12 mayo 2007

INFANCIAS VERDES

Capítulo trigésimo tercero

* Doctor Freud, ¿estoy buena?


El otro gran acontecimiento del Sexto Curso fue la realización de un test psicológico. Venían unos señores de Santiago de Compostela con un montón de papeles que eran pruebas para el estudio de nuestras aptitudes mentales, de la personalidad so
ciométrica, de la adaptación del niño al grupo que sirvieron para que por lo menos durante un par de jornadas rompiésemos por completo la rutina de las asignaturas y nos centráramos en los inextricables dominios del señor Freud, con un punto de la máquina de la verdad. Tan pronto vimos aparecer el equipo de psicólogos nos pusimos como locos (nunca mejor dicho) para espanto del jefe de estudios que bien nos había avisado que aquello teníamos que tomarlo muy en serio, que nuestro colegio debía dar buen ejemplo de conducta y demás idioteces que no cumplimos en absoluto salvo en el instante que empezamos a meternos en tarea (y por descontado cuando a partir de la segunda jornada estábamos hasta los cojoncillos de tanto 1 X 2 y ABCDE). A mi todas aquellas preguntas me resultaban capciosas y muy enrevesadas, era como si entendiera de antemano qué tipo de información querían sacarme e intentar inmediatamente engañarlos con mis artimañas de adicto a las trampas del novelista aficionado. Pero fue imposible controlarlo, pues cada vez el tiempo era menor, se reducía el espacio reflexivo y terminaba agotado y muchas veces dejando casilleros sin contestar o haciéndolo al tun tún.
Inteligencia general, atenc
ión, memoria visual y auditiva, razonamiento abstracto eran como tareas aburridas típicas de la EGB. En cambio cuando se entró en terrenos que afectaban a los rasgos de la personalidad o de la integración social había que hilar muy fino y no jugar a ser lo que uno no era, pues de nuevo el factor tiempo podía delatarte ante cualquier perspicacia en forma de duda.
Fue en este último aspecto donde el test se tornó muy delicado. Una prueba consistía en dar los nombres de los compañeros que yo aceptaba y los que rechazaba. Nuestras miradas se transformaron en algo bien distinto: cada uno nos volvimos fiscales. Y los que más, se pusieron muy divertidos señalando con el dedo en signo de desaprovación. Yo no fui menos, pero sin payasadas: desde mi zorrería defenestraba a bastantes, no fueron tantos, ahí pequé de ingenuo. Al comprobar los resultados con el test en la mano me di cuenta que muchos de los que yo consideraba amigos me rechazaban en favor de a lo mejor otros gilipollas que en realidad no les hacían ni puto caso (pero que por alguna extraña razón de su psique estos mierdecillas querían verse aceptados por ellos tal vez porque eran más chapones, más astutos o más guapos).
El caso es que un mes d
espués de la prueba psicológica, los informes se nos fueron entregados. Quedé planchado al comprobar que de 37 niños sólo me aceptaban 10, 7 me rechazaban y 4 me tenían como lider (entre estos últimos no dudo que Hector, Mangana y Carlos fuesen mis fans supremos) . Pero ¿qué pasaba con el resto de la clase?. Les era indiferente. No existía. Era el alumno invisible.
Lo más paradójico de todo (aunque pensando en qué situación se llevó a cabo el asunto daríamos con el quiz de este absurdo) eran las múltiples contradicciones en las que caía mi informe. Por ejemplo en el apartado Sociabilidad /individualismo se me definía asi: Poco intensos s
on sus deseos de contactos sociales. Confina la vida a los límites de su propia persona y de unos pocos amigos. Es callado. Y en el siguiente apartado de Audacia / Reserva aparecía un: Posee alto nivel de audacia. Es bastante emprendedor y atrevido. Le gustan los juegos movidos y se comporta con poca prudencia.
