26 mayo 2007

INFANCIAS VERDES

Capítulo trigésimo cuarto

* DALLAS on my mind

Fue la pionera de las soap operas. El primer culebrón norteamericano puro y duro, con su conservadurismo eterno (más entonces en plena era Reagan con su denuncia hipócrita de los vicios del poderoso) en contraposición al tufillo tenuemente progresista de la era Kennedy cuando gozó de gran aceptación el best seller Peyton Place. Desde mi pequeña experiencia de niño en 1980-81 , parte de las características de base (ambición, poder, lujo y sexo) ya las había captado en previos Grandes Relatos (Capitanes y Reyes y, sobre todo, Hombre Rico, hombre pobre). Enredo estaría en otra dimensión.
En Estados Unidos esta fórmula de serialización tuvo un éxito descomunal. Algo que ni los productores pudieron preveer en un primer momento (es norma que para la temporada de arranque se filmasen un reducido número de episodios como tanteo). El impacto J.R. Ewing, un malo malísimo que encarnaba un mediocre actor (Larry Hagman) pero ya bien curtido dentro de la serie B como secundario competente, trascendió su maniquea personalidad a una suerte de institucionalización de la maldad mediática. Indudablemente aquel personaje se convirtió en el centro de la acción. Hasta el punto que el folletín sin él carecería de sentido.
Cuando Dallas llegó a España era 1978. Lo emitieron de estrangis por la segunda cadena los martes. A mi no se me escapó. Me pareció muy entretenido, pero al transcurrir sus trece episodios primeros, visto que poca gente se había enterado de su existencia, pararon su emisión. Dos años después Norteamerica se paralizaba con el capítulo del atentado a J.R. Ewing. TVE repuso la serie por la Primera, esta vez sí que tuvo altos índices de audiencia. Emitieron la segunda temporada. La Dallasmanía llenaba páginas y más páginas de las revistas de televisión. Compraba el Supertele y el Teleprograma para seguir las tramas, los avances... Me enganché. Pero por encima de una recauchutada Pam, un pánfilo Bobby, un sexy capataz Ray, una imponente cerdi Lucy (respuesta texana a la futura Alaska) o una hermosa alcoholica Sue Ellen yo a quien admiraba era a J.R. Sus maquiavelismos por el control de la Ewing Oil, sus secretos de alcoba en el rancho Southfork, su satánica mirada (tantas veces repetida que se volvió clisé) me ponían loco. Fue mi delirio pre Alexis Carrington ( y Joan Collins vive dios que me hizo borrar definitivamente al petrolero de sombrero alado de mis preferencias de manera súbita, por tantas razones...).
Recuerdo haber descubierto una tarde de 1980 un periodico en el que en su parte televisiva daban todo lujo de detalles de cómo habían vivido los norteamericanos la noche del pase del episodio del disparo a J.R. Estaba yo en el piso de unos familiares anodinos en La Coruña. Yo, por supuesto, venía arrastrando un comportamiento antisocial desde hacía meses (no sé como ni porqué surgió, pues mi entrevista al psicólogo del capítulo anterior la desperdicié en favor de mi regusto por la fantasía, lo único que sé es que me daba pavor visitar a nadie de mi familia: eran reuniones de múltiples gentes que no controlaba, que me importaban un carajo y que encima si no respondías a sus expectativas - comer a lo loco, hablar de vez en cuando, atender sonriente- me terminaban calificando de tontito) pero ese es otro tema que no viene al caso. Lo que sí viene es que aquel artículo jugoso en información (listado de todos y cada uno de los sospechosos que pudieron atentar contra la vida de mi ídolo) fue devorado por mí una y otra vez. Según lo acababa lo volvía a empezar. Como si quisiese aprendérmelo de memoria. Y más teniendo presente que el periodico posiblemente se iba a quedar en la casa de sus dueños. Me obsesioné y decidí pedírselo a los familiares (pescadores, trabajadores del muelle, vendedoras del mercado... era La terra trema en mi agonía de visitador).
Según avanzó la serie fui perdiéndole estima. Le ví el plumero. Aquello era un engañabobos: guiones ridículos, tramas reiterativas, alargadas como burda maniobra para retener a la audiencia... y finalmente el despiporre con personajes que morían y resucitaban inexplicablemente... También algo de culpa tuvo la irrupción de Dinastía (1982) en mi experiencia de televisivo, y, en mucha menor medida, Falcon Crest. En cualquier caso, los años ochenta a partir de Dallas fueron los de las series de intrigas familiares, de Los ricos también lloran... Marcó un antes y un después. A un pie del folletín de toda la vida, aquel con el que me crié de niñín cuando sintonizaba los seriales de la radio. Los que en parte me motivarían a escribir novelones. Y cuando el lujo, el sexo y el poder capitalista se dieron la mano con la Lorimar o la ABC entonces mis escrituras también se orientaron hacia ese filón. Pero, claro, de una manera que...

