03 febrero 2007

ALBUM DE CROMOS SUEÑOS DE JUVENTUD

Cromo nº 32: FRANKIE DARRO (1917- 1976)

La larga pervivencia de Frankie Darro en el mundo del cine y la televisión es mirada por los estudiosos con asombro y respeto. Y más teniendo en cuenta que cuando en los libros aparece su nombre viene siempre en la
sección de niños prodigio. Lo cierto es que hasta la fecha de su fallecimiento, con casi sesenta años, estuvo trabajando en pequeños papeles, cuando muy lejos quedaban sus momentos más cándidos de la infancia: los del período del cine mudo.
Frankie Darro era un ser especial. Diminuto, no liliputiense pero casi, que sabía hacer poquitas cosas (no era un Donald O'Connor, ni mucho menos un endiablado Mickey Rooney) pero las pocas que sabía las hacía muy bien. Por ejemplo, era un jockey de primera, como acróbata era muy ágil. En el terreno dramático fue uno de los niños que hici
eron llorar más a las plateas, sin por ello tener que desgañitarse hundiendo el hocico en las pechugas de orondas matronas o volverse insufrible en las muecas que significaban pucheritos, como otros. En lo romántico, (entiéndase: al aumentar esos diez centímetros definitivos que le separaron de la cuna para poder dormir en camas de metro y medio), no le hizo falta pasar por el trance del sentimiento amoroso al confinársele demasiado a menudo en westerns de serie B en los que, por supuesto, él no era el caballista titular, sino el acompañante del héroe, el que le ponía las espuelas a tiempo, el que le gritaba vuelve pronto, solitario cowboy (del cual, huelga decir, no se enamoraba, por lo menos oficialmente).
Las aptitudes gimnásticas del mozito le venían de herencia paterna. Era hijo de trapecistas de circo. Lo
llevaba en la sangre. Exhibirse en público, igual. Su infancia sino en una carpa transcurre en una roulotte. De hecho el nació en un tren, camino de alguna localidad en la que asentarse como compañía. En una estancia en California les surge al padre y a él la posibilidad de introducirse en el mundillo del cinematógrafo. Su padre como doble de acción, el pequeño como protagonista en filmes de escasa calidad. Muchos de ellos permanecen en el anonimato, al haberse perdido los negativos. Puede decirse que los tres mejores momentos del niño Frankie fueron Little Mickey Grogan (1927), que le permitió ser casi un infante de comic a lo Mickey McGuire; The circus Kid (1928), que le iba como anillo al dedo al desempeñar el rol de un huerfano que huye de la inclusa para enrolarse en un circo (Frankie a esas alturas ya veía poco a su madre, que se acababa de divorciar del patriarca) y, como anécdota, The devil and the flesh (1926) con la Garbo, en un instante emotivo en el que baila con ella en medio de un tumulto.
Con la irrupción del cine sonoro, la carrera del chavea se interrumpe momentáneamente. Es de suponer que por el miedo que los productores tenían en general a las voces de sus empleados. Y más aún tratándose de niñ
os (chillones y farfulleros per se).
El parón no fue largo y en 1.931, después de algunos westerns con Tom Tyler, retorna al cine en los más diferentes géneros (del horror turbio con John Barrymore
y Boris Karloff en The mad genius, al drama romántico de The sin of Madelon Claudet). Y, por supuesto, con sus largas estancias en las verdes praderas, con o sin mascotas, pero casi siempre a lomos de un adecuado corcel (adecuado además a sus características físicas. Su crecimiento no se le notaba por ningún lado, asi que los caballos por lo general se acercaban más al estilo pony). Amigo de Rin Tin Tin e hijo, de Harry Carey, de Will Bill Hickock... con todos y en todas las situaciones era un puro nervio. Se le veía ilusionado en su trabajo y asi, por lo tanto, las ofertas no cesaron.
Mención aparte merece un extraordinario drama del gran William A. Wellman titulado W
ild boys of the road (1933). Inédita por estos lares, es un ejemplo espléndido de cómo la corriente realista estaba adquiriendo peso en el cine de Hollywood. A un pie de lo gangsteril, Darro da una interpretación impresionante como adolescente que va del pueblo a la ciudad en busca de trabajo (su intención es ir a Chicago, pero terminará recorriendo varios Estados hasta llegar a Nueva York).
Lo importante es todo, no nos fiemos de la optimista locura de niño bien que se gasta al principio (casi una p
rolongación de las frivolinas de los años veinte): ahí está la desesperación de un padre maduro que ha sido despedido de su trabajo de años, la voluntad de Darro de largarse sin pasta teniendo que ir de polizón en innúmeros trenes... Claro que lo más emotivo será ese largo viaje, en el que irá conociendo a compañeros en igual situación homeless hasta formar un curioso grupo de delincuentillos nómadas, casi una comuna (activa, no okupas parasitarios sin más intereses que su micro cosmos autista) que apenas guardan respeto a la autoridad. Se trata de subsistir como sea, por encima de todo Orden: nunca la anarquia adolescente, o al menos las ideas proletarias juveniles salieron tan claramente a la luz (en mucho, moral y estéticamente, tuvieron que ver los rusos en ello).
