18 febrero 2007

FANTASIAS ANIMADAS DE AYER Y DE HOY (y 7)


BARRY PURVES


El inglés Barry Purves es uno de los últimos románticos de la animación. En un presente invadido por las tecnologías más sofisticadas, este artista sigue prefiriendo el trabajo tradicional. El contacto en soledad del titiritero y su marioneta. Aquel que encerrado en su habitación lo manipula, le habla y le hace hablar, mientras va experimentando en los gestos y posturas, para finalmente acostarlo al acabar la jornada. Es un humanista enamorado además por la cultura: Shakespeare y la ópera son sus dos grandes pasiones. Asesoró a Peter Jackson a la altura de su King Kong (sus enseñanzas valieron de poco, pues la poética de un original irrepetible, bien entendida por Purves, quedaba ahogada por el sentido mercantilista de ese director) y participó en el Mars Attacks de Tim Burton (de diseño tan inolvidable), amén de la más reciente Corpse Bride. Pese a estas incursiones en el cine comercial, Purves parece rechazar a las masas y opta de manera inteligente en llevar a cabo su propia obra desde presupuestos más arriesgados. Su dominio de la cultura clásica y del teatro en general sustentan el meollo de sus cortometrajes, aspecto que luego no revierte en taquilla pero sí en apreciación del público culto (los happy few, que diría Stendhal). Con esto el autor logra satisfacer sus inquietudes mientras que sus proyectos consiguen así una rápida financiación por parte del Estado de su país.
Su pasión por el Bardo tiene un excelente reflejo en Next (1989) que en tan sólo siete minutos consigue condensar un
as cuantas de sus piezas legendarias. El corto funciona a guisa de pasatiempo intelectual en el que el fan shakesperiano debe dilucidar a que obra pertenece determinada escena. La velocidad es tan frenética que resulta asombroso cómo puede pasarse en décimas de segundo de un Timon de Atenas a una Tempestad sin morir en el intento. La gracia del argumento radica a su vez en que se trata de una prueba de casting en la que un terrible hombre de teatro se limita a observar sin interés especial a cada uno de los aspirantes a actores, despidiéndolos de forma mecánica con un tópico Next !.
En Screen Play (1992) las marionetas se ponen al servicio del teatro kabuki en lo que era una leyenda muy conocida en Japón: la del Sauce Llorón. Sin grandes diferencias con respecto a Shakespeare en tanto que historia de dos star crossed lovers, será al acercarse a la cultura japonesa mediante el mimo por el detalle, la gestualidad, amén de un estudio de los decorados y el vestuario muy acertado, cuando cobre verdadera importancia y originalidad. Sangre, erotismo y muerte se entrecruzan en el romance del pudiente Takako y la campesina Nayoki.
Con Rigoletto (199
5), la ópera irrumpe en el mundo fantástico de Purves. En media hora, un puesta en escena deslumbrante casi consigue comerse a unos personajes de sobra conocidos por todo el aficionado al bel canto. Como propuesta arriesgada no deja de tener el respeto del cinéfilo (y este fue un trabajo para televisión). A los puristas verdianos no les hizo excesiva gracia.
Especial mención merecería Achilles (1995) , s
u contribución a la cultura clásica centrándose en las relaciones entre Aquiles y su favorito Patroclo. Con el transfondo esperado de los líos de Helena de Troya (cuando su pueblo quiso despegarla de los amores de Paris y se armó el pitote) , el leitmotiv del corto parece reducirse a unos cuantos impulsos coquetuelos de un Patroclo acosador hacia un recio Aquiles demasiado preocupado en mantener incólume su condición heterosexual. Finalmente se abandona al amor sodomita, para poco después ser vencido no sabemos si por pecador o por incauto en estrategias belicosas. Todo nos hace pensar, según el punto de vista de Purves, que el talón del guerrero se hallaba en la tentación apolínea. El corto mantiene la magia visual de sus precedentes. La tendencia mariconil, con ese tono de buen gusto típico para poder ser digerido por todos los públicos, perjudica su acabado final. Con todo, es de agradecer su tímido acercamiento a la pornografía en escenas rayanas con lo osado.
Una de las última incursiones personalistas en la decada d
e los noventa dentro del terreno de lo teatral fue Gilbert & Sullivan (1998), recreación de la biografía de estos importantísimos hombres de la opereta inglesa del siglo XIX. Elementos drags y mucha ambiguedad sexual parecen dictaminar que en la extravaganza queer el autor se encuentra muy cómodo.
Un autor que vive en la encrucijada del cambio de siglo. Debiendo enfrentarse ante la maquinaria pesada del cine de efectos especiales (aquel que al dártelo todo te deja de sorprender) y la vieja es
cuela del titiritero que sigue creyendo en la magia y en el poder de la imaginación. Un cine (el suyo) que da preminencia a las historias frente a la mera técnica.

No hay comentarios: