14 mayo 2007

GRAN SEMANA DE LA LIQUIDACION EN VIDEOCLUB MONGO

1. RAY DENNIS STECKLER
(1939-)


No existen demasiados datos biográficos de este director tan peculiar. Esta interrogante es directamente proporcional al hecho de que haya firmado sus filmes con cantidad de seudónimos, lo que hace también ya de por si complicado aprehender toda su obra. Esta es, siempre lo fue, muy apreciada por los psicotrónicos mundiales. Méritos no le faltan: paupérrimos medios económicos, apego a la cultura rock, erotómano sui generis, amante del fantástico... En esa mezcolanza de géneros y filias dio muestras de genialidad involuntaria que en no pocas ocasiones harían reflexionar al cinéfilo, digamos, más exigente, en torno a si detrás de aquel celuloide infecto y como para retrasados mentales no se hallaría un artesano con verdadero talento. Si este talento era algo instintivo, sin pasar por la licuadora de su intelecto, es algo que de igual manera yo por lo menos desconozco. Pero al acercarme a sus artefactos estos me parecen más atractivos gracias a esa ambiguedad estética. Tambien es posible que el propio Steckler se sintiera absorbido por las imágenes de otros realizadores más inquietos de su generación y que causaban revuelo en el campo de lo independiente y que este luego habría plagiado los tics de aquellos con descaro o de chiripa. Sea como fuere, sus maneras también inspirarían en lo sucesivo a otros grandes transgresores como el primer John Waters, por ejemplo.
Era originario de Pennsylvania. Tras servir en la Marina a finales de los cincuenta, se instala en Los Angeles, trabajando en el campo de la cinematografía. Su primera película fue Wild Guitar (1.959). Cerraba esa década. Los años sesenta fueron los más interesantes. Firmó varios títulos de culto. Carne de drive in's. Incluso tuvo tiempo de ponerle imágenes a los Jefferson Airplaine y su conejito blanco, contribución más o menos ortodoxa a la psicodelia que él ya había probado en numerosos fotogramas de manera tan irreverente como involuntaria.
A partir de los años setenta se decantó por la pornografía (la edad de oro, sin duda del género) y por el negocio de las productoras de video (Mascot Video, en Las Vegas), verdadero filón para saciar su apetito por las féminas del music hall y las strippers de cabaret de esa ciudad.
Sven Christian, Harry Nixon, Michael J Rogers, incluso Cindy Lou Steckler fueron algunos de sus múltiples seudónimos durante su caótica última etapa.
Como es común en este tipo de realizadores se supo rodear de un equipo de colaboradores fijos que, empezando por los repartos, siempre estuvieron a su lado dando un look muy familiar a sus historias inverosímiles y alucinadas. Destacar la presencia en muchas de su musa y a la vez esposa, Carolyn Brandt, guapa morena de belleza muy acorde con los primeros años sesenta, así como unos cuantos cantantes pop de tercera fila con los que pudo llevar a cabo sus numerosos musicales híbridos y estrafalarios, en los que cabría destacar la presencia del cult singer Arch Hall, Jr., protagonista exclusivo de su ópera prima, la ya mentada Wild Guitar.


Wild guitar (1959)
No dispongo de toda la filmografía en video de este maestro, pero por fortuna en el lote te esperan tres de sus mejores títulos de los años sesenta.
Esta primera es una historia prototípica del momento. También se entendería como parodia del cine con ídolo del rock (Elvis, Cliff Richard, Billy Furey...). Queda para mí en la incógnita de si Steckler estaba convencido de que la materia prima con la que contaba (cuatro perras y Arch Hall jr) era suficiente para alumbrar a una nueva estrella del espectáculo. Pero es que el tal Arch tenía una apariencia tan ridícula y casposa (ese rubio platino que anuncia a Heinz), era un cantante tan cutre e impersonal que al final tiendo a pensar que se trate de cine de humor sin más. Cosa rara, pues el productor era el propio padre de Arch, convencido de que su hijo era una joyaza, dispuesto siempre a lanzarlo en sus producciones Z de manera machacona. Luego se quejaban que Elvis era nefasto como actor y que sus películas eran mediocres. Vean Wild Guitar y no saldrán de su asombro. Como musical no es superior a las gitanerias modernas de Maleni Castro en España, sólo que las querencias del director por la subcultura , las encueratrices, el ambiente discográfico de las paupérrimas compañías musicales lo hacen algo más interesante que ver a la ye yé española sobre una mula cantando histérica twists aflamencados.

