08 mayo 2007

ALBUM DE CROMOS JAMONCITAS FIFTIES

Cromo nº 14: CAROL LINLEY (1942- )

La necesidad perentoria de escribir sobre actrices que me apasionan,
que me resultan fascinantes me ha hecho introducir en esta colección de cromos a unas cuantas que no cumplirían las exigencias de un prototipo físico de jamoncita, esto es: carnosidad algo desbordante para los cánones actuales de belleza femenina (sin llegar a obesidades, claro) y edad muy juvenil, en contraposición a las grandes hyper studs del Hollywood de los años 50, que eran mujeres de una vez, hechas y derechas, lo que se conocería en España como mujeres bandera (o de manera más ordinaria, jamonas o jacas). Serían pues versiones teen de las Jane Russell o Diana Dors de turno (despojadas, a ser posible, de la vulgaridad campechana de la primera y el artificio drag de la segunda). Echando una vista atrás tal vez las que más se ajustarían al ideal fueron Terry Moore, Piper Laurie y Mara Corday. El resto son debilidades personales más expuestas a mis lances subjetivos que al rigorismo de la serie.
En el caso de la de esta semana sería imposible que la chica en cuestión transformara alguna vez por culpa de sus pantorrillas una faldita can cán en una mesa camilla o que reventase unos blue jeans, pues en ella encontramos al epítome de la ninfa made in USA cien por cien. La maravillosa Linley (o Lynley, que tanto da) es junto a Yvette Mimieux (y a lo mejor cierta May Britt) la rubiecita más destacada del vergel de mis doncellas favoritas. Ciertos sectores masculinos la definieron en términos de sex kitten, algo inexacto ya que una categoría de esas mejor le cuadrarían a otras perversitas al estilo de Carrol Baker o Julie Newmar. Pero si atendemos al modo en que pudo rivalizar con la primera por el puesto de la nueva Jean Harlow, ya que ambas simultaneamente protagonizaron sendos biopics sobre la rubia platino, el apelativo sexual podría cuadrar. Aparte la Linley pronto se encargaría de borrar una posible imágen de castidad a ultranza (tan propicia en rubias de cabellera lacia) al aceptar el papel de colegiala preñada y con intenciones de abortar en la cultísima Blue Denim. No es que fuera su debut en el cine, pero sí que fue la gran revelación para ella. Y sólo tenía diecisiete años.
Atrás dejaba una carrera fugaz como modelo. Justo una portada en la revista LIFE hizo que Walt Disney se fijara en ella y decidiera contratarla para The light in the forest (1.958), que fue su verdadero debut. Pureza e inocencia de india improbable se conjugaban en la diosecilla blonda y, sin embargo, la relación con el mago de Burbank terminó justo allí. Para fortuna de todos sus fans, que la quisimos mejor en productos de más enjundia.
Blue Denim (1959. Philip Dunne) tuvo toda la enjundia del mundo, dejando en comparación las quisicosas de una Sandra Dee en dolores de los primeros dientes. Si la Dee sufría por la regla, la Linley lo hacía por un embarazo no deseado (en la adolescencia, todos lo son). Brandon de Wilde, maravilla con cromo, la preñaba y ambos buscaban ayuda en un tercer jovencito Warren Berlinger para deshacerse del fruto engorroso. Era un tema arriesgado y hasta transgresor. Ni siquiera el experto en campanazos escandalosos Otto Preminger se hubiera atrevido a tanto. Estaba claro que el cine norteamericano en aquel punto estaba exigiendo con premura abordar un tipo de temas que atrajeran con seriedad a un público juvenil (consumidor potencial). La sexualidad entre adolescentes se mostraba por primera vez natural y sin complejos, pero también cautelosa por los riesgos implícitos a la misma. Natalie Wood y Steve McQueen a principios de los sesenta retomarían el tema en Amores con un extraño (1963), pero a la pareja ya se le veía algo talludita para entenderles el problema.
