24 mayo 2007

FANTASMAS DE MEDIANOCHE

Hoy... BORIS KARLOFF (1887 - 1969)

" Si te asusta el mayordomo con su aire de Boris Karloff,

por tí lo despediré, mi amor"
Coplas de iconoclasta enamorado. VAINICA DOBLE

Hace unas semanas viendo una viejísima película de Gloria Swanson llamada Tonight or never (1931)- en la que la diva del mudo ya hablaba por los codos y hacía de primadonna como bien pudo haber hecho de reina en el exilio- me acordé de esta parte en concreto de la canción heliotrópica. Fue en el preciso momento en que hacía acto de presencia Boris Karloff vestido de camarero de la dama. Era tal su elegancia y protocolo que aunque su labor se limitaba a la de servir ostras y champán no sería descabellado verle acaparando el resto de tareas de un mayordomo... un mayordomo que, vive dios, asustaba también. Y más asustó a los espectadores de esta trasnochada opereta filmada de la Swanson pues era el mismo año del Frankenstein de los que tienen que servir, el año en que el cine de terror inauguró su segunda edad de oro.

Boris & Bela

Karloff como el monstruo de la Shelley (una criatura de bastardía evidente, como también lo era el otro mito del género: el Dracula de Lugosi, al que jamás Stocker se imaginó de esa guisa), pues Karloff con sus tornillitos, su polvoriento traje de muerto, con su maquillaje genial, con sus andares de herido o de amenaza, con sus movimientos de manos, no sabemos si pidiendo súplica o buscando estrangular, con sus ojos, principalmente con sus ojos pasaría igual, lleno o vacío de fidelidades al texto original, al imaginario popular del siglo XX. Y aún más, Karloff demostraba haberse convertido en el digno sucesor de Lon Chaney en el arte de las caracterizaciones tétricas, en el mago capaz de a través de una máscara, amoldarse a todos y cada uno de los personajes anómalos (unos más geniales que otros, claro) que le tocaron en suerte. El húngaro Lugosi en comparación era un ridículo y un fantoche. Su ego lo apoyaba sobre todo en un pasado teatrero a base de engrosar repartos en piezas de Ibsen, Shakespeare, Shaw o Wilde. Se olvidaba don Bela que pocas buenas críticas recibió en su país, todos los que lo vieron en su momento constatan que era un actor mediocre. Con su evolución, su encasillamiento lo hundió más si cabe en una megalomanía claustrofóbica que al enfrentarse a la amplitud de registros de su habitual contendiente Karloff lo hacían más penoso, si cabe. En la vida real existió rivalidad entre Lugosi y Karloff, ya desde el comienzo parecía que sus carreras iban a tener que toparse cada dos por tres (fue el Draculín el que en un principio debería hacer de Prometeo, pero este se negó al desagradarle enormemente la apariencia que le iba a dar el maquillador Jack P. Pierce a su rostro), lo cual no fue óbice para que Bela sustituyese al contrincante en su decadencia en filmes de los años cuarenta.

Sus grandes monstruos
El gran logro de Frankenstein (1931) lo estableció su director, un refinado inglés (como Boris) de nombre James Whale. Un esteta frívolo que se sentía más a gusto en el terreno de las comedias elegantes o en el musical almibarado, pero que al aceptar dirigir terror (y fueron cuatro los títulos) no sólo demostró tener mucha solvencia, sino que aportó al género una poética hasta entonces inusitada, apoyándose para ello en las nuevas posibilidades que aportaba el cine sonoro. El prólogo en el cementerio, la épica wagneriana en el proceso de creación del monstruo, la sabia utilización del montaje paralelo en ocasiones concretas, toda la parte final en la desolada zona de los molinos... Quedó un clásico para los restos. Y con una gran continuación posible: La novia de Frankenstein (1935).
Entre los innumerables primores de los que cuenta esta sinfonía visual no lo es menos el descubrir la prodigiosa voz de Karloff (siempre y cuando se vea en versión original), aquella que ya había eclosionado en arte total en su Momia (o mejor dicho, en su sacerdote Im-Ho-Tep). Pero volviendo a La Novia, ésta supera el original aún manteniendo equidistancias argumentales: así es también memorable el prólogo donde la propia autora Shelley justifica durante una noche de tormenta el burdo sistema de prorrogar un éxito hollywoodiense en perjuicio de la verosimilitud de una obra literaria incólume. Y luego, la mezcolanza de estilos tonales revierten en un todo milagrosamente bien encajado: así hay terror, humor, lobreguez, ternura y romanticismo en un instante del cine que pocas veces, en lo sucesivo, se volvería a repetir (y menos si de segundas partes se tratan).
Las secuelas frankesteinianas con el tiempo degenerarían en vulgarizaciones entre lo chabacano y lo infecto. De entre lo más pintoresco figuraría la feminización del mito en la Hammer o la incorporación de atletas o bodybuilders directamente sacados de las revistas dedicadas al male art como I was a teenage Frankenstein (1957) con Gary Conway o aquel Jesse James meets Frankenstein (1965) con el hercúleo Carl Bolder. Huelga decir que no sólo ambos no le llegaban al talón mítico del original en sus interpretaciones (si las hubo, que cuento que no), es que sus físicos tampoco respondían al tan original prototipo que Karloff creó: el físico frankensteiniano (bigger than life, de caja torácica similar a un armario antiguo).
En La Momia (1932. Karl Freund) tenemos al actor en el cénit de sus posibilidades. Mirada escrutadora, movimientos pétreos, voz resonante... Todo al servicio de una historia preciosa, poética al máximo y que fue llevada por este director de fotografía, aquí en su primera incursión como director total, con una sobriedad y sentido de la sugerencia hoy perdidos para siempre. El guión aportaba también una variante curiosa al transplantar el Dracula de Browning a otra civilización más antigua, siendo la iconografía cristiana del otro sustituida por la egipcia.
Y la última de las interpretaciones totémicas de Karloff de ese primer período, y de mis favoritas, fue la del chino malo por antonomasia, el pérfido Fuman-Chú en La máscara de Fu-Manchu (1.932. Charles Brabin). Como el sádico doctor dispuesto pese a quien pese a apoderarse de la espada de Gengis Khan para así poder hacerse dueño de Asia estuvo increible. Ha sido el mejor Fuman-chú (no en vano fue además ésta la mejor adaptación de la novela de Sax Rohmer). Hay un ritmo endiablado, de esos que dejan sin aliento y que no he vuelto yo a ver ni siquiera en el cinepastiche de estos últimos años y toda su cabalgata de excesos (ese que por norma confunde trepidación con embarullamiento). Ni siquiera la segunda de Indiana Jones, que bebe tanto de esta década. Comparemos la atmósfera de onirismo exotista de la vieja cinta de Karloff con la anfetamina para teenagers de Spielberg. No hay color. Además la aportación extra de inesperados toques sadísticos femeninos, en el personaje de la hija del doctor, interpretada aquí por una entonces habitual chinita de nombre Mirna Loy animan mucho el cotarro (me refiero a la secuencia de la tortura del bello heroe Charles Starrett a pecho descubierto y atado de pies y manos en una mesa, por parte de la libidinosa vástaga).

