18 junio 2007

INFANCIAS VERDES
Capítulo trigésimo quinto
(1982)

" La con
fidencia corrompe la amistad; el mucho contacto la consume; el respeto la conserva "
CICERON

Vivo en una ciudad grís, triste, avejentada. En ella la Galicia de la melancolía se desvirtua y se vuelve prosa para dar paso en el mayor de los casos al nacimiento y consecución de nuevas generaciones de muchachos perdidos y sin futuro. La emigración consigue más que nunca aquí prorrogar ad infinitum su tiranía dejándola vacía de savia nueva. Y la que queda, o bien se ha amoldado a la perfección al confusionismo y vulgaridad general de estos tiempos o acaso carece de sustancia donde poder encontrarle una originalidad.
Sociedad comatosa, ciudad siempre de luto, a pie del criticoneo, prolongación de una filosofía de lo rural que adocena, clasifica y ahoga al diferente. Maciste recuerda los largos inviernos caminando por paseos donde tan sólo los destellos de algún edificio art nouveau conseguían llamarle la atención (amén de todo su pasado románico que forjó su única historia). El resto era imperialismo trasnochado y de mal agüero, de flechas y pelayos, de aguilas acechantes sobre frontispicios de piedra raída. Ciudad que me fue oprimiendo hasta conseguir que perdiera la sensación de estar vivo, empezando todo por una falta de oxígeno evidente, cosa nada dificil pues este es clima de duros contrastes. Y ahora que la escapada se ve tan lejana me refugio en las imágenes pretéritas en las que todavía conservaba un mínimo de alegría, de capacidad de inventarme el entorno. Los días del final de mi niñez.

Quedó bastante dicho en anteriores capítulos que era un solitario. Y aún con todo, mis muñecos favoritos me reprendían desde sus reuniones numerosas. De algún modo, yo también tenía que aprender a comunicarme con los demás. Sólo que no era tan fácil. No encajaba en las pandillas. En las pachangas menos. Con Carlos y Héctor, enloquecidos de los comics, ya advertía que carecía del suficiente tirón como para ser parte de un equipo adicto a la linea clara. Se hacía perentorio buscar un alma gemela. Un espejo. Un yo reflejado que supiera realzarme como personita a la par que aportase características propias que sirvieran para ampliar mis expectativas de lo que debía ser la amistad real. Todo demasiado complicado para los pocos años y un entorno que en nada remitía a la Grecia clásica... y clasista. Yo tampoco aspiraba a semejantes valores. En cambio me estaba revelando como un niño muy caprichoso, cuando no tiránico. Mis papás lo sabían de sobra. En cambio los poco alertados empezaron a tener sus encontronazos verbales conmigo en peleas bastante subiditas de tono. Flaco favor me hacía aquello cuando las sartas de reproches las solía derramar sobre los únicos niños que me daban comba. Quizá con Ortiz choqué con la horma de mi zapato. Apenas nos prestamos mutua atención durante el primer curso juntos. Pero en 1.982, estando ambos en 7º de EGB, conseguimos que al fín nuestros polos se aproximaran hasta quedar unidos en lazos muy particulares.
Ortiz era un efebo atractivo. Moreno, de cara angelical, de porte delgado y bien formado podía materializarse en él mis cada vez más pronunciadas fantasías homoeróticas sin que en ningún momento yo cayese en la locura, en el grave error de las proposiciones indecentes. De esto último estaba decididamente convencido pues durante todo aquel período, incluso el posterior hasta mis diecisiete años siempre me cuidé mucho de preservar ese aspecto de mi intimidad por temor a posibles repercusiones. En el juego de la amistad, con todas sus entregas y complicidades bien pudiera haberse producido un encuentro carnal entre los dos. Pero esto no ocurrió porque, como me suele suceder por la regla general, quien ha pasado a ser mi amigo no me gusta hasta esos extremos, todo lo más derivaría hacia un complejo platonismo, en el que cabrían estimas y rencores o en el caso de Máximo, el tercero en discordia de mi nuevo micro grupo de Séptimo, el deseo sublimado a través del dolor físico.

