01 febrero 2007

MACISTEROTIQUE

Viernes,19 Ene.
La gran sorpresa. Ando por la tarde metido en casa (as usual), disfrutando de la visita del casto Javier. Era lo que se podía denominar una sesión de grabaciones, cutenpastados y verificaciones varias, amenizadas con distraidas charlas en torno a lo de siempre. Cuando de repente... llaman al telefonillo del portal. ¡Era Jose, el escayolista follador!. Bueno, asi exactamente no se presentó desde la calle. Se limitó a un chulesco y cortante: Soy Jose, abre. Tardé en reaccionar... ¿Jose, cuál Jose?. Mi mundo está lleno de Joses. Al repetirlo me di cuenta de todo. Abrí. Fue sin duda el mejor momento de su visita. ¿El resto?. También estuvo bien. Un poco casa Flora. En una habitación estaba Javier con sus Truffauts, mi madre con su Norte y Sur en la salita de estar. Así que decidí que nos meteríamos en mi dormitorio. En el baño no me apetecía, a parte que había riesgo. El chaval, de nuevo fue parco en palabras. Desde septiembre que no lo veía. El trabajo, ya sabes... Pues muy bien, contesté con un resignado: Joder, casi cinco meses. Lo importante es que el machote dejó la obra y vino a casita. Olía a limpio. Ni tocar la cama, me tactó el recto en ella un poco y el sommier empezaba ya a relinchar. Así que lo que quedaba de polvo lo hicimos de pie. Ya nos veremos, esa fue su despedida. Era para haberle dicho: Mira, no puedo recibirte. Pero claro, yo no soy capaz de ponerme duro. ¡Porque este no vuelve!. Así hemos quedado bien, y por un lado, estoy que me subo por las paredes al saber que aunque poco, me sigue buscando a mí donde sabe que me encontrará seguro.


Domingo, 21 Ene.
No conforme con la historia del viernes (demasiado breve, con todo) parezco aún hambriento. Camino con la lengua sacada por las calles de la ciudad a horas en las que no hay familias. Son casi las cuatro de la tarde. Entro en un 24 horas para comprarle rosquillas de merienda a mi madre. Al salir opto por la retirada. Observo que un rumanín en chandal se para en un escaparate, haciendo tiempo para que pase yo delante de él. Al adelantarme me fijo de refilón en sus bondades: eran muchas y muy bien colocadas. Nunca lo había captado. Antes de llegar a las galerías de siempre compruebo que ya viene detrás. Ya en el interior me bajo sin miedo la parte trasera de mi chandal enseñándole mi bonita lencería del día (un boxer de niña a listas azules y blancas que me tapan lo mínimo). Miro entonces a mi espalda y lo veo a él, petrificado y con sus ojos bien abiertos observando el espectáculo. Es cuando me bajo el boxer y le enseñó más (descuidadamente, no con descaro). El mozo farfulla, pero en vez de entrar en las galerías sigue inmóvil en la calle. Opto en dar la vuelta para salir hacia la segunda entrada. El idiota sigue mirando hacia el fondo: ni siquiera intuye que yo iba a aparecerle por su derecha. Me acerco a él y me sonríe. Habla el castellano, claro. ¡Y cómo!. Me pregunta de sopetón: ¿Quieres que te rompa el culo?. Por supuesto, pero tu querrás dinero. Afirma con la cabeza. Le digo que sólo tengo la devolución de las rosquillas, no llega al euro. Me pide cinco . Le repito que no hay cinco. Le enseño los centimos. Le digo que otro día será. Pero no, ¡ el quiere ese día romperme el culo!. Nos internamos en las galerías y en un hueco me folla. Afortunadamente ya está empalmado, con lo cual no tengo que chuparle una polla gorda y larga pero que en modo alguno se le ve que esté reluciente. Todo es excitante. Sobre todo cuando dentro de mí me pregunta extrañado: ¿Pero no te duele?. Es decirle que no y que siguiese, y correrse como un cerdo. Le sonrío, le doy los céntimos. Vuelve con el tema de los cinco euros. Le enseño los bolsillos y nada. Le ofrezco rosquillas. No las quiere, es de suponer que encontraría el agujero del dulce muy grande para lo que son sus gustos. Entonces nos despedimos. Mientras me alejo le vuelvo a enseñar el trasero al colocarme bien el boxer. Refarfulla.

Lunes, 29 E
ne.
A la hora de siempre, tras la alameda. Se me acerca un ex rollito. Mil años que no lo veía. También se llama Jose. Es un muchacho muy guapo, veinticuatro años tendrá ahora por pistas que me fue dando en su conversación. Porque hablamos. Y mucho. Me dijo que traía coche y que si quería podíamos salir de la ciudad. Acepté de buen agrado. Lo notaba fisicamente más cambiado: más grandote, aunque su cara sigue siendo la del típico niño bonito de la ESO. Mientras buscábamos exteriores donde follar, intentaba recordar cómo era su cuerpo por debajo de la ropa. Habíamos estado juntos por lo menos en tres ocasiones hace más de dos años (él lo negó. Sólo fue una, terqueó). Lo que le gustaba hacer... No me daba tiempo de sacar ninguna conclusión pues me hablaba, me preguntaba cosas. ¿Qué le iba a decir?. Que rompí con uno, con dos, que mi madre tal, que busco al amigo ideal... Parecía, al principio, quererme dar una imágen de chico formalín, inexperto, eminentemente bisexual (acababa de dejar a su novia) y muy ocupado ahora con un geriátrico que dirige. Pues qué maravilla. Tan jóven y con un chollo propio. Encontramos un descampado y dentro de la furgoneta follamos algo. Pero lo dejamos todo a medio terminar. Fue mi petición. A él no le importó en absoluto. Lo único que quería yo ese día era revolcarme sobre un chicarrón peludo . Y él era eso. A la vuelta me empezó a abrumar con orgías en las que había participado en su época en el internado universitario, con las movidas con negratas en Barcelona, con no se qué y no se cuanto... Me quedé perplejo, al cabo de un rato desconecté. Me aburría mortalmente su discurso. De vez en cuando oía afirmaciones tan rutinarias tipo este la tiene enorme, el pollón de fulanito... Intenté hilvanar sus frases cuando me pareció entender que me iba a invitar a un trío con un bellezón de su quinta. Luego le pregunté si le gustaban más los tíos o las tías (le era indiferente). Y si con los tíos era más pasivo que activo (le va todo, aunque no se encuentra tan cómodo con una polla dentro). Y, finalmente, estos diez mandamientos los encerré en esta afirmación: que me molaban los skins, los bakalas y los hijos de los feriantes y me dio la razón: Es que hoy los tíos están más buenos que en los años noventa, contestó. Pensé para mis adentros: Pues si vieras cómo estaban los de los años setenta, niñato mío. Me dejó en casa. A tiempo para escribir un post en el blog y recibir en beauté a mi Pedrín, que nunca falla.

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