10 febrero 2007

INFANCIAS VERDES. Capítulo vigésimo séptimo


Madelman in love
- Ñiaaaa, muerto el enemigo C. Ahora debemos internarnos en esta espesura plagada de trampas y miles de peligros. Pero, ¡cuidado, Joe. Esa serpie
nte en forma de cadena del cuello... fiuu!. Le he cortado la cabeza, gracias a este super puñal afiladísimo. Oh, maldita sea, no se ve ya nada... ¿estás ahí?... Sólo percibo sombras y el sonido estridente de las alimañas nocturnas....
- Estoy aquí, Frankie. Pero creo que el enemigo está muy cerca...
- ¿Big Jim o Airgam Boy
?
- Por las pisadas sospecho que puedan ser Airgam Boys.
- Entonces no hay problema, simplemente apretándoles del cuello los deshaces en dos piezas.
- Ñaaaa, pough pough... Tres bajas de un hostiazo.
- Si pudiera saber donde te hayas.
- Estoy aqui. Junto a este cochecito de Starsky & Hutch y los discos de Parchís.
- Ya te veo, Joe. Este es u
n buen paraje para descansar, ¿no crees?.
- Acamparemos sobre estos Pumbys... Proseguiremos la ruta en un par de horas. Calculo que a eso de las cinco de la madrugada empezará a amanecer en este puto Vietnam de la Casa Mattel.
- Será mejor dormir un poco. Voy a quitarme la ropa.
- Yo sólo los pantalones, me gusta sentirme como en casa. Sino no pego ojo.
- Oye Joe. Luces un tremendo pa...quete.
- Ya sabes. La aventura me provoca fuertes excitaciones.

- A mí igual . ¿Y si nos hacemos unos pajotes para bajar esta inflamación?.
- Un momento de relax no nos vendrá mal.
- Tu me la haces a mi, yo te la hago a tí.
- De acuerdo. Como dos b
uenos madelman.

Más o menos así me pasaba las tardes de invierno, después de merendar y hacer los deberes. Al reunirme con mis muñecos favoritos conseguía con gran facilidad que mi imaginación volase provocando en mi dislate infantil una especie de serialización doméstica que serviría para que mis novelitas adquiriesen una continuidad intrigante y por otro lado para que mi lívido empezase a definirse hacia el lado más espartano de la sexualidad. En mi mundo de Gulliver mis liliputienses amigos afrontaban constantes proezas de gran riesgo. Se llamaban Joe, Frankie, Mark, TJ o Richard. Pertenecían todos al ejército de los disfraces de ensueño. Los enemigos mortales acechaban en cualquier rincón de mi cuarto. Un mueble podía ser una gran montaña, un Everest de peligros que admitían peajes laberínticos en forma de cajones donde caían para ir a dar a lo mejor contra un cubo de Rubik hipnotizante que les hacía perder el equilibrio por unas extrañas ondas electromagnéticas generadas de cada uno de sus cuadrados coloreados. Por suerte, el grado de camaradería entre ellos era tal que siempre se salvaban en el último minuto, al acudir algún compañero a echarle un cable en el justo instante de la caída. Hasta hubo veces que mis aventuras eran idénticas a las que recordaba de mi serie favorita Los Hombres de Harrelson. Terribles psicópatas de paisano cometiendo maldades sobre pobres víctimas parecidas a un vulgar Airgam Boy y que acababan despedazados por mi patrulla de Madelmanes de la unidad SWAT. En cuanto a los detalles homoeróticos, eran privilegio de la casa. Sentía verdadero placer morboso haciéndolos desnudarse, colocándolos para que se miraran los unos a los otros sus musculaturas extrañas con ojos de Thunderbirds. Y finalmente haciendo chocar sus cuerpos: pectoral sobre pectoral, frotando paquete contra paquete, siempre de frente, nunca dándose la espalda, pues así era el sexo entre varones (creo que nunca les di la vuelta en posición de penetración, tal era mi ignorancia del asuntillo). Pero aquel relajo del soldadito era para mí una concesión a la bendita tradición (que yo por supuesto desconocía) del luchador de la Antiguedad. Luego supe de Aquiles, de Alejandro, incluso de Julio César... mi naturaleza intuía todo aquello pero filtrándolo por la imaginería fascistoide de las series de acción norteamericanas. A fín de cuentas el homoerotismo subliminal que traslucen los antes citados Hombres de Harrelson empieza por el mismo arranque de la serie: un primer plano en contrapicado de los culazos de la patrulla moviéndose al unísono para abrirse (el plano) y verlos en fila cogiendo sus fálicos rifles mata comunistas.
Cuando acababa de jugar con los Madelman, decidía qué asuntos podían ser pasados a mi novela Sagas y cuales no. En materia de sexo era evide
nte que hubiera sido un poco fuerte a los doce años introducir tanta sodomía en unas tramas tan, por otro lado, infantiles . Asi que una buena ristra de personajes femeninos hicieron el papel de elementos pasivos. Pese a que perdía en emoción mórbida, esto facilitaba el asunto de la reproducción, con lo cual la Saga continuaba hasta el cansancio.
Mis muñecos más queridos eran mis actores favoritos. Los amaba tanto que algunos funcionaban de improvisado dildo. ¿Deseaba acaso meterme yo también en su acción dilatadora?. Es posible. Pero no voy a negar a estas alturas que el mero hecho de frotar la cabecita de alguno alrededor de mi esfínter me procuraba momentos de
supremo éxtasis. ¿Qué sabía yo de nada?. Me complacía experimentando con mi cuerpo. Sin entrar en mayores profundidades, pues el dolor era algo que rechazaba. Con muñecos o sin ellos, con la ayuda de las yemas de los dedos, las frotaciones anales por un lado, mientras por el otro activaba mi pene en forma de tiza conformaban mis primeras masturbaciones en la soledad de mi cuarto de los juguetes. No pensaba en nadie, sólo en disfrutar de mi. Las sensaciones suaves de mi piel ponían el resto. Entré en un vicio que afortunadamente nadie me prohibió, pues nunca tuve padre confesor.
Orgasmos sin leche, cosquillitas agradables del que se rompe en arcadas de placer. Tambien valía frotarse contra el suelo, sobre una almohada... Con la experiencia uno se sofistica y también se pervierte o empieza a madurar... Que normalmente significa que se piensa ya en un ser deseado.