Wellman filma con un brio, un ritmo, un pulso que deja al espectador sin aliento (y sentimentalismos, los mínimos). Es la trepidación del cine norteamericano en su grado máximo. Aprovechándose de las delicias del pre-code, se exhiben burdeles de tapadillo, se denuncian violaciones en los vagones de los trenes, se muestra el chantajismo del hombre adulto que utiliza al menor para fines delictivos (el falso sueño americano dentro del mito de la Gran Manzana), incluso se bromea con un simple culo femenino que al reclinarse se transforma en mesa camilla, idónea para el azote pícaro.
Y Darro, como cabecilla de la rebelión, sin más armas que unas piedras emerge como una dignísima versión J
unior del admirable James Cagney (hasta en la forma de fruncir el ceño para indicar mala hostia lo calca). Por no hablar del excelente, pero ya veinteañero, Edwin Phillips, en la parte siempre más hipersensible del conjunto al ser el tullidito del grupo (la escena de la pérdida de su pierna es lo mejor de un filme en el que se hace difícil encontrar momentos superfluos). Las relaciones de camaradas que mantienen Frankie y él son tan estrechas, tan remarcadas, incluso situándose muy por encima de esa presencia femenina en ningún momento alterante (es más, esa Suzie se pasa toda la película travestida en golfillo y a un mismo nivel que sus compañeros: era un niño más) que no podemos más que pensar en ambiguas significaciones (no acabaron en beso, como el final de Wings, primera de las obras maestras del viril Wellman allá por el mudo, con Richard Arlen y Charles "Buddy" Rogers osculándose con toda naturalidad, pero poco les faltó a aquellos pimpollos que se alejaban en el happy end, apoyándose uno en el otro: Frankie era la mejor muleta del pobre Edwin).
Wild boys of the road deja en pañales cualquier Rebelde sin causa que venga luego. Aqui entendemos las circunstancias a la perfección pues estas parten de los motivos más primarios (la búsqueda de alimento), sin psicoanálisis de pijínes caprichosos ni leches.
Un año después lo vimos en un curiosísimo filme de Frank Borzage (No time for glory), junto a un reparto de pre adolescentes que formaban un curioso ejército en lucha con una banda callejera rival. Lo disponían de todo: destacamento, uniforme, banderas y, sobre todo, principios y camaradería. Estaba basado en la novela autobiográfica de Ferenc Molnar (The Paul Street Boys) y por momentos esos sentimientos castrenses de fidelidad hasta la muerte, de rigidez en el mando, de pasión viril aspiraban a una versión teen de Adios a las armas. Darro estaba supeditado a secundar a los más llamativos menores Jimmy Butler (conmovible en sus lágrimas) y George P. Breakston (por que enfermaba y moría en sus brazos). Los toques excesivamente melodramáticos, especialmente en la parte final, eran salvados por el habitual sentido de la espiritualidad de Borzage. Y sabiendo que muchos de aquellos mocosos que jugaban a la guerra por los estudios de la Columbia, seis años más tarde estarían embarcados en una de verdad.
En sus incursiones urbanitas Frankie fue colega raterillo de Cagney niño en The Public Enemy (1931), pisó varios reformatorios: Reformatory (1938) y Boys' Reformatory (1939) y cuando llegó la segunda guerra mundial, en vez de ir a luchar al frente (es de suponer que no pasó la revisión por no dar la talla) se hubo de conformar armando trifulcas a pie de calle, ayudado por otros muchachines en armas contra bandas rivales (Junior G- Men of the air). El caso es que el niño ya tenia treinta y cinco años y seguía aceptando papeles de quinceañero (golfillo, estudiante o repartidor de periódicos, basicamente).
Sin embargo nuestra historia debe terminar abruptamente (recuerdo que estamos en una colección de cromos que glorifican la infancia y pubescencia), termina digo, cuando en la década de los cincuenta aceptó meterse dentro del inolvidable Robby, el robot de Planeta Prohibido (que no era ET, pero aún así era un artefacto de hierro bastante pequeño). Rompió esquemas, el cromo se tornó atracción de feria. De nuevo, recuperó su faceta circense por medios insospechados. El hándicap de su altura se tornó solución agridulce. Sin duda que el filme es inmortal, pero pensar que dentro de Robby (aunque no fue el único) iba aquel niño eterno, no deja de tener memoles. Rooney jamás hubiera aceptado.

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