La larga decadencia

Volviendo al dúo Karloff-Lugosi, ambos coincidirían en siete filmes entre 1934 y 1945. El primero de ellos fue The black cat y el último The body snatcher. Entre medias estarían The raven, (1935), The invisible ray (1936) o Black Friday (1940).
La máscara del gran Boris no siempre hizo falta que la tuviese puesta (ni su careta material ni la psicológica) como cuando fue prisionero en la colonialista The lost patrol (1934) o cuando le tocó ser guillotinado en Devil's island (1939). Sí que repitió chinitudes en su personaje de Mr. Wong, para la Monogram en clave detectivesca (preludiaba el inminente cine negro pero enfocado más hacia la moda del serial).
Si la decadencia del género era palpable a principios de los años cuarenta, poco le quedaba al bueno de Karloff que eternizar su agonía durante tres décadas más. Quizá el único producto minimamente digno de ese largo período lo suponga su aportación paródica al servicio de las gracias desmitificadoras de unos Abbot y Costello cuando ambos cómicos se encontraron al Doctor Jeckyll y su colega Hyde. Esto fue en 1953. Aquel duo tan americanote eran príncipes de los ingenios si los comparamos con las gracietas ruborosas de la Funnicello y sus secuaces en, al menos, tres películas surferas de los años pop. En el ínterin de unos y otras la salud del actor se fue estropeando, quedando postrado en una silla de ruedas, lo que no le impediría seguir trabajando a destajo no sólo en Estados Unidos sino en otros países afectos al género del terror como era Mexico y, en menor medida, España. Esa pintoresca experiencia viajera no supuso nada más que la comprobación que lejanos quedaban los tiempos dorados de la Universal. Ni siquiera esas cormanianas apariciones al lado de un juvenil Jack Nicholson (The Terror, 1963) anestesiaron el dolor del cinéfilo nostálgico ante la agonía final del moderno Prometeo: estaba siendo lenta y bochornosa para todos.
Por fortuna un nuevo valor de la dirección cinematográfica, Peter Bogdanovich, le rindió el mejor homenaje posible al que podía aspirar: se llamaba Targets, o El Héroe anda suelto (1968) como se la conoció en nuestro país. Enfrentaba dos tipos de terror: por un lado, el viejo de los monstruos de la Universal, Karloff, que aquí interpretaba a un actor veterano de películas de miedo,decidido a retirarse del cine por los cambios que estaban obrando en el medio (los que anteponían los efectos especiales a la imaginación y la sugerencia: premonitorio, por cierto) y el nuevo, personificado en un psicópata juvenil que va asesinando transeúntes a golpe de arma de fuego (Tom O'Kelly). Al final ganaba nuestro fantasma, como no podía ser de otra manera, tratándose de una irrealidad hermosa.
Aquellos cambios Karloff no los llegaría a ver pues moría un año después, víctima de un enfisema pulmonar. Con él, una parte fundamental de nuestra futura historia Fantasmas de medianoche se iba también para siempre. Y mucha de esa materia oscura pero bella (como un cuento de Lovecraft) de la que se alimentarían nuestras pesadillas favoritas.

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