11 mayo 2007

ALBUM DE CROMOS LATINO MOZOS

Cromo n 12: ANTONIO BANDERAS (1960- )

Finaliza la serie con quizá el último fenómeno latino potente de la cinematografía mundial (esto no fue de música, pero
dudo mucho que nuestros triunfitos aguanten en la cresta de la popularidad como aguanta este maromo del cromo). Valga de antemano mi más total indiferencia por lo que ha hecho Banderas en Hollywood, pues no soy yo muy aficionado al reciente cine comercial de ese país, ni tan siquiera a los subproductos en los que se le ve involucrado ora si ora también. Y lo paradójico es que no ha hecho mejores pelis que otros cromos para los que en cambio no se me han caido los anillos a la hora de ensalzarlos. Juegan aqui los particulares gustos del que escribe (que para eso es un blog de autor, no de varios, aunque éstos se disfracen de endogámicos) y su apego a una nostalgia de otras épocas, las cuales no viví, pero que a mi modo de entender, se me presentan más atractivas que las tristes actuales. Así con Antonio Sabato, el spaghetti western me resultó un subgénero muy agradable; con Andres Garcia, el repugnante Cardona me cayó muy simpático con sus imitaciones malísimas del cine comercial... Sin embargo, con Banderas sus tonterias con Stallone o el Rodriguez me dejan indiferente. No me indignan, simplemente me resbalan. Y es una lástima. Porque le tuve apego al actor. Como buen chauvinista que fui de crío, me alegré una enormidad de toda la escandalera que armó en Hollywood el malagueño. Como amante de lo masculino, me confortó que las yanquis se derritieran por sus carnes morenas. Y es que me sentía orgulloso de él, pues fue mi gran amor platónico a los dieciseis años (los que me conocen lo saben bien).
La fiebre
me pegó fuerte. Como comprenderán, el oficial guaperas del cine español de la Era Miró (Imanol Arias) no me decía nada. Todavía no me entra en la cabeza que a este actor (excelente actor sí, en El Lute está maravilloso, que en otras lo odie no significa que tenga que negarle los méritos y que no reconozca que siempre lo alabaré por su interpretación del quinqui maltratador), decía que no me entra en la cabeza que a Imanol pudieran verlo galán como lo vieron. Además, en mi recién estrenada adolescencia, el descubrir a Almodóvar era algo de impacto. ¿Qué he hecho yo para merecer esto? fue película de cabecera, mía y de Ortiz (doquiera que él esté, Benaventiano- de Eduardo- hasta la médula, chico punk, puede que gótico, nihilista básico que compartió muchas horas de cine y gamberrismos a mi lado. Inseparables fuimos). Luego vino Matador y allí descubrí a Antounio (a solas, pues ya empezaba a asistir sin compañia a las salas oscuras). Su guapura dulce, incontaminada, secreta... Aquella timidez que escondía una bendita neurosis, proviniente de su educación (la que Helga Liné le procuró desde un Opus de diseño)... Todo además venía de Jesus Ferrero, mi autor favorito de la posmodernidad. Era una historia de eros / tanatos en el transfondo del mundillo de las escuelas de tauromaquia, o sea, era una historia con un alto poder de fascinación, aunque no original (como bien sabía por Sangre y arena). Poco me importó que el resultado fuese un desbarajuste, un pequeña pieza de mierda, de deslabazada, inconexa estructura narrativa... Estaba él... Y también Eva Cobo, que durante un tiempo me hizo tilín. Pero a mi, mi sexto sentido ya me decía que en Eva no reparara mucho, pues la veía muy poquita cosa como actriz: era como si Sandra Sutherland se pusiera de bobita a hacer un anuncio de colonias. En cambio, Antonio (desconocia que ya estuviera anteriormente con Pedro metido en un Laberinto de Pasiones) era magnético para los entendidos, tenía un ángel que traspasaba la pantalla, la cámara lo quería (¡y tanto!). Además estaba como un tren, con sus jerseycitos pijales o sus chandals para la lidia. Y en sus tensiones sexuales con el gran Nacho vibramos al unísono. La película la ví en La Coruña. Dos veces consecutivas. Compré Fotogramas. Arranqué hojas donde salieran sus fotos. Empapelé carpetas. No tantas. Sus fotos, aún pequeñitas, delataban que le faltaba un impulso (pues hervor nunca tuvo demasiado, por muchas miradas de chulazo latino que nos pusiera con antifaz o sin él) para ser fenómeno de masas.