The incredibly strange creatures who stopped living and became mixed-up zombies!!?? (1964
)
La segunda del lote. No digais que no lo encontrais en la caja porque tiene que estar. Y sino, siento mucho que os perdais esta gran obra maestra del desatino. Feerie de los tontos, grand guignol para acémilas, retarded circus para aficionados a lo raro.
Un cuento de brujas, de pitonisas que transforman a hombres en zombies en el marco incomparable de una carpa de carnaval. Tambien se definió como un musical de terror, pero lástima que como musical no valga un pimiento y que como terror carezca de una mínima solidez. Y, en cambio, hay algo apasionante en la película que nos atrapa desde un principio. Quiza sea el ansia de ver zombies (cosa que no sucede hasta el final) y que Steckler antes nos regale una de las secuencias más increibles de su cine y el de los años sesenta, en general: el momento onírico del protagonista. Yuxtaposición de imágenes que quieren ser macabras (y a veces lo son), que vacilan constantemente entre la ridiculez y la poesía automática, de un cromatismo luciferino y que en su ritmo, textura y concepción general nos retrotraen al mejor Kenneth Anger. Es como si Steckler se hubiera pegado un chute de Lucifer rising, de Curtis Harrington e, incluso, de Las Zapatillas Rojas de Powell-Pressburger (ya puestos a delirar) y nos sirviera la mezcolanza de una manera bruta pero en bandeja.
En cuanto a los zombies, mejor no hablar. Di tu que Romero aún no había impartido cátedra. Pero entre la miseria del vestuario y caretas y sus movimientos de animalines domésticos no había por donde cogerlos (antes que a Romero, inspirarían el Cats de Lloyd Webber).

Rat Pfink and Boo Boo (1966)
Y la última que os puedo regalar. Una maravilla Z de cabo a rabo. A veces parece una peli para adultos, otras parece lo contrario: de horario infantil. Y, tal vez, en esto hallemos significados sociológicos o psicologistas de la personalidad del veinteañero medio americano (máximo consumidor de este cine para ver en coches), en el fondo niños grandes. Tiene algo de sexploitation, de musical, de cine de super heroes, de surf movie... Las estrellonas son una burdísima parodia del Batman y Robin televisivos. Rat Pfink y Boo en su vida normal son un cantante de pop y su jardinero (o algo parecido) y solucionan entuertos como los murciélagos aquellos a golpe de mamporro y llave de judo. Lástima que su batmovil sea un simple sidecar (o ahí te pudras, que diría mi madre) y que su vestuario carezca de un mínimo atractivo que los haga mitificables (verduguito semi etarra para Rat Pfink, otro pero con cuernitos u orejas para Boo Boo).
¿De qué va su misión?. Maníacos sexuales que andan sueltos por las calles de Los Angeles atacando a mozas de buen ver (mozas casi vestidas de starlettes). Importa aqui un sentido de erotismo refinado, en tanto que aporta atrezzos del sadomasoquismo y los fetiches (gays y heteros) con total impunidad. La parte de los superheroes es la más hilarante, por lo tanto lo que empezaba truculento remata saliéndose de madre y acabando en celebración de la victoria en la playa con el numerito surf de rigor. En lo musical, incluye uno de los momentos más inenarrables de la historia de tan noble género, al insertarse una canción en la trama en el momento más inapropiado que jamás haya visto antes (no sé si posteriormente los Monty Phyton lo hicieron mejor o peor, pero lo que sé es que la balada que se marca Rat Pfink por la jeta en su bungalow me dejó completamente descompuesto).

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