20 mayo 2007

GRAN SEMANA DE LA LIQUIDACION EN VIDEOCLUB MONGO

7. Restos finales, cintas en mal estado, sin carátula... (II)

Sins of t
he fleshapoids (1965. Mike Kuchar)
Lo prometido es deuda. Aquí está el explosivo hermano gemelo de George edificando a partir de un nulo presupuesto una fantasía estrambótica. Estilísticamente se inspira en la Orientalia, el peplum y la ciencia ficción. Rodada en un apartamento del Bronx con amigos y el otro Kuchar, la trama en sí carece de lógica. Supervivientes a una guerra nuclear toman como siervos a unos robots llamados los Fleshapoids. Romance e intriga en la corte de los príncipes degeneran en crímenes pasionales y amores antinatura entre androides y humanos. De la unión de ambas especies surgirá una criatura que no es más que un encantador mini robot de época.
El mediometraje permanece como un vivo ejemplo del momento y circunstancias en las que se realizó, englobándose en un underground en sus estadios menos intelectuales (o resabiados). Camp al límite. Interpretaciones hilarantes, vestuario de mardigrass (de un escueto slip ligeramente péplico el galán puede pasar a vestirse de jugador de beisbol para emprender una huida forzada con la moruna princesa), referencias al pop art, música extraña (a algún crítico loco le pareció similar la música de arranque con el tema principal del posterior Alien: sea o no razonable esta afirmación, el filme de Ridley Scott no habría que tomarlo nunca como un original pues ya sabemos que el guión estaba abiertamente inspirado, por no decir plagiado, del Terror nello spazio de Mario Bava - también de 1965), aparición de bocadillos comiqueros, quizá aquí más de fotonovela, que reproducen los dialogos de los actores (pues la cinta es muda), efectos especiales de pacotilla (bengalas de feria para la apoteosis)... Y, sobre todo, ese parto de la secuencia final, descacharrante hasta decir basta. No dudamos de que este era el cine, hecho por coetános, que le gustaba ver a un juvenil John Waters.

Necromania (1971. Ed Wood)
El peor director de la historia del cine mezclando terror con pornografía. El resultado, por ambas partes, es preferible a sus anteriores trabajos, los que le convirtieron en una paradójica leyenda. La película permaneció durante quince años perdida en sótanos. Finalmente sus más empecinados buscadores la encontraron. Venía firmada bajo el seudónimo de Don Miller. En cuanto al reparto, no se especificaba: lo protagonizaban anónimos, en aviso del propio Ed Wood como chocante maniobra publicitaria de que lo que íbamos a ver era un material demasiado comprometedor para los que intervinieron en él como para que se identificasen. De risa. No hubo demasiado problema para descubrir a sus principales protagonistas: tanto Maria Aronof como Rene Bond o el maromo Ric Lutze se eternizaron durante los años setenta en el hardcore norteamericano, siendo unos rostros, unos genitales muy conocidos.
Un joven con problemas erectiles a la hora de consumar el acto marital va a visitar a la necromántica Madame Heles (Maria Aronof) en compañía de su señora. A través de un ritual con un craneo la maga intentará arreglar este y otros entuertos con otras muchachas que van apareciendo en escena y que alcanzan al final calidad de graduadas en el amor. En la parte final irrumpe una muerta rediviva de un ataud, féretro que repetidamente hemos estado viendo en otras partes del metraje, tal vez como justificación de que esto se trata de un filme de sustos. Esta es una muchacha rubia y tetuda que protagonizará el numerito necrofílico de rigor cuando el machito es obligado a follarla. Pero vive dios que estamos ante una muerta demasiado despierta para la ocasión (por lo menos la menda afirma feliz que ha vuelto con la única intención de "vivir para el sexo").
Lo más interesante de la película es esa atmósfera sexual tan de los años setenta, y de revistas porno de nuestra niñez (con tipas muy maquilladas, con pelucones y los coñetes con melena y los tíos patillosos, nada gimnásticos y de potente pelambrera). Madame Heles parece una reminiscencia de la otrora inseparable del director Maila Nurmi (Vampira), sólo que en clave porno (hiper tetuda y alucinante, pero algo retaca). Incluso se permite el lujo de imitar al venerable Norman Bates cuando en su casa de huéspedes se pone a espiar las progresiones amatorias de sus clientes por los agujeros de la pared que permanecen ocultos tras el dibujo de un antifaz. El sempiterno lesbianismo para hombres no faltará a su cita por partida doble.
En definitiva, cien mil veces preferible a otros títulos más afamados (pero aburridísimos) de su penoso director.

Disco Godfather
(1979. J. Robert Wagoner)
Las postrimerías de la blaxploitation tenían que ser un conglomerado de estilos que pudieran satisfacer a públicos que exigían más y mejor por el mismo precio. La fórmula de J. Robert Wagoner fue la de picotear de aquí y de allá quedando como resultado un subproducto llamativo en su cáscara y pasablemente entretenido por dentro. Disco music entendida como religión para negratas con un oficiante de lujo: el actor Rudy Ray Moore, una especie de predicador de discoteca que a través de sus bailes y turnabilismos en los platos consiguen hacer bailar a la parroquia hasta en patines. El vestuario de este padrino es en todo punto inefable, diseñado en exclusiva por Jimmy Lynch, que aquí también se reserva un papel importante en la trama. Trama que incluye negocios sucios de bandas que andan en la droga y para las cuales es preciso neutralizar mediante llaves de judo. Así pues, ya no sólo los chinos son propietarios del subgénero de artes marciales, los negros también dan buenos placajes. Con todo, frente a la violencia coreográfica, se sitúan los momentos discoteque como lo mejorcito de una peli del montón que cerraba (hasta más vista) todo una considerable boga de cine protagonizado por y para esta etnia simpar.



Devil Girl From Mars (1954. David MacDonald)
Lo más excitante de esta, que es una de las miles de cintas de invasión extraterrestre surgidas en los años cincuenta, es el personaje de la marciana Nyah (Patricia Laffan) con su atuendo de cuero negro y que incluye capa del mismo material. Parece una dominatrix de impecable frialdad (y nunca este término - el de dominatrix- andaría tan bien encaminado, en tanto que su misión es la de llevarse con ella al macho terrícola mejor dotado para procrear).
Lo más acertado es el diseño de la nave espacial y de sus interiores: sobrios, elementales pero muy efectivos.
Lo más entrañable es el robusto robot blanco que la acompaña, de un candor en el look increible, amén de los movimientos con los que se maneja por la Tierra, como de juguete infantil de posguerra.
Lo más original, es que sea una película con un sabor muy british (se filmó en los highlands escoceses). Así viendo a esa pequeña comunidad de aldeanos parece que revivamos algo de la comedia Ealing que tanta pujanza estaba teniendo en aquellos años cincuenta. Su tono dramático, a su vez, sugeriría que en cualquier momento podía aparecer bajando de una colina la mismísima señora Miniver con miriñaque, pamela y un librito de las hermanas Bronté en la mano, para acto seguido ser fulminada por los poderes extrasensoriales de la marciana lúbrica.


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