En el apartado de Atención: Buena su capacidad de concentración. Pero en Seguridad / ansiedad se desdecía lo anterior en la frase: Le cuesta prestar atención por su nerviosismo. En aptitud numérica daba u
n alto grado de capacidad. Mientras que en el area de matemáticas poseía pocos conocimientos. A mi que me lo expliquen. Unicamente a nivel de lenguaje parecía guardar todo una lógica aplastante: Manejo del vocabulario, elevada capacidad para comprender una conversación... Es chocante que en memoria visual hubiese alcanzado un nivel muy pobre en las estadísticas (aptitud para recordar imágenes) viendo mi posterior obsesión por la cinefilia. Pero también es de entender. De tener que memorizar absurdos y aburridísimos paneles de colores y de figuras geométricas a hacerlo de una serie de actores de Hollywood había un abismo. Y yo no es que estuviera en la luna el día aquel, es que llevaba ya tiempo contemplando las estrellas en la montaña de la Paramount (en su pico, además).
Hubo dos apartados que todavía leidos hoy me llaman mucho la atención y que pienso que sí que reflejan mi forma de s
er en la infancia y que en tanto que característico de mi ser iría arrastrando con los años. Uno era Actitud personal de integración social: La actitud subjetiva con respecto al grupo de los alumnos de su clase es muy negativa. Tiende a apartarse del grupo. La otra aparecía en el rincón llamado Emocional: Se inquieta y preocupa con gran facilidad. Sus emociones le desbordan hasta no estar satisfecho. Ni contento consigo mismo. Creo que no son detalles negativos per se. El primero vendría a significar que Maciste era un niño original, alternativo, diferente. El segundo, se traduciría en algo mucho más interesante: Yo era apasionado, perfeccionista, infeliz al no verme como yo quería. Ambos aspectos, debidamente encauzados forjarían los orígenes de cualquier artista de leyenda. En eso estoy, todavía.
A modo de conclusión, aquella chapuza terminaba con esta valoración global: Maciste manifiesta una capacidad intelectual muy buena, con aspectos destacados, si bien ha de ejercitar su memoria y razonam
iento y sus conocimientos básicos, de cara a un buen rendimiento escolar.
En el ámbito de su personalidad, muestra pequeños conflictos que han de ser analizados en sus causas. Aconsejamos
entrevista.
Ahí quedó todo. Temporalmente. Mi padre vio como algo interesante aquella experiencia a la que fui sometido. La seriedad del mejor colegio de nuevo salía a relucir. Pero cuya trascendencia no sería superior a la que tenía un juicio del jefe de estudios desde la agenda académica. Y en última instancia, si el testólogo se pasaba en sus críticas negativas con su vástago, como buen padre que era sacaría los dientes y se envalentonaría contra quien lo subvaloró, pues nadie le iba a
venir de afuera a contarle como era su hijo... Que por desgracia ya le estaba fallando demasiado. Estaba claro que yo no era un hijo ideal, el que hubiera querido tener. El que compartiera con entusiasmo los partidos dominicales, la caña de pescar en el río aquel, el piropo retrechero ante una jaca televisiva... Ese no era yo. Y él lo sabía. No tenía remedio. Seguía igual que de pequeñito. Deseaba llegar a casa para encerrarme en mi mundo personal. Yo no vivía la realidad, yo imitaba la vida, sin conseguir nunca interpretarla. Para mi este mundo es simplemente la reproducción a gran escala de mis teatrillos de la niñez, de mis circos de plástico AIRGAM. Y en conseguir y conservar tantos detalles que otrora me hicieron feliz consiste mi futuro incierto. Siempre manteniendo un poso de amargura, de pesimismo por lo solo que me encuentre en el medio o al final de esa búsqueda. Tendré botones, mandos a distancia, interruptores y cables que reproducirán lo que amé en el pasado, pero mi gran sofá seguirá vacío, mi cama fría, mi corazón desasistido.

