23 febrero 2007

ALBUM DE CROMOS LATINO MOZOS

Cromo nº 9: ANTONIO SABATO (1943- )

Pobre Sabato, con lo guapo y playboy que fue y que con el paso de los años haya tenido que claudicar para
ser simplemente el padre de su Junior, ese modelo chulazo cuyos únicos valores (aparte de su cara y de su físico apoteósico) han sido los de lucir (divinamente) ropa interior de la marca Calvin Klein hasta el agotamiento (porque eso aunque no lo creas, tambien debe de desgastar muchísimo). Lástima de Senior, que tuvo su década de fama en los sixties (por lo menos en España sus spaghetti westerns se estrenaban puntualmente en cualquier cine de barrio). Ahora ya sólo es un fantasma del pasado, un invisible en Internet (y el que no aparece en la red de redes es como si no existiera). Tecleas su nombre y abarrota enlaces ese vástago (que visto su curriculum artístico, Testosterone aparte, es como para cortarse las venas: basicamente putos telefilmes de acción basados en hechos surreales) . Tampoco su padre es que gozase en su tiempo de obras maestras pero a larga resulta mucho más entrañable. Además también estaba como un queso, no tan musculado como el hijo pero si que era todo un latino cañón. Por eso está en mi colección de cromos. El único italiano de la serie, por cierto.
Al ser un italiano extremo, o sea, un siciliano, corrobora ese extraño (y racista) mito del semental primario, asalvajado y machista, todo lo que se presupone a cualquier latino mozo del celuloide internacional. A pesar de su más que evidente parecido físico con el jóven Brando (aunque con menos masa corporal) mantenía intactas unas características propias de su tierra: rizos a tutiplén, rasgos muy pronunciados (esa boca gra
nde), ojos expresivos y maliciosos... Calcaba el modelo de campesino del Sur que tan bien inmortalizó en instantaneas el fotógrafo alemán Konrad Helbig en la década de los cincuenta.
En cambio los papeles de los que disfrutó el hermoso no fueron de sucesor de Vallone, de popolano de neorrealismo tardío. Antes bien lo suyo fue el hiperrealismo (cuando no surrealismo) de los oestes de andar por casa. También en los setenta se introdujo en la moda del giallo (de ambientación contemporánea) y en los film
es de mafiosos (a raiz del exitazo de El Padrino, vuelta a los años veinte, a los trajes a rayas y al sombrero calado), y por viajar en el tiempo, hasta se colocó un absurda pelliza de animal prehistórico y orientó el reloj hacia un millón de años atrás en la no menos burda Quando gli uomini armarono la clava.
En cierto modo s
u carrera reviste ciertas similitudes con la del también italiano Giuliano Gemma (sin haber pasado por el peplum como el otro, que era un poco más mayor) en tanto que ambos fueron actores de la serie B, o sea unos todoterrenos, amoldables al subgénero de moda.
También es curioso que el lanzamiento de Antonio, viendo lo que vino luego, hubiese sido en cambio tan rimbombante, tan a escala mundial. Y es que su debut viene de la mano de John Frankenheimer en Grand Prix (1966), típica superproducción europea de la
época, de ambiente cosmopolita (Monaco) y reparto internacional (Yves Montand, James Garner, Eva Marie Saint) con la omnipresente carrera automovilística de marras aburriendo a los muertos (la larga duración de la cinta se debe en buena medida al excesivo metraje que se llevaron las carreras de coches de los cojones). Como carta de presentación para Sabato fue excelente, una gran oportunidad. Lo emparejaron con una deliciosa François Hardy, paradigma de la belleza salut les copains (tenía la mocita una primera aparición maravillosa: la cámara enfocando a sus largas piernas de huesudas rodillas) a la que conocía en una fiesta ye yé. La chica no quería bailar, ni beber ni fumar (no era una antipática, simplemente reafirmaba una personalidad calcada a la de su vida real- aunque pop star, tan indomeñable como una Greco de la chanson- y que sus más fans ya conocían) pero terminaba enganchándose al impetuoso corredor. El romance poco les dura, pues como francesita que es tenía el suficiente coraje para plantar de manera civilizada al pesadito Sabato, ya que tanto coche le aburría mortalmente, además acababa de conocer a un americano que la quería llevar a Grecia de espeleóloga. Y al vanidoso Antonio no le quedó más remedio que mandarla a la mierda también, sin sutilezas claro. Asi se quedaba compuesto, sin novia y finalmente sin el gran premio (lo ganaba James Garner).
Este debut en el cine a gran escala no i
nfluyó nada en su futuro como actor. A pesar de que se parecía algo a Brando (tenía una escena incluso en la que llegaba en moto a la fiesta, con chupa de cuero y vaqueros, muy salvaje) no terminó en Hollywood imitando al genuino. Además Burt Reynolds en esa época ya usurpaba mejor esa mímesis física. Sabato lo que hizo fue integrarse en el filón Leone y asi lo vimos en innumerables spaghetti westerns (Odio per odio, Llego, veo y disparo, Al di lá de la legge, Dos veces Judas...) tan parecidos los unos a los otros como gotas de agua. Repartos integrados por alguna figura norteamericana de capa caida junto a actores europeos de segunda fila, violencia y humor mezclados en bruta combinación y mucho delirio más o menos copiado de los filmes de Leone. Para Sabato debió al menos ser estimulante poder compartir escenas con un Lee Van Cleef o hasta con el primer Klaus Kinski en su sempiterno papel de sádico villano.
En La monaca di Monza (1969) abandonó los decorados de Cubedo y Galicia (cuando las vaqueradas limitaban con
Almeria) para introducirse en un convento de clausura en lo que era una avanzadilla de lo que vendría en la siguiente década: la nunsploitation (monjas salidