07 mayo 2007

DIRIGIDO POR...FA.
William Nigh y Across to Singapore (1928): Tormenta de celos en alta mar


William Nigh es otro de los innumerables casos de director totalmente olvidado en este siglo XXI. Pertenece a la raza heroica de pioneros del cine norteamericano, característica definitiva que transforman dicho olv
ido en una injusticia. Apenas aparece su nombre en las enciclopedias de cine, sin embargo su carrera abarca cuatro décadas (desde 1914 a las postrimerías de los años cuarenta) superando el centenar de títulos. Cuando se incorporó al cine sonoro su calidad de artesano (y no un artesano cualquiera, sino un artesano de la MGM) favoreció una maestría diríase que instintiva a la hora de abordar los géneros más variopintos, siendo en la aventura exótica donde brilló con relativo acierto. El cambio de productoras, empero, mermó los niveles técnicos con los que dispondría y es por eso que debió especializarse en seriales del oeste (Cisco Kid) o de pérfidos chinos (Mr. Wong) y en filmes de horror baratos. Al carecer de una personalidad, su nombradía nunca dio lugar a reivindicaciones exigentes. Con todo, tanto olvido es del todo injustificado.
Tanto el cine que rea
lizó en el mudo como el sonoro son muestras muy agradables de entretenimiento popular. El haber podido trabajar con actores de la talla de Lon Chaney, Ramón Novarro o Joan Crawford (esto, claro, en la Metro) suponía ya un acicate atractivo, era un director potente en taquilla. Fue además muy al principio de su carrera intérprete secundario de muchas de sus propias películas. Luego además probaría como productor de las mismas, lo que suponía que tuviese un mayor control personal de su obra.
Across to Singapore (1928)
se encuentra en la postrimerías del mudo. No es que pida a gritos el sonoro pero sus abundantes carteles parecen delatar una necesidad de cambios (y de novedades técnicas). Se trata de un melodrama que presenta puntos en contacto con la novela Mare Nostrum de Blasco Ibañez (que llevara Ingram poco tiempo antes a la gran pantalla). Como la otra, es la vida de una familia de marineros a lo largo de los años. Y el triángulo amoroso, atípico, no convencional entre dos hermanos y la mujer con la que se crió el pequeño. Este es Ramón Novarro, que siente veneración por la muchacha (Joan Crawford) pero que debe admitir (tanto como ella) el que el patriarca de los marinos halla negociado un matrimonio de conveniencia entre la chica y su hermano mayor (el recio actor de carácter Ernst Torrence). Si la relación amorosa física no llegará a consumarse entre Novarro y Crawford, esto no es óbice para que la muchacha delate un profundo desprecio hacia su repentino marido (y sus sentimientos hacia él son complejos, pues en modo alguno ese marino rudo es una mala persona), lo cual lo captará claramente el esposo que tras dejarla en el puerto y durante toda la travesía hasta Singapur sufrirá por su frialdad hasta enloquecer de celos y amargura. Su proceso de degeneración mental es imparable, de poco le vale a su esforzado hermano darle a entender que el amor de la Crawford es real (y no lo es y lo sabe, pero no le queda otro remedio que engañarlo de esa manera). Finalmente quedará en Singapur, viviendo de las mujeres y entregado al alcohol, con la firme convicción de que su esposa quiere a otro. Novarro vuelve a casa y se reencuentra con ella. Su intención es ir a buscar al hermano, retornar a Singapur pero llevándose a la chica para entregársela. Ella es reacia pero finalmente accede. Ya en el barco, el marido ido por los celos presencia una escena cariñosa entre los otros dos y se entabla una pelea en la que al final vence Novarro y el otro muere. Dicha tragedia no la motiva la pelea, sino que es el resultado de la subtrama en la que participa un ambicioso miembro de la tripulación. Este nuevo personaje complicará más si cabe el conflicto de intereses enemistando a los hermanos. La herida mortal al mayor de hecho se la provocará este tipo odioso, pero que librará al santo Novarro del petate de eliminar al miembro molesto del trio.
Sin duda uno de los mayores aciertos de la película es la interpretación del ídolo latino que aquí estaba viviendo el momento de mayor popularidad. Al atravesar por diferentes fases vitales el actor se permite un despliegue desusado de recursos interpretativos que van del mero juego de comedia de un niño grande, a la estampa de galán romántico pasando por una espiritualidad que ya parecía ser marca Novarro. Si como travieso está adorable (parece una premonición del futuro Cary Grant con incrustaciones de los cómicos del slapstick), como heroe místico está sublime, siendo lo más envejecido sus aportaciones románticas (detalle no privativo de él en aquel período, claro. Sólo que su tendencia al pizpiretismo amanerado en oposición a la energía masculina de una activa Crawford a punto estuvieron de terminar en intercambio de roles sexuales). Pese a todo, da gusto mirarle pues Novarro fue un hombre muy guapo. Su renuncia constante a la mujer que ama, haciendo prevalecer el amor incondicional que le debe a su hermano está por encima de la subtrama y, de resultas, da sentido a toda la historia. El plano último de los tres abrazados en vertical es uno de los momentos más hermosos de todo el cine en el que participó este galán mexicano.
Joan Crawford está muy jóven
, se la ve sin pulir pero con maneras. Es uno de los casos más insólitos de transformismo caracterológico y físico que ha dado la historia del cine. Una luchadora, una de las mujeres más ambiciosas del siglo XX. Resulta conmovedor verla en el mudo, de hecho estas últimas semanas he conseguido pillar tres películas de este período bien distintas - un western, un musical flapperesco y ésta- que son tres joyas para cualquier mitómano de las actrices que se precie de serlo.
Si bien Nigh oscureció la aventura y el exotismo de las dos visitas a Singapur en favor del trío amoroso, todavía hay resquicios de gran espectáculo la noche de la gran tormenta en alta mar, que está muy bien filmada y que sirve como detonante psicológico para el enloquecimiento del personaje de Torrence. En cuanto a Singapur, es muy probable que se hubiese rodado en los estudios de la Metro pero la aparición de una china maravillosa de nombre Anna May Wong como mujerzuela de antro vale por todos los barroquismos decorativos o las trampas bastardas a las que hubiera podido entregarse un director tipicamente norteamericano (con la divina china volvería a trabajar unas cuantas veces más. Aqui en cambio la diosa aparecía sin acreditar).
Basada en la novela de Ben Armes Williams "All the brothers were valiant" conocería un remake en los años 50, esta vez bajo dirección del poco torpe Richard Thorpe. Stewart Granger y Robert Taylor eran los nuevos hermanos balleneros que se peleaban ahora por la dulce Ann Blyth. Los resultados no fueron nada del otro mundo.

No hay comentarios: