17 febrero 2007

FANTASIAS ANIMADAS DE AYER Y DE HOY (6)

Hablábamos ayer de nuevos tiempos para la animación con Steve Bashki y su gato caliente. El sexo empezó a introducirse en el cartoon. Los años setenta son fecundos en lo concerniente a la transgresión de géneros, partiendo siempre de una visión desmitificadora y a menudo burda de un material de origen.
La pornografía tuvo su momento dorado con el advenimiento de una industria muy fuerte, paralela al Hollywood tradicional, además surgieron salas de cine que proyectaban exclusivamente cine para adultos. Con la aparición del video muchas de estas películas pudieron pasar a los hogares del público de una forma cómoda, tendiéndose finalmente a una normalización tan agradecida como fecunda en cuanto que muchos de los directores del porno hicieron gala de una imaginación que hoy parece haberse perdido en una standarización consumista. Asi se recurrió a las versiones hardcore de clásicos de la literatura universal (Blancanieves y los siete enanitos, Pinocho, Alicia en el país de las maravillas...), de los dibujos animados más blancos (Popeye, Betty Boop...) o de los éxitos comerciales del momento (la respuesta al Jaws de Spielberg se llamó Gums). Un director tan considerado como Gerard Damiano, el padre de la seminal Garganta Profunda recurrió a las marionetas (los muppets tan inolvidables) para darle una nueva vuelta a la tuerca del sexo explícito (y de paso, asi otorgándole con mayor justificación todo el sentido del humor característico que desprende su cine más personal). Surgió su Let my puppets come (1975), que aunque no la protagonizaban los Teleñecos (faltaría más) si que en muchos aspectos parecía una versión after hours de cualquiera de sus shows (incluyendo la combinación de marionetas con personajes reales).
Un caso parecido es el de Chuck Vincent, cineasta minoritario que a estas alturas permanece en mí como una incógnita. Buscando en internet información encontré un director de cine pornográfico (tradicional) del mismo nombre que bien pudiera ser mi homenajeado de hoy. En cambio, repasando su filmografía no aparecen los cortos de los que yo quería hablar, con lo cual y ante la duda, prescindiré de dar datos biográficos que puede que no le correpondan. Y si por el contrario, ese Chuck Vincent fuera el mismo (el que en los años setenta encumbraría como estrella al gran Ron Jeremy), entonces sería obligado afirmar que su legado en el cine de animación iría pues parejo al de su compañero Damiano.
Vincent no utiliza teleñecos. Su mundo es el de las Barbies y los G.I. Joes, los juguetes para adultos, los dildos y las váginas artificiales y un sinfin de material de tienda erótica. Para el director este tinglado fetichista debió ser el máximo exponente de la artesanía norteamericana del siglo XX, objetos que aun no entraban en los museos pero que sabían rendir una función clave en la mesilla de noche de cualquier ciudadan@ medio de su país. Con Le Toy Shop (1.979) y No Strings attached (1.981) alcanzó el cénit de su bizarría.
Le Toy Shop es una obra maestra del porno fantástico. La acción arranca con el propietario de una tienda de juguetes cerrando el local tras una jornada de trabajo. Es cuando sus habitantes cobran vida dentro de un carrousel tan extravagante como alucinado. Tal vez sea en el apartado de juguetes para adultos donde la imaginación depravada de Vincent se dispare con mayor irreverencia. Los muñecos despiertan a golpe de erección. Por ejemplo, la de un GI Joe consigue romper la caja donde va embalado. Un sátiro observador que es una cabeza grotesca modelada en arcilla revoluciona el ambiente que ya es imposible detener en la sucesión de polvos entre Barbies y Kents con bigotillo a lo Tom Of Finland con fondo musical del combo de consoladores The Daffy Dills (que actúan en vivo y en directo para amenizar las bacanales). Luego soplará hasta terminar por formar una enorme muñeca hinchable que alcanzará, en su gigantismo terrorífico, calidad de puta ciclópea. En un simil bastante descabellado de la psicoanalítica vagina dentata, la ogresa va destruyendo a cuanto macho diminuto va encontrando. Y lo que sale a su paso en modo alguno la satisface eroticamente. Al intentar chupar la polla de un Big Jim negro se la arranca de cuajo con sus colmillos de tiburona. Los tanques de juguete inutilmente se ponen a la retaguardia. Un ejército de pollas orientales se cuadran e improvisan un ataque que lo único que provoca es que aumente su ira. Hay referencias a la Guerra de las Galaxias, con el ataque de una nave de Darth Vader con un capullo incrustado en el centro. La muñeca hinchable está que trina, de su coño cueva surge un escorpión muy feo. Entonces entre varios Gi Joes se opta por una solución drástica y que pasa por la búsqueda de un rival a su altura. Hinchan como pueden un muñeco sexual y se la folla. El momento del orgasmo es tan a lo grande que se produce una explosión que destruye la totalidad de la tienda de muñecos.
No strings attached es un corto más convencional, en tanto que su historia es muy simple y arquetípica: un matrimonio formado por una Barbie morena y su Kent achulado se despiden de mañana. Ella queda en la cama, el no regresará hasta la noche pues va a tener un dia de duro trabajo. Al poco unos repartidores del supermercado le traen una caja de galletas. Pasa uno de ellos a la cocina. Ella al subir la escalera para guardarla pierde el equilibrio y cae encima del repartidor ( hunde directamente su coño en la cabeza del otro). Empieza un menage a trois al unírseles el negraco que había quedado en el coche. En lo mejor del polvo irrumpe un elemento fantástico: de una nube un extraño ser se introduce en la habitación de los folladores. Un ser que al bajarse los pantalones luce doble polla. La housewife encantada se coloca en posición dejando a los otros maromos in albis. A esto retorna el marido pero por la magia del mirón de turno (de nuevo la cabeza modelada en arcilla de Le Toy Shop) es transformado en una enorme vagina, peluda y viscosa. El final son unos chorretones de sustancia cremosa y en abundancia (parecida al yogur griego) por parte de todos los concurrentes que disponen de pene.
Desde luego, este tipo de experiencias han quedado como un material insólito y francamente saludable, visto el panorama de la pornografía del siglo XXI. El mito Barbie adquirió con Chuck Vincent dimensiones insospechadas que muy pocos directores del futuro osarían retomar. A no ser la utilización que le dio (totalmente distinta pero muy interesante igual) el director Todd Haynes en su ópera prima The Karen Carpenter Story (biografia extrema de la famosa cantante de soft rock de los setenta, escrupulosamente diseccionada a través de un universo de casa de muñecas, en clara alusión a la futilidad y manipulación dentro del mundillo de la industria de la pop music).

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