04 febrero 2007

DIRIGIDO POR... FA. 

Fred Niblo y SEX (El beso de la mujer araña)

Fred Niblo fue un buen artesano que durante los años veinte se puso al servicio del melodrama pasional con gran eficacia. Goza además del reconocimiento de ser el firmante titular del mejor Ben Hur del siglo pasado (el que protagonizó Ramón Novarro, y de cuya dirección se responsabilizó también Charles Brabin y el segunda unidad Reaves Eason, autor de la gran secuencia de la carrera de cuádrigas). Aparte de su quehacer en la edificación del mito Valentino (Sangre y arena, Los Cuatro jinetes del Apocalipsis) y en contribuir a que el mago Fairbanks llevase sus fórmulas sobrenaturales a la gran pantalla ( La marca del Zorro, D'artagnan) será en el terreno de lo pasional donde más indagaría.
El signo de la vamp podría bien quintaesenciarse en sus trabajos con la Garbo (The temptress, The misterious lady), pero este tipo de icono bien pudo comenzar en su largo ciclo con Ennid Bennett (su segunda mujer y la protagonista de diez títulos de su filmografía). Si bien la mayoría de ellos se circunscribían al género de comedia costumbrista, el tratamiento que Niblo buscaba en la figura de la mujer ya era a todas luces diferente al del hombre. Poderosas sino emancipadas, dispuestas a sobrevivir ante la adversidad y, ante todo, más juiciosas que el varón. Además, en alguna del ciclo Bennett aparecía una tremenda como Barbara Lamarr, capaz de hacer perder fulgor a la señora Niblo a causa de sus llamativos desmanes.
Son los años en los que la vampiresa arrasa en el cine. Theda Bara y otras arpías de armas tomar degradan desde lo kitsch la femineidad a través de cauces sublimadores, en los que el Mal pasa por la destrucción del macho, poco más que un pelele cuando la pluma de la diva le roza la lívido.
En Sex (1920) no vamos a encontrar escenas pornográficas, de trato carnal, de genitalidad obvia. Y a pesar de ello, de no ser un ejemplo de ese tipo de verderismos que le gustaban tanto a Alfonso XIII sobre nuestros pícaros abuelos, le va bien el título. Pues el sexo, su influencia demoledora, es el eje de toda la historia. Una historia que protagoniza la olvidadísima Louise Glaum que arranca la década de los veinte como la gran competidora de Theda Bara en estos papeles. Es una matrona que no se sujeta por lo tanto al canon de belleza femenino que está al caer (el de las nínfulas menuditas). Ella pertenece a la vieja escuela. La que sin el it es capaz de magnetizar. Porque su gran arma es el sexo que subyuga (arma milenaria, ancestral). En especial, a hombres casados. Y desde un escenario de Frivolinas de Nueva York las cosas parecen verse distintas. Louise actúa disfrazada de araña, aparece desde lo alto del escenario posada en una gran red que ella misma ha tejido con paciencia de intrigante. Es un recurso tópico, no muy sutil pero sigue resultando eficaz. Louise enreda a un playboy ante los ojos atónitos de la corista amiga. La esposa del individuo descubre el petate y va a hablar con la vampiresa. Esta no se averguenza de la situación. Es más, le planta cara con chulería, decisión y hondonadas de humo de cigarro. Cuando aparece otro hombre en su camino, un millonario espléndido, no duda un momento en dejar al anterior en la estacada (compuesto, sin esposa y sin amante). Pero la historia se repetirá con consecuencias más retorcidas, pues la propia corista con las lecciones bien aprendidas se lo robará a ella al borde del altar. La película finaliza con una sobrante redención a cargo de la pecadora en alta mar, justo a bordo de un trasatlántico de lujo. Mientras en el salón del barco se celebra una gran fiesta (una de tantas para ella) la arrepentida se conforma con contemplar el horizonte en clara metáfora de misticismo cristianoide. Tal desviación puede entenderse como forma de reparar algo el escándalo que generó el filme, con múltiples problemas que tuvo Niblo con la censura. Problemas que carecían de fundamento y cuyo motivo más entendible era su propio título, en verdad directo. No hay nada de inmoral en la cinta, a no ser la complacencia atractiva de un personaje negativo en extremo y que carece de remordimientos en sus acciones amorales. Es más, hay un regodeo a traves de detalles tan sencillos como el tintinear de un collar, la manera de fumar y de beber (con placer) o de moverse que sentenciarían a la devoradora a la pena de insalvable. Pudiera ser osada, por original, la breve escena de conversación en la cama, muy bien interpretada. Pero de ahí a justificarse minimamente el revuelo armado hay un abismo.
En la carrera de Niblo aún estaba por llegar la Divina y sus pecadoras arrepentidas (o simplemente castigadas con la soledad o la muerte, vamps de best seller que la actriz volvía atípicas gracias a su mimo interpretativo). En más de un aspecto, Louise antecede el prototipo en sus aspectos erógenos. Y hasta si tiramos más del hilo de la red de araña tambien premonizaría a la Lola Lola de Sternberg (o sea, El angel azul marlenesco, que a su vez sería Evelyn Brent en rubia walkiria).

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