Mangana en ascuas
En 5º de EGB unos cuantos muchachitos nuevos ocuparon pupitres. A los once años el cuerpo masculino ya empieza a desarrollarse. Por la regla general lo hacen antes la
s niñas, pero para mi las niñas eran un conjunto vacío pues ya sabréis que mi colegio era sólo de varones. He intentado hacer memoria estos días de compañeritos que ya me empezasen a poner cachondo. Desde luego que más de dos me atraían. Lo que sí recuerdo es a uno en concreto y, en abstracto, un sinfín de situaciones o de detalles superfluos que en servidor ejercieron efectos de erotismo puro y duro: búsquedas de roces entre dos, un vaquero ceñido a la altura de mi cara, un meterse mano con descaro, un rostro precioso que me pide algo... En cuanto al muchacho del que soy consciente de su poderío sobre mi tratabase de Mangana. En mi moviola lo veo perfectamente: alto, fuerte, bastante desarrollado con respecto de los otros niños. Moreno, buena persona... Su trato constante, pupitre con pupitre nos hizo también compartir recreos. Siempre me preguntaba cosas de mi novela, asuntos de mis muñecos... ¿Cómo ha quedado Joe en el capítulo de ayer?. Y yo: En el precipicio de al lado de la puerta. El: ¿Se salvará?. Yo:No, estoy harto de él, he pensado que se haga fosfatina sobre la alfombra.
Mangana era muy cariñoso conmigo. Yo tal vez malinterpretaba aquellos mimos, aquel pasar su brazo por mi hombro cogiéndome de sorpresa ... sus sonrisitas cómplices (con el tiempo llegó a darme un beso en los morros, de nuevo sin yo esperarlo)... Pero es que est
aba muy bueno aquel niño (según mi perspectiva de aquella). En una clase en la que el profesor nos había mandado unir los pupitres para preparar alguna actividad conjunta busqué su contacto. Yo tenía fijación por sus muslos robustos. Sentado con aquellos vaqueros tan apretados se le realzaban sus bondades varoniles en un extremo que yo, esa tarde, deseaba tocar como fuera. La proximidad facilitaba todo. No sé si fue porque el juntó su mejilla contra la mía (en cualquier caso el, como siempre, buscó primero) que yo como una araña hambrienta empezé a acercar mi mano temblorosa a su pierna.Ya posada se mantuvo un buen rato encima. Aquel tejido me trastornaba, el denim de mis deseos. No sabía que hacer. Yo quería ascender, pero si lo hacía y él me rechazaba eso me pondría en evidencia. Así que cuando pasaba una hoja del libro que leíamos, yo entonces aprovechaba y subía dos centímetros. De esta manera estuvimos un buen rato. Hasta que no sé si porque estaba ya a punto de alcanzar su delicioso montículo optando el chavalín por refrenar mis impulsos raros o porque mi mano sudada le estaba dando un calorazo de lo más pegajoso, el caso es que cogió y me la retiró. Si. Mangana fue un comienzo erótico en toda regla. Pero era un juego tan sexy (y a la vez tan taquicárdico) aquel del roce...
Me acuerdo que hubo una temporada en la que le dejaba intuir cómo acababan en realidad mis aventuras con los madelman. Mi ambiguedad de puntos suspensivos le turbaba. Entonces se puso muy pesadito queriendo sonsacarme los finales orgiásticos. Le decía que si quería que reprodujera con él lo que ellos hacían debíamos estar en un sitio aparte, más tranquilo, alejados de la vista de la gente. Su malicia era superior a la mía. Estaba de vuelta y media de todo. Tiró de mí hasta alcanzar un portal del interior del colegio. Tan pronto nos vimos solos se arrojó al suelo arrastrándome con él. Se movía como una perra caliente. Su visión retorciendose, abriendo su culazo fenomenal me resultó de un irresistible largamente soñado. Era por fín un muñeco a tamaño natural. Empezamos a magrearnos. Duró un nada. Nada ocurrió. Y en cambio, veinticinco años después de aquella tontería sigo recordándola como una experiencia turbadora e iniciática. Un imposible, sin acoplamientos racionales, como los que efectuaban los Madelman. Mi fantasía en la edad de la inocencia empezaba a ser un soberano tinglado etiquetado con dos entrañables rombos.

continuará

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