Y cuando ya mis padres y yo, niños y maestros nos habíamos olvidado de aquel test una
inesperada mañana de marzo un psicólogo pasó por las aulas pidiendo entrevistar a los alumnos más conflictivos de cada zona. Pues bien, de la mía me tocó a mí. ¿Cómo me lo tomé?. Con nerviosismo pero también con gran arrojo al darme cuenta que yendo a charlar con Doctor Freud me libraría de la terrible sesión de Gimnasia. Para ello debería explayarme durante una hora con el sujeto aquel, que no conocía de nada y que seguro me iba a preguntar cositas muy privadas que ni a Mangana me atreví nunca a confesar.
La entrevista se desarrolló en un aula vacía, sin divanes en forma de labios de Mae West diseñados por Dalí ni música de Nyman. No recuerdo el rostro de mi interlocutor, tal vez no lo llegué a asimilar del todo pues entré en la atmósfera íntima aquella con la misma sensación de quien va a un confesionario.Y yo a los confesionarios iba siempre aterrado, pues conocía lo que era el pecado y, de estos, tenía todos los de mi edad (y alguno más). En cambio si ante un cura gordinflón yo sabía dar gato por liebre, llevando el listado aprendido de memoria, la pillería de pitoniso de un psicólogo seguro que me cogería en albis.
El loquero no era excesivamente preguntón. Tení
a un tacto especial. Sin embargo mis respuestas eran tan cortantes y monosilábicas al principio que esto le obligaba a repetírmelas una y otra vez (no por que le interesara una respuesta concreta, sino porque no tenía tanto misterio mi vida, digo yo, como para aplicarme un repertorio pedroruizesco). El caso es que miré el reloj y viendo que aquello iba a acabar a los quince minutos de haber empezado, con lo cual tendría que regresar al gimnasio (¡ y no quería en absoluto regresar !) decidi inventarme a mi mismo a través del retrato de James Dean en una fusión de Al Este del Edén y Rebelde sin causa, con tics strasbergianos incluidos (mi madre sería Jo Van Fleet y mi padre el calzonazos de Rebelde con las obcecaciones violentas de Raymond Massey, hombre que siempre me inspiró pavor). El psicólogo, en su sagacidad diplomada, captó una problemática familiar muy gorda en mi casa gracias a un oportuno balbuceo. Por lo tanto yo tiré del argumento- fusión de ambas películas y me vi rebeldito con unos deseos edípicos de cojones que no me dejaban llevar una infancia normal (ni hacer deberes ni deporte podía). Tuve la suficiente caradura de dejarle caer al receptor que yo estaba perdidamente enamorado de mi madre y que odiaba a muerte a mi padre, que una vez al vernos juntos y acaramelados me dio una brutal bofetada para acto seguido yo agarrarlo de la solapa e intentar lanzarlo escaleras abajo -porque en mi casa había escaleras de residencia Stark (antes de soltar esto último recuerdo que hice una gran pausa marlonbrandesca que incluyó un entornar de ojos cual si estuviera metido en una gruta conradiana). Lo curioso, es que ante tanta ignominia y disparate mi espectador no despegaba ni una leve sonrisa de sus labios. El tenía mi test en las manos, sus ojos en los míos, comparaba y todo le cuadraba. Juraría que deseaba ponerme la cinta de honor de gran cobaya. Para rematar la faena, un numerito de lloriqueo era obligado, y entré a saco. Mis ojos se volvieron acuosos, el sudor que empapaba mis garritas hizo que resbalara la mochila de deportes cayendo al suelo. Finalmente sollozé desconsolado. El psicólogo me dio dos palmadas en el cogote, pidió que me tranquilizara. Y para despedirnos, me soltó severo que era aconsejable que pasara por su consulta acompañado de mis padres. Me dio una tarjeta y nos despedimos. Para acabar le dije que no le prometía nada, pues los que me dieron el ser estaban en trámites de divorcio (Ley Suarez).
Habían pasado tres cuartos de hora. Los suficientes como para haberme librado de pegarme un croque contra un plinton o espatarrarme de mala manera sobre un potro loco. Había perdido un poquito de mi dignidad pero concluí que había merecido la pena.
Todo siguió como hasta entonces. Incluso mejor. Pues tras unos meses de inactividad novelera me embarcaba entusiasmado en un nuevo proyecto llamado Rancho, otra saga de hijos de puta, la saga de las sagas. Un Dallas al cuadrado. La de dios es Texas.

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