Cuando me enteré de lo que iba La ley del deseo me alegré un montón. Y en La ley salía mucho más. Y más guapo si cabe. La trama era folletinera, como de fotonovela antigua sólo que reconvertida al rollo gay que empezaba a ponerse de moda. La astucia de Pedro me engañó. Me hizo ver en ella más de lo que había: una melodía recuperada del pasado insertada en una secuencia dramática, una actriz tenaz en un papel extravagante, un Eusebio siempre perfecto haciendo de si mismo y Banderas juguetón y loco. Ni me importó que volviese a estar mediocre. La cámara lo mimaba de nuevo. Hubo pues complicidad de caracteres afines (Almodóvar y yo parecíamos beber de las mismas fuentes, de los mismos morbos sin darme cuenta cuán preferible es La ley... pero del más fuerte fassbinderiano, con melodías nostálgicas incluidas).
De nuevo a recolectar fotos. No tenía video, asi que continué alimentando mi manía por las postalitas. Mis amigos me echaban una mano. Unos me decían: Sale en el MAN de este mes. Y yo iba a por él. Otros me pasaban lo que tenían en casa...
Cada vez el actor daba más que hablar. La semana que presentó La tarde con... en la Primera Cadena, me tuvo el chavalote fijo en el sofá, sin pestañear (bueno, miento: mis ojos se humedecían, mis mejillas dilataban). Hizo un capítulo de La mujer de tu vida con Carmen, salió en Baton Rouge con Victoria y Carmen más guapo que nunca. Fui el único espectador en un pase en cine de La blanca paloma (que sólo recuerdo que Banderas aparecía medio rapao de abertzale y que mi mito de la lolita Emma Suarez se derrumbó al ver que a la chica se le salían las tetas por los sobacos -¡ si parecía querer hacerle competencia a la estanquera de Fellini!- y viviendo, para más inri, un rollito incestuoso con Rabal, sin punto de comparación al que tuviera la Kinski con el viejo Mitchum en Los amantes de Maria). Encima, Almodóvar preparaba Mujeres... (con Carmen).
Mujeres... fue la bomba. A mi no me gustó nada. El Banderas salía especialmente de diseño, se pasaba la película balbuceando o susurrando (lo segundo lo perdonaba, pues el cine español nos acostumbró a partir de los ochenta a que no entendiéramos lo que dicen sus actores). No comprendí porqué tenía que llevar gafas y parecer memo. Y de pronto, la película fue un gran taquillazo. Aspiró a los Oscars. Y ganó uno. Puro marketing. Todo sirvió para que el pequeño culto internacional (de Festivales) que existía en torno a su director se disparara hasta extremos mainstream. Almodóvar con su troupe se fueron de giras, de parties. Banderas y Madonna. Banderas y Melanie. Banderas y Hollywood a sus pies. ¿Qué hubiera sido de Antonio sin Pedro?. Nada, o mucho menos de lo que fue. ¿Alguien se acuerda de aquel actorcillo divino que descubrió no sé en donde Antonio Gimenez Rico en Soldadito Español ?. Pues eso hubiera sido a lo mejor Banderas si en vez de meterse en la cama de Almodóvar lo hubiese hecho en otro lado menos productivo.
La carrera cósmica del malagueño se inició discretamente, haciendo de latino en Los reyes del mambo (1992): estaba escandalosamente guapo. Fue el primer paso. Luego vino el resto (de todo aquel marasmo sólo salvaría Entrevista con el vampiro, y no por él, sino por la autora del libro y por los otros dos y sus raras relaciones). Para Maciste el platonismo tuvo un límite (será su pérdida de lozanía, mi desinterés por el nuevo cine norteamericano, sus pesadas batallitas con los paparazzis, el histerismo menopausico alrededor suyo). Sus escarceos 90's, cada vez más espaciados, con el cine español -que lo vio nacer- tampoco eran para tirar cohetes (el remake de La vida en un hilo fue penoso. Y el lo estuvo más queriendo emular la singular simpatía de Rafael Durán, ya no hablemos del resto del reparto: ¿la Montes vs. Angela Molina?, calle calle. Con decir que el que completó el menáge á trois -otrora nevillesco- era el Arias ya debería estar todo posible debate liquidado, dada su nulidad innata para el género de la comedia: ¡y esa comedia, precisamente, que requiere smoking).
Asi que termino el cromo (y este álbum) si
n ninguna pasión. Que le vaya bonito. Que siga en sus trece haciendo dólares a la par que siendo sencillo y simpático, diciendo que estoy aqui pero estoy allá. Y queriendo ser director de culto (creo que su ópera prima no es muy estimulante, basándose toda ella en un look estético de estampita juanramoniana). Su omisión en el coleccionable sería un grave error por mi parte, y más teniendo en cuenta lo bien que decoró cuatro o cinco años de mi vida mitómana.


FIN DEL COLECCIONABLE

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