* Rancho del psicópata impune

Con Rancho empezé a cargar las tintas en todos los aspectos. Salí del armario. Esta nueva novela incrementaba las dosis del sexo y maldad. Con el patrón de los Ewing me inventé a unos personajes idénticos a los de la serie sólo que completamente exacervados y ridículos (o cuanto menos, ridículamente infantiles). Dialogos imposibles, acciones descabelladas, monguismo elevado al cubo...
El malo en vez de llamarse J.R. se llamaba T.J., con lo cual estaba claro de inmediato qué es lo que copiaba y, además, ponía en evidencia que en las nuevas iniciales seguía copiando (pues T.J. era el rubio de los Harrelson boys). El resto de personajes eran iguales a los de Dallas: estaba el Bobby al que bauticé Burl, la Pamela que aquí era Tracy, la Sue Ellen ahora Emily, Lucy como Corin, los viejos padres del clan: Samantha y Ian...
Esta mañana repasaba sus hojas (la mitad de un cuaderno gordote cuadrículado) y me partía el culo con todo aquello. La maldad enfermiza de T.J. era tan grotesca que en realidad quedaba un ente mega cabrón de dibujos animados chungos. Su única fijación era matar, matar y matar. Arrasar la naturaleza si en ella se situaba alguno de sus vecinos de novela y lo mejor de todo es que sus crímenes (que incluían a su padre y a su hijo) los llevaba a cabo eficazmente. Nadie le impedía aplicar su maldad. Ninguna ley. Ningún orden. Era una salvajada que podría en otras manos haber devenido en gore asfixiante, pero dada mi conducta mongoloide, a años vista, sólo produce hilaridad y sonrojo.
T.J. podía dejar a su paso un montón de cadáveres que aún balbuceaban en signo de confesión sus propias iniciales. Pero él no moría (salvo al final). Podían pegarle dos tiros, o tres que el era capaz de arrastrarse y apuñalar a otra víctima (siempre con parentescos, lazos sanguíneos). Y también follaba, mucho y mal. Más bien violaba, provocaba abortos, inoculaba pandemias de transmisión sexual.
Frases como: Se abrazaron por todas las partes de su cuerpo me despiertan mucha ternura. Homerotismos como: Steve se levantó de la cama. Emily contemplaba el cuerpo fuerte y desnudo del capataz. Le ojeó la espalda, las piernas, las nalgas, su pecho, el pene y los testículos. Steve se metió el calzoncillo, se abrochó su pantalón vaquero y se puso la camisa antes de irse. Luego quitó la sábana y admiró el cuerpo lleno de pasión de Emily, sus grandes y redondos pechos y su vagina exquisita... me azoran porque detrás de aquellas palabras escritas en un momento perdido de mi infancia a base de trazos nerviosos delatan erecciones esclarecedoras que explicarían gustos concretos y que levantaban mi lívido por entonces. Justo aquí en el regodeo descriptivo en la figura del capataz habría que presuponer un enganche erótico hacia el actor Steve Kanaly, el Ray Krebbs del culebrón texano.
Y ese epílogo. Dioss: Samantha murió al mes siguiente y todos fueron muy felices. Steve McKoy se casó con una texana y tuvieron otro hijo: Ralph Mackoy. Burl y Tracy tuvieron dos hijos más y Christine y Terry compraron un rancho en Texas y tuvieron un hijo al que le pusieron de nombre T.J. Valence. Y Burl fue presidente de los Estados Unidos. Todo pasó en el rancho de... (y venía mi firma aquí). Inenarrable y caótico.
Y paradójico que la otra mitad de la libreta fuera llenada con más sangre y carnicerías mil pero bajo otros pretextos bien distintos. Se titulaba Escalofrío. Era el terror según Betanzos. Pero de eso, del impacto que en mi tuvo este género tan respetable, de toda mi etapa luciferina que alcanzaría un corto pero escandaloso culto al demonio (gracias, además, al conocimiento del Fausto y el Dorian Grey, sobre todo) y que me volvieron un niño muy misterioso, cuando no, aterrador hablaré más adelante. Ahora volvamos a la tele.

