28 mayo 2007

DIRIGIDO POR... FA
Benjamin Christensen y Seven Footprints of Satan (1929):
El anómalo encanto de las casas encantadas

En Dirigido por... fa hablamos en más de una ocasión del poderío danés, de su importancia fundamental en la historia del cine mudo durante un corto pero fructífero período. Hablamos de Dreyer y de Asta Nielsen, pero también habría que hacer mención al director August Blom a quien estuve a punto de dedicarle el post de hoy dado que acabo de ver su Atlantis (1913), inspirada en el hundimiento del Titanic y filme de gran elegancia y complejidad psicológica. Pero me decidí al final por Benjamin Christensen porque aparte de excelente director era una personalidad enigmática. Instauró el terror en la gran pantalla cuando ni siquiera aún se había bautizado así el género y porque fue un gran esteta que al pasar a Alemania pero, sobre todo en Norteamerica rivalizó con los maestros de la belleza como Rex Ingram, por ejemplo, sin por ello tener nunca que renunciar a sus exigencias estilísticas (por lo menos hasta la irrupción del sonoro). Christensen fue partícipe del surgimiento de la segunda productora potente de su país (en rivalidad con la Nordisk) : la Dansk Biograf Kimpagni, en donde también partía el bacalao el mítico actor Valdemar Psilander (el primer ídolo de la pantalla según el especialista en este período Angel Zúñiga). Labores empresariales aparte, el regusto por la truculencia, a veces mezclada con lo sentimental o la comedia, y en el caso de su obra maestra Haxan (1922) con las teorías científicas le granjearon una fama de original y exigente. Y para quienes no lo veían con agrado, de individuo nocivo y amoral.
Haxan se sigue manteniendo incólume en su prestigio, favorecido además por las excelentes reediciones. Es un semi documental que va pasando revista a la brujeria a través de los tiempos, siendo especialmente memorables las partes que atañen a las posesiones diabólicas en la Edad Media o los procesos eclesiásticos de la Inquisición, en tanto que denotan un interés superior en un medio de entretenimiento como era el cinematógrafo por dar un toque de seriedad y rigor a dichos asuntos. Ciencia y pictoricismo se unen de la mano dando secuencias irreverentes como la de las poseídas besando el culo de Satán o las terribles cazas de brujas en planos enmarcables con la mejor pintura de un Vermeer, un Cranach o el Bosco (en 1.968 el filme se reestrenó en Estados Unidos con comentarios de William Burroughs).
Este regusto por el legado cultural de los pintores clásicos nunca le abandonará, amén de incorporar las nuevas técnicas que triunfaban en Alemania en los años veinte, cuando el horror fue parte vital de la escuela expresionista. Tal vez Christensen no fuese tan exquisito como Paul Leni para los diseños de decorados, o tan virtuoso de los efectos de cámara como Roland West, pero sí que era maestro en el encuadre, composición y puesta en escena. Por ello que para mí fuera un dolor (pero de igual forma un dolor cargado de emoción) el descubrir una copia destartalada de su perdido Seven Footprints of Satan, su quinta película en Hollywood, al parecer dificilísima de encontrar en parte alguna y con didascalias en italiano y una calidad de imágen vergonzosa. Y, sin embargo, qué autentica maravilla es esta obra. Cuán lograda está su atmósfera de misterio y terror. Climax que no da tregua a lo largo de sus 77 minutos. Es la casa encantada de los cuentos la que cobra vida y la que Christensen llena de seres monstruosos y deformes, de locos y satanistas, de caballeros y flappers semidesnudas...
El heroe es más bien antiheroe, tiene pinta de cómico de la época. Le encantan las aventuras exóticas y piensa partir en breve con su colección de armas de defensa al Africa profunda. De pronto recibirá la visita de una jóven que le pide que la acompañe a una fiesta donde se ha de citar con un extraño personaje que la ha convocado por carta y del que no está segura si es verdadera su identidad. El explorador acepta, sobre todo por ser ella la malograda (y bellísima) Thelma Todd, actriz que desapareció muy jóven en circunstancias trágicas.
Dentro de la casa todo resulta anómalo y pavoroso. Un enano surge de un escondrijo secreto para alertarles que se vayan. Pero en seguida les recibe la amante de Satán (una fascinante Laska Winters con ligero aroma orientalista: es de entender, eran los años de los pérfidos chinos y la amenaza amarilla). A partir de ahí será imposible que abandonen el lugar.
Fiestas de disfraces, pasadizos secretos, ceremonias orgiásticas y la prueba final donde Satán hace irrupción para retar al protagonista. Las sombras invaden a menudo la pantalla (figuras en negro de gigantes jorobados) en clara influencia caligaresca. Simios agazapados que saltan a la menor oportunidad y que la emprenden contra neuróticos con pinta de Rasputines. Manos saliendo del féretro que indican que Satán ha despertado. Las escaleras de siete peldaños (a los que hace referencia el título) que se iluminan y se numeran a cada paso prudencial que da el protagonista. Todos son momentos inolvidables que atrapan al espectador. Thelma Todd está competente pasándose buena parte del metraje con cara de susto, y heredando de paso el comportamiento de una Laura LaPlante en la previa The cat and the canary (1927).
Sin embargo es muy poco norteamericana esta película. Sólo en sus toques de ópera bufa (en realidad comedia ligera) veríamos destellos del Nuevo Continente, y aquí podríamos introducir esa arrebatadora sensualidad de su secuencia de la orgía: entre Cecil B. DeMille y las kissing parties de Joan Crawford (y que con la perspectiva actual se ampliaría de manera asombrosa con el último Kubrick, el de la fallida Eyes Wide Shut en su larga secuencia de los disfraces). El resto, es la Europa de los claroscuros, del misterio ancestral, de la angustia y la introspección psicoanalítica. Detalles, sustancia, aroma y esencia que reincorporarían a sus paradas de monstruos directores tan afines como Tod Browning, James Whale o Curtis Harrington en lo sucesivo.
La ambiguedad con la que remata el filme es ejemplar, típica de un director desbordante de malicia y sabio en el empleo del juego de los cambios tonales. Y para nuestra pequeña historia del blog, insiriéndose a la perfección en las características propias de una fantasía mongo. Los pocos que la hayan visto, minorías que entienden, sabrán a lo que me estoy refiriendo (no es cuestión de desvelar todos sus misterios).

1 comentario:

ID dijo...

Demonios, nunca he visto esa película, pero la foto con que ilustra el texto me va a hacer remover cielo y tierra desde ya. ¡Gracias!