07 febrero 2007

HETERODOXOS BASICOS

10. JOSE ASUNCION SILVA (1865- 1896)

¡Ah, de la noche trágica que me acuerdo todavía!
El ataud heráldico en
el salón yacía,
mi oído fatigado por vigilias y excesos,
sintió como a distancia los monótonos rezos.
Tú, música, yerta y pálida entre la negra seda,
la llama de los cirios tem
blaba y se movía,
perfumaba la atmósfera un olor de reseda,
un crucifijo pálido los brazos extendía
y estaba helada y cárdena tu boca que fue mía.
Poeta, di paso

Empezamos el heterodoxos del mes con un fragmento de un poema decadente y aterrado, de hermoso sabor, de fecundo aroma a necrofilia. No podía haber sido escrito en otro siglo más que en el XIX y por un autor pesimista y triste, con cierto aire cenizo y espíritu a contra corriente. Hoy quería hablaros un poco de un colombiano semiolvidado en las enciclopedias poéticas, un escritor con fama de engreído y presuntuoso. Un artista al que la vida de pueblo le estaba ahogando, siendo como era él un cosmopolita, amigo de Verlaine y adicto a Victor Hugo. Un heterodoxo que pernocta en una fantasía edificada a golpe de espectros modernistas. En apariencia, un dandy . Para los demás, un inadaptado.
Bogotá no es París, y eso Silva lo nota escapando cada vez que puede a la vieja Europa, con cortas estadías en la ciudad de la luz, pero también visitando Suiza y Londres. En Venezuela conseguirá un cargo de Secretario de la Legislación que lo único que le produce es mucho bienestar económico, pues la poesía no le da de comer. La poesía en su Bogotá es materia de ocultamiento y verguenza.
La veintena la pasa padeciendo calamidades que van de la muerte de su hermana Elena, a la ruína familiar y la pérdida irreparable de lo mejor de su obra literaria en el naufragio de un barco camino de Venezuela. Teniendo en cuenta que Silva abandonó este mundo a los treinta y un años se puede comprender que nos haya dejado muy poca obra literaria. Y aún ella, se muestra adulterada e incompleta cuando se publica postumamente en 1908 (prologada por un ferviente entusiasta de nombre Miguel de Unamuno).
De su prosa destacaría De sobremesa, escrita a guisa de diario personal repleta de pesadumbre típica de un atormentado fin de race (conflictos morales, artísticos, políticos). En su producción poética se englobarían El libro de versos, Gotas amargas y Versos varios. El primero sigue siendo el más conocido, el segundo mantiene cierto dulzor de lo inédito y en el tercer libro se hallan los restos de un naufragio espiritual a la manera de miscelánea con el material restante.
Su estilo simbolista, bien marcado, se nota al dejarse arrastrar por un esteticismo envolvente lleno de imágenes obsesivas, a través de expresiones misteriosas y sugerentes, de una musicalidad asombrosa. Su querencia por los recuerdos, la muerte, el paso del tiempo delatan sus gustos literarios románticos (tanto Bécquer como Poe eran sus autores predilectos). Sus continuas elegías, a veces cargadas de fina ironía (típica de los de su casta) parecen recrearse en un final que está muy pronto. "La tentativa mediocre de decir en nuestro idioma las sensaciones enfermizas y de sentimientos complicados que en formas perfectas expresaron en los suyos Baudelaire y Rosetti, Verlaine y Swinburne", deliciosa reafirmación de la futilidad de unos manuscritos destinados al más rápido de los olvidos pero que en su sinceridad más que tristeza despiertan admiración por su lucidez y su profundo conocimiento de otras artes: el prerrafaelismo, por ejemplo. "Es que yo no quiero decir sino sugerir". Todo en Silva parece indicar que estamos ante un verdadero ejemplo de artista que afronta su trabajo como si se tratase de algo sagrado. "El verso es vaso santo".
Su apariencia física era de impecable elegancia. Extremadamente atildado, amaba las joyas, los buenos trajes, las exquisiteces de lo mundano. Fetichista de los objetos y no de las personas, se consagró al amor material. A los treinta y un años planeó su suicidio de manera impecable. Fue al médico y le obligó a dibujar sobre su pecho el lugar exacto donde estaba su corazón. Luego se fue a celebrar una fiesta, y al final se colocó una esponja sobre el costado de su frac para evitar que la sangre manchara la perchera y se pegó un tiro justo en la diana dibujada.

En el derruído muro
de la huerta del convento,
en un agujero oscuro
donde, al pasar, silba el viento
y, como una dolorida
queja a las piedras a
rranca,
hay, en el fondo, escondida
una calavera blanca

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