* La gran ARRIBA, ABAJO


(parte del post dedicado a esta inmortal serie británica publicado en el blog un ya lejano 11 de octubre de 2005)

(...)
Todos los logros de esta producción británica se prolongaron a lo largo de sesenta y cinco episodios dando instantes de particular emoción en clave de melodrama clásico, sin por ello caer jamás en el folletín puro y duro. Y eso que en la serie sucedieron acontecimientos inverosímiles, propios del novelón rosa más desmadrado: hijos bastardos, crímenes pasionales, epidemias víricas, apariciones de remedos de Jack el destripador y múltiples suicidios, con la traca final del mayor James. Sin embargo, creo que fue en el tratamiento dado a todo el guirigay donde radicó el gran acierto de la serie: el recurso de la elipsis, la dosificación de los contenidos dramáticos, la mirada fría de los actores ante hechos extremos que en otras manos (pensemos en las de los frijolitos sudamericanos) hubieran derivado en la histeria y el despendole... Una cuestión de estilo.
En Arriba y abajo se encuentran resquicios de una tradición cultural british que reverdece. Hay algo de la fina ironía de un Sheridan o un Wilde, del lirismo romántico de campiña de los lake poets, de la cursilería gay de gentleman conservador de un Noel Coward, de la frivolidad de los musicales de Vivian Ellis, del efecto dramón de las películas de la Gainsborough, de la bohemia literaria del grupo Bloomsbury o de los osados lances de un Pinter/ Losey de los sixties. Por no hablar del detallismo del diseño nada más arrancar cada capítulo con los títulos de crédito, sacados de las ilustraciones de la mítica revista PUNCH. Todo aunado en un formato de novelón por entregas, sólo en apariencia destinado a satisfacer a una audiencia compuesta por cuarentonas (el mito de la middle aged woman) de clase media y mariquitas finas con ínfulas de damisela, apegadas a una nostalgia repleta de miladys adúlteras y caballeros en smoking y sombrero de copa. Y digo que sólo en apariencia, pues en la serie hubo también dura exposición de una realidad social como era la desigualdad de clases (en ciertas ocasiones el espíritu de las gentes de Dickens se tornaban un mero espíritu burlón). Se abordaron historias referentes a la situación obrera (ahora asunto tan privativo de izquierdosos tipo Loach) así como la evolución laboral en pos de una humanización del sistema doméstico, con su lenta adquisición de derechos, o los cambios políticos y, por ende, históricos de la Inglaterra eduardiana, heredera directa del sistema esclavista victoriano.
De niño desde luego que no me daba cuenta de todo esto, pero la seguía con ansia porque de siempre fui muy folletinero. Me encantaba el empaque de Lady Marjorie, siempre gran dama, lo bien que le sentaban las canas al mayor James Bellamy, el desparpajo e insolencia de la criada Sarah, la belleza de alocada flapper de Georgina, el rigor y severidad de aquel mayordomo de raza (inolvidable señor Hudson), el simpático y majete Edward, o el perturbador primer marido de la desaparecida Elizabeth, Ian Ogilvy en una de sus escapadas de la Amicus, aquí tan bello tenebroso...
Y sin saberlo fui quedándome atrapado por la magia del teatro filmado, televisado o en vivo. Un vicio del que no me libraré nunca. El teatro de la palabra, el teatro inglés. Luego vendría el mejor, vendría Shakespeare. Pero el aguijón me lo clavó la productora London Weekend con series como ésta.

continuará

1 comentario:

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