo trigésimo sexto

* El cochinismo ilustrado
(1)


Ahora con esto de la Internet que amenaza con acabar con tantas cosas el presente capítulo es posible que el lector más jóven lo interprete como un irrepetible anacronismo de los sentidos. Los quiosqueros se quejan de que la pornografía se vende ya poco al abastecer de manera desproporcionada en miles de páginas web conformes a los gustos del consumidor. Pero en los primeros años ochenta este tipo de publicaciones en celofán funcionaban cojonudamente. Tenían precios desorbitados por ser muchas de importación. El negocio X se beneficiaba de décadas de oscurantismo en una España cerrada a los instintos primarios (cuando el sexo fue digerido por el sistema capitalista este perdió en gracia y encanto pero todos los ciudadanos occidentales que conforman las medianías se corrieron bien a gusto a cuenta del filón). Así pues los quioscos de la transición inundaron sus fondos más ocultos, esos que protegían de la mirada de los menores, con estas vías de escape para adultos sin reparos.
Al niño Maciste aquellas ligerezas no se le escapaban pero todavía con el cambio de década no las tenía como una obsesión. Mis primeros contactos con el porno impreso fueron a finales de los años setenta y venía siempre camuflado bajo un aspecto tan feísta y sórdido que en modo alguno conseguía acaparar mi atención más de un par de minutos. Esto unido a la falta de experiencia e ignorancia en la materia terminaban por provocar que pasase rapidamente la hoja de mis fantasías de recreo. Porque era en el recreo cuando algún chavalín avispado me alertaba del descubrimiento de tan codicioso tesoro que, por regla general, permanecía escondido en el interior de una zanja inagada o en el hueco lagartijo del muro colegial. Entonces ya allí el niño sacaba de hojas desgarradas, mojadas por el paso de un aguacero invernal y las mostraba con deleite. Era blanco y negro que reproducía órganos sexuales en acción, primerísimos planos de felatrices que devoraban obeliscos con roña de días. Alguna afortunada vez aquellas modelos poseían ojos rasgados, como del Japón milenario y entonces me asombraba de que también aquellos seres pequeñitos (de crío pensaba que los japoneses eran enanos simpáticos o , por el contrario, con muy mala leche) pudieran también hacer eso. Pasaron los cursos pero las citas irregulares con los nuevos escondrijos se fueron sucediendo dentro de lo que eran los momentos más divulgativamente verdes de mi recreo. Mis minutos de educación sexual no los traía la LOGSE sino las burdas Cartas privadas del PEN que incorporaban el material de los textos (cartas y consultorios) a su sempiterno despliegue fotográfico. Paradojicamente, en mi despertaban mayor imaginación éstos que la enésima guarra siendo asaeteada por sus dos orificios por sendos cipotes precondom. Y más aún todavía que aquellos relatos de los lectores (aunque no sé hasta qué punto eran fidedignos pues los notaba excesivamente fantasiosos como para que los hubiese escrito un españolito recién salido de una dictadura castradora. Tal vez fueran los propios redactores de la revista los que le daban al coco prepuciano en sus horas extras con el fín de animar este país tan adicto al misionero y al coito perruno) me escamaban sobremanera los borrones blancos de humedad, lamparones de sustancia extraña que dificultaban el pase de páginas. Los redichos del primer acné en seguida me sacaban de dudas sin yo preguntar nada: Aquí se corrieron.
Todo estaba muy claro para unos críos que aún compaginaban las poluciones nocturnas con el meado de sábanas. Eran días de contínuas revelaciones. Superado el trauma de que los niños ya no vinieran de Paris, ahora y de repente es que la jodienda ya no sólo conducía a la reproducción sino que se había convertido en un triste espectáculo para maltratadores de revistas. De todas mis sesiones de hemeroteca improvisada saqué la conclusión de que el felpudo femenino me daba bastante repelús, en especial la vulva a la que interpretaba como pellejo en carne viva capaz de contener en su interior los misterios más pavorosos (con algo de planta devoratriz vista por Corman). Por la contra, el pene me despertaba curiosidad y hasta admiración si éste era enorme y lucía duro como una columna dórica. El macho, en definitiva, me inspiraba respeto en tanto que era un igual. La mujer, pese a su preponderancia machacona en la pornografía hetero, la delimitaba a un segundo plano, como ente nunca deseable (pinturas, lencería, pilosidades servían para apartar de mí ese caliz, destruyendo el mito que seguía con pasión en los pocos libros de arte que había en casa de una Afrodita o una Artemisa, rebajándola a la categoría de suripanta quitacuartos del varón) pero tampoco la despreciaba (Jose, el chapero siempre se vanagloriaba de no haber comido nunca un chocho. Su estupidez llegaba al extremo de afirmar con orgullo que ni siquiera cuando nació tocó el de su madre, pues lo habían engendrado por cesárea). Y cuando conseguí ojear pornografía hetero (o no) con amigos nada descarados en cuanto a su opción sexual, acogí a las huríes con humor (y desde el kitsch elevado a unas risas) reparando en sus pelucones, en sus gestos fingidos, en su artificio ridículo para halago del macho rampante típico y tópico. Y otra cosa: jamás, a la contra de los asquerosos argumentos que imponen los puritanos en defensa de una hipotética preservación de la inocencia infantil, nunca ante unas imágenes fui a la cama traumado. Es más, cuando por fin conseguí dar con las que me gustaban de verdad la cama fue un paraíso donde me desahogué en placeres a cuenta de todo lo que se había quedado grabado en mi retina.