Antes de que llegase este otro muchacho zangolotino y brutal, Ortiz y yo fuímos amici per la pelle. Visitábamos de manera habitual nuestras respectivas casas y no nos separábamos ni a sol ni a sombra en los recreos. Los fines de semana organizábamos nuestro ocio a base de merendolas hogareñas o de cine de los sábados. Recuerdo que atravesar el umbral de su casa para mí era toda una odisea. Y es que su residencia era un pequeño y coquetuelo cottage que aunque situado en el mismo centro de la ciudad (en el barrio más pijo, para más inri) parecía gozar de las sensacionales aportaciones de la diosa Naturaleza en forma de finquita con jardín y que por eso mismo contaba, hacia la mitad de la vereda, con un furioso pastor alemán que vigilaba acechante cuantas visitas se congregaran allí. El can estaba siempre atado pero aquella correa era lo suficientemente larga como para alcanzar casi hasta el extremo del muro que separaba la parcelita de terreno de la nada. Había que calcular muy bien las distancias y arrimarse cuanto fuese a la pared. Y aún así todo era cuestión de milimetros. Es curioso que amando yo de siempre a los perros me produjese verdaderos traumas el suyo. Pero aún lo es más que el susodicho en modo alguno apaciguara nunca su furia contra mí a pesar de las múltiples veces que hice acto de presencia por la villa de sus amos.
Ya dentro era de rigor jugar con su colección de clicks de Famobil, de la cual poseía todos los del stock y más. En su comportamiento Ortiz era parecido a mí: algo retraído, nervioso, rayano en lo neurótico y poseedor de un complejo mundo interior. Era más generoso que yo pero igual de malévolo. Teníamos un mismo sentido del humor... cada vez más negro, donde siempre reinaba la crueldad para con los demás. En esto ambos eramos incisivos y demoledores. Cuando al final se nos sumó a nuestras peripecias de niños (pero no tanto) el antes aludido Máximo formaríamos el perfecto trinomio de la falsedad y los dobles sentidos, de los dimes y diretes, de la difamación y el escarnio. Nos volvimos celosos de nosotros mismos, rivales de los números impares, como si aquel menage á trois tan sugerente lo único que motivara eran situaciones que acababan entorpeciendo el discurrir de lo que eran a nuestro juicio las más ejemplares uniones: las relaciones a dos. Y cada cual estaba dispuesto en su caso a hacer privilegiar su puesto de acompañante de Ortiz, se supone que el centro vinculante de todo. Fue entonces cuando la puñalada en la espalda y la ambiguedad sexual (típica de la adolescencia más fecunda) nos transformaron en verdaderas víboras a las que nadie del resto de la clase osaban acercarse, por temor a salir despellejados. Sin embargo transmitíamos la fascinación del riesgo, del pecado, del estar fuera del sistema. Unos cuantos se habían enterado de nuestros extraños juegos (solíamos apropiarnos de porciones de calle, de portales, de azoteas y garajes a la salida del colegio, inquiriendo a las viadantes y vecinas ancianas e incluso sorteando la iracundia de algún poli local ya familiarizado con nuestras algaradas en los parques) y pronto quisieron agruparse a nosotros. El caso es que lo hicieron pero sólo hasta cierto punto. Y es que nuestro horario gamberril era infinito quedando al final de la tarde juntos, los tres, retenidos en algún garaje público donde por costumbre acechábamos a las propietarias de los coches aparcados, meábamos en los neumáticos o nos encerrábamos en las cabinas de la luz.
No querría abordar tan pronto el tema del sadomasoquismo que gracias a Máximo brotó de una manera irremediable en mí, dado su carácter de abusón (era un crío de envergadura corporal). Lo que no pasaré tan pronto por alto es ese aspecto de ambiguedad sexual de Ortiz, que sobrevino ya a tempranas horas de nuestra relación. Existía un amiguito suyo de otro colegio, de cuyo nombre ya me he olvidado con el que compartí un par de tardes al menos. También era morenito y tenía cara de golfante. Su exhibicionismo físico era habitual y lo ejecutaba con una pasmosa naturalidad. La obscenidad que se mascullaba debajo de la mesa camilla de la habitación de mi compañero, donde el espacio reducido favorecía el contacto físico de las pieles (algo que ya sabía por haberlo yo mismo practicado con mi primín Alberto), buscando los primeros regustillos, era flagrante. En aquella ocasión me ví incapacitado por falta de lívido a entrar con ellos en la camilla de los toqueteos, tampoco lo hubiese admitido aquel extraño para mí pues yo era eso de igual modo para él. En otra ocasión encontré a ambos críos solazándose en un masaje de espaldas que me produjo el mismo reparo ñoño. Ortiz estaba tumbado boca abajo mientras el masajeador ejecutaba como bien sabía (y no dudo que permitiéndose licencias que no vienen en los códices fisioterapeutas). Yo me negué a mirar más de lo que ví y me limité a salir un ratillo al jardín para repasar la colección de canicas y bolas locas del reumático crío.
Pasado un tiempo y ya inmune a los encantos de mi amigo me sorprendería con un recibimiento similar (tumbado en la chaiselongue, sensual, fatal). Fue cuando comencé a sentir asco del bello efebo. La situación me lo ponía a huevo, no admitía dudas (de hecho cualquier putón redomado hubiese sucumbido a sus notables prendas). En cambio yo me abstuve de acceder a sus deseos mudos (su mirada era lo suficientemente elocuente) y opté por tratarlo de eso, de putón... y al otro se le cortó el rollo sin mayores problemas. Cuanto menos, los problemas a partir de aquel hecho nimio los crearía yo cuando me fui con el cuento de una seducción rayana en el acoso a Máximo, que dada su contención y proverbial prudencia para guardar secretillos de alcoba, al enterarse no es que hiciera pasar mi chisme directamente a oídos de Ortiz, sino que terminó averiguándolo toda la clase quedando el niño como una Mesalina de la Nueva Sodoma y servidor como un mariconazo peor, pues jamás debería haberme dignado en pisar su lupanar si tenía un mínimo sentido de la virilidad y de atracción por las tetas. Aunque este lupanar fuese de la marca Famobil.


continúa mañana

1 comentario:

Amputaciones dijo...

Eccolo!

Estaba claro que el señor Betanzos tenía que volver con fuerza.

Tal vez fue buena la idea de dejar la Finca Mongo en un breve barbecho. Los frutos salen ahora aún más lozanos -si es que algo así era posible-.