01 febrero 2007

CALENDAR BOY.
El chico de febrero



BOBBY KENDALL

Bobby fue Pan. Bobby tuvo un mentor llamado James Bidgood, que lo sacó de las calles y lo introdujo en su estudio fotográfico. A menudo iban a un club gay neoyorquino que el artista había decorado personalmente y allí Bobby (que era seudónimo) se sometía a las ensoñaciones surrealistas de su descubridor.

Bidgood enloquecía en aquellos momentos. Fotógrafo poseedor de un fino erotismo, consistente en una morbosa hiperrealidad, siempre huyendo hacia mundos de fantasía que él recubría con colores excesivos, deliberadamente kitsch.

La época del pop art es decididamente hedonista, y hacia ella camina el artista con su pigmalion sublime. Un efebo al que introduce en un mundo de sátiros y chulos, de nenúfares y naturaleza fauve en una complaciente parafernalia de los sentidos. No se obvia el S/M, el fetichismo tópico y la ensimismación hacia el tirano Kendall.


Y asi nace Pink Narcisus (1971), un poema erótico en honor al chavalillo de la calle. Introducido en un mundo extravagante, cuyos cromatismos llegan a alcanzar un grado de fascinación increible, va moviéndose con lentitud mientras la cámara recoge hasta la extenuación cada mílimetro, cada pliegue, cada curva del hustler.

El objeto del deseo elevado al cubo. Bidgood aporta su bagaje como experto en male art (revistas de fisioculturismo, cortometrajes de la AMG, ciertos autores undeground: Smith, Anger, el seminal Chant d'amour de Genet) para quedar transformado en un cuento feerico en el que cabe Alicia y cabe Puck. La spagnolade y la mariconadita.

Pierre y Gilles en los ochenta se mostraron deudores de su arte, sólo que estos horteras galos se quedaron con los aspectos más epidérmicos de Bidgood (cromatismos violentos, poses vamps, revistas de moda).

Lo que más me apasiona de Pink Narcissus, que repito que es Kendall honrado como santo putón, son los momentos más terrenales, o si se prefiere, cuando la deidad adolescente baja de los altares y aporta un toque humano.

Asi su odisea en los báteres y lo que allí aconteció (planos de auténtica filigrana y que rayan la pornografía), la búsqueda callejera del cliente que solicitó sus servicios y, desde luego, la incorporación de toques escatológicos aunque sublimados por el esteticismo queer del autor: Kendall hablando por teléfono (de oro) con el cliente mientras se saca una carraña de la nariz para guardarla a continuación en una cajita preciosa de motivos orientalistas (¿estará ese cofrecillo del tesoro a disposición de los mortales en alguna subasta de Ebay?).

Pink Narcissus es droga dura en pleno siglo XXI. El sueño de una noche de verano a mayor gloria de una paja demasiado pompier. Son unas nalgas como dos burbujas desde infinitas perspectivas (cubiertas, semidesnudas, aireadas al fin), unos labios carnosos y bien perfilados que comen dejando comer, un pene adolescente que tarda pero que al fin llega (hay más penes, se tributa al falo- gran lacra del colectivo- y al obrero o al hurí que lo porta). Es Kendall en un canto de amor efectuado por un fotógrafo emplumado con el que compartiría varios años de relación. El poster del mes.