Porque esa sensación de cutrez, el único "pero" que poner a tanta hoja volandera, pareció desaparecer casi definitivamente cuando entre Ortiz, Máximo y yo decidimos que lo ideal era la opción del robatorio de las propias revistas. Dentro de lo que cabía entonces, podíamos elegir nuestras favoritas, quedando todo más higiénico además. Lo importante era ser cautelosos y eficientes en la labor. El quiosco de marras no era ni eso: mesa y tenderetes a la puerta de una oficina de líneas de autobuses. Como la dependienta era relativamente jóven poseía una correcta selección de sexualidades al gusto del sediento pajillero. Existían de aquella unas gacetillas muy ilustradas con el título de Videolibros que además tenían su equivalente homo de nombre Videogay. Por su tamaño eran fáciles de birlar, un mínimo descuido ante un apelotonamiento de viajeros y los libritos se colaban con premura debajo de nuestras zamarras o por dentro de los pantalones. Fue con Ortiz y Máximo con quienes comenzé a descubrir el mundo de los sodomitas. Ellos no reparaban en detalles moralistas a la hora de sustraer ambas vertientes de la sexualidad y, huelga decir, que era en las de temática marginal (onda gay) donde más nos deteníamos luego cuando nos poníamos de lectura. Eran la novedad. Seguíamos siendo diferentes. Ya no sólo no dependíamos de nadie para ver folleteo, es que desde nuestra condición de delincuentes comunes podíamos permitirnos el lujo de optar por amplias combinaciones de apareamientos con sus respectivos genitales. Y más sexos que hubiera, que serían bien acogidos. Para mi gusto los modelos bigotones, patilleros y peludos, eminentemente seventies se mostraban eficazmente desafiantes y apetecibles. El detalle de los jeans ajustados sobre una moto remitían a las morbosidades en boga de Tom of Finland. Máximo, de vez en cuando, soltaba un adecuado: Mariconess, mientras Ortiz y yo cronometrábamos muy mucho la permanencia en una hoja por si al macho dominante del trío se le daba por putearnos. Ortiz respondía ante los estímulos gráficos con su típica sonrisita maliciosa. Yo, además de eso, estaba que reventaba. Curiosamente nunca olvidaré una fotografía en blanco y negro que ensalzaba con todos los honores la belleza de dos gemelos jovencísimos y hippyosos metiéndose mano como quien no quiere la cosa. Volvía a reaparecer el tema del incesto como cuando me adoctrinó Crumb años antes, sólo que aquí de carne y hueso. Bidimensional pero muy bien traído. Para mí lo del tomate con parentescos seguía siendo el colmo de la transgresión.
Durante un período los tres nos hicimos adictos al pornogay. Pujábamos por ver quién se llevaba los robatorios a casa (la mayoría de las veces era Máximo quien se las acababa quedando) pero en modo alguno nos planteábamos poner en práctica dichas escabrosidades en nuestros cuerpecitos castos (y eso que todos los enigmas del sexo entre varoncillos nos los revelaban aquellos catecismos post Stonewall).

***
La existencia del desnudo masculino en los quioscos no me era del todo ajena. Siempre gusté de acercarme a estos lugares y reparar en sus escaparates primorosos en busca de tebeos, de colecciones de serie negra y de terror, de revistas de televisión o de primeros fascículos de series televisivas. Sólo que cuando mis nuevos amigos de andanzas entraron en aquella vorágine indiscriminada de robatorios empecé a tomar notas al márgen de lo tradicional. Había una que se llamaba Party y que acabaría por ser uno de mis primeros objetivos cuando el hurto pasó de sociedad anónima a limitada. La publicaba la editorial que sacaba El Papus y era vendida como una guía del mundo del espectáculo. Ninguna disculpa para ofrecer carne de macho famoso que no conociesen ya las mariquitas finolis neoyorquinas, suscriptoras del After Dark. Sin el snobismo de la americana y con gran cantidad de caspa al menos cumplió su misión. Y esta alcanzó rango de histórica si nos atenemos a quienes le adjudicaron la categoría de ser la primera revista gay de este país (su primer número en 1976 coincidía con la todavía en decreto ley de peligrosidad social). Recuerdo, en la prehistoria de todo, portadas de la susodicha con Patxi Andion con el torso al aire justo hasta vérsele algo de los pelos del pubis. El titular: Patxi Andion nos enseña el culo. Y vive dios que el cantante actor debería tenerlo fenomenal, tan apuesto y recio era en su conjunto. Si algo de polla era donada para la portada, una pinza impertinente de la quiosquera de turno ya se encargaba de escamotearla de mala manera (quiosquera que a buen seguro tendría a esas alturas otros ejemplares de la misma sobadísimos y hasta sucios de flujo vaginal de tanto tirar de su sección de pasatiempos).

continúa mañana

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