11 febrero 2007

DIRIGIDO POR... FA

Richard Oswald y Anders als die Andern (1919) : Sufriendo cual perras con collarines de oro


A partir de la Primera Guerra mundial el cine alemán produjo una larga serie de filmes de corte didáctico y que trataban de poner al corriente a la sociedad de los peligros y bondades de la sexualidad. Amparándose en el pretexto educativo y casi siempre bajo la supervisión de doctores expertos en la materia, el aluvión de temas relacionados con las enfermedades venéreas y derivantes sexuales (homosexualidad, ninfomanía, prostitución...) terminaron degenerando en una dinámica donde el sensacionalismo brilló con luz propia. Aquello se conoció como Aufklärungsfilme y tuvo a un buen representante en la figura de Richard Oswald. Aliado con la asociación que prevenía el contagio de las enfermedades venéreas, realizó un filme sobre el tema que fue modificando hasta su ampliación al término de la contienda al favorecerse de la eliminación por entonces de la censura. No contento con el gran rendimiento que dio en taquilla la cosa de los genitales purulentos, se atrevió con el insólito hasta la fecha tema de la homosexualidad.
Anders als die Andern
fue un filme si se quiere atrevido aunque visto en la actualidad parece conformar una visión analítica que se eternizaría por los restos. En la mayoría de los casos, sus múltiples ejemplos posteriores se explicarían por simples cuestiones atávicas. La recuperación de este material de colecionista que la compañía KINO nos trae dentro de su excelente colección Gay theme Films of the German Silent Era parte de la única copia encontrada hasta la
fecha y que ni siquiera se mantiene íntegra. La original fue destruida por los nazis a partir de su ascensión al poder a principios de los años treinta. Se subsanan los metros que faltan (casi la mitad del celuloide filmado) con fotomontajes congelados y didascalias que resúmen lo perdido. Visto el panorama, no evita que se pueda dictaminar un comentario desfavorable en torno al tratamiento que Oswald dio de la homosexualidad. Esto es: un mensaje muy ambiguo que vacila entre la normalidad forzada y la conmiseración ante un ser inferior (sean las razones que sean). Asi su protagonista (Conrad Veidt) es un hombre hipersensible, un artista del violín que se enamora de su pupilo (un jovencito demasiado coqueto para que nos lo tomemos en serio) hasta que, de repente, el drama surge cuando es descubierta la relación de amistad infinita de los dos por un tercero (un mal bicho, gay a todas luces aunque se cobije dentro de la mayoría social) que no duda en chantajear al músico hasta extremos delirantes. La relación de la pareja acaba con el profundo malestar moral de un muchacho que ve como la pureza que la sustenta se ve manchada con un nombre muy feo. Mientras, Veidt se hunde en la depresión al presentir que algo parecido al amor entre hombres nunca va a funcionar de verdad. Con el tiempo, el chantajista reaparece, en un efecto bastante sorprendente (problemas de metraje incompleto), al Veidt contratar sus servicios sexuales (¿no habrá más hombres raros en la tierra que tiene que acabar recurriendo al canalla?), pues ve irrefrenable su instinto por los de su sexo. El otro sin amilanarse un ápice le roba una gran cantidad de dinero. El trato carnal queda irresuelto. Hay un juicio y resulta ganador el artista, pero su vida ya ha quedado sentenciada con la marca de la verguenza. Pierde todos los contratos para las actuaciones y finalmente se suicida.
Nadie le quita al filme de Oswald su calidad de pionero, pero tambien es verdad que sus bases más perniciosas de igual modo
se van asentando, como antes señalé, para quedarse largo tiempo cual lacra o sambenito del colectivo: así el carácter exquisito del homosexual (en eso también diferente de los otros, la otra sensibilidad), la tragedia de un hombre atormentado, asfixiado socialmente por sus apetencias (la loca inconfesa y mártir) y el desenlace trágico se irán repitiendo durante décadas cada vez que se afronte el espinoso temita de marras (incluso en los años sesenta, un filme con características similares a éste como fue Victim (1.961. Basil Dearden) parecía evidenciar que muy poco habían menguado los dolores del maricón universal). Sinceramente, no entiendo porque los nazis renegaron de la película, debería ser de visión obligada para que los jóvenes supiesen lo que les esperaba si cogían el camino torcido de los sodomitas. Porque lo eran: ahí está ese remedo de beso, esas caricias por detrás del cuello, las miradas de tensión sexual... y ese alucinante descubrimiento del petate en el paseo de la parejita por un parque vacío, amarrados del brazo como dos señoritas decentes.
El remilgo y la
suntuosidad que se gastan estos pobres desgraciados será recuperado muy pronto por Dreyer en su también recomendable (quizá más) Mikaël (1924). De nuevo, el tópico del homosexual propenso a las artes mayores se pone de relieve en una obra que estiliza hasta lo barroco la figura del diferente. Con todo, y volviendo al Anders, la interpretación asombrosa (y ya expresionista) de un primerizo Conrad Veidt se torna festín para degustadores de los numeritos psicológistas. Es, sin duda, el acto de implicación brutal de un actor que en realidad era gay y que con el tiempo (Caligari aparte) sería uno de los más perfectos villanos del cine norteamericano (en su caso, un luciferino de campeonato).


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