A finales de los años cincuenta, la Linley era uno de los jóvenes valores del nuevo Hollywood (ese que estaba siempre libre de tener las puertas abiertas para que tontearan con la televisión) . Y encabezando repartos de películas teen. Así secundó al pretty face Fabian en Hound dog man (1959), intento del rubiales de aferrarse al estilo Elvis en un año en que el otro estaba en la mili. Como parejita la Linley decoró mucho pues era preciosa, tanto como el niñato. En cambio su fragilidad casi etérea contrastaba con la carnosidad del machito de horrísona voz hasta el punto que pienso que mejor pareja hizo allí el ídolo con el macho Stuart Whitman, a tenor además de una serie de fotos que circulan por internet en las que se les ve a ambos muy juntitos... y apretados.
De todas formas este efímero western que dirigió, supongo que por cuestiones alimenticias, Don Siegel (pues en tanto que película insignificante sería indigna de un hombre de su casta), naufraga en todas sus propuestas. Pero lo que más nos llamaría la atención es la penosa combinación de parejitas románticas que se plantean. Asi Fabian bebe los vientos por la feucha Dodie Stevens (en el fondo también era una cantante teen, la del Pink shoe laces) en vez de hacerlo por la más apropiada Linley que, paradójicamente, se enfrentaba en pasiones con el maduro Withmore (sin duda, la mujer del western estaba cambiando, para mal, en aquellos tiempos de crisis del género. ¿Dónde habían ido a parar las Stanwycks, las Viennas capaces de enfrentarse a los forajidos- de los sentimientos o no- desde la igualdad de un mismo rifle apuntando al corazón?).
En 1961 Carol apareció en la segunda parte de Peyton Place, best seller de Grace Metalious que se tituló Retorno a Peyton Place. Sustituía a Diane Varsi, que en la primera era la escritora Allyson MacKenzie, artífice de la novela del escándalo (como bien supo Lana Turner).
Hizo de hija de Dorothy Malone y Joseph Cotten en The Last sunset (1963), es
tupendo western pasional de Robert Aldrich en el que fue cortejada por un Kirk Douglas con inclinaciones menoreras (recuerden que en la vida real había mantenido un romance interruptus con la virginal Pier Angeli).
Con su Harlow (1965) demostraría junto al de Carrol Baker que encarnar a la rubia platino, por mucha autobiografía verdísima que nos dejase, era proyecto gafado de antemano. Salvo esto, apenas se puede reivindicar, a no ser que se incluya en el apartado de películas apegadas a la moda de la nostalgia post Depresión (a lo Bonnie & Clyde, más tarde con El Gran Gastby y que tendrían como conclusión el Annie Hall de Woody Allen).
Durante los años sesenta, salvo en estas cintas, apenas hubo momentos de mayor brillo para la Linley. Al volcarse en el mundo de la televisión los aficionados de la gran pantalla le perdieron la pista hasta que a principios de los setenta se fijaron en su aparición en la catastrófica "La aventura del Poseidón" (1972), en donde sin embargo todas nuestras miradas se fueron a la histriónica Shelley Winters, al siempre turbio Roddy McDowall y a la adolescente revelación Pamela Sue Martin. ¿El resto?. Televisión y más televsión, no hubo hasta los años noventa serie norteamericana que no contase en algún episodio con la presencia entrañable de la ex muñequita en cinta Carol Linley.
En su vida privada apenas dio lugar a escándalos, más allá de una discreta re
lación con un otoñal Fred Astaire. Todo en ella fue, al parecer, legítimo y correcto, tal cual nos la regaló el cine al principio de su carrera. Nunca apareció desnuda, todo lo más en sostén color carne para ser víctima en un horrible remake del clásico del terror "The cat and the canary"(1979). Decir, para terminar, que en la actualidad su actriz favorita es Cameron Diaz. Lástima que las operaciones de estética de esta última no hagan más que hacernos añorar la autenticidad femenina de la veterana en aquellos fifties.

1 comentario:

mentecato dijo...

Fue Carol el amor de mi juventud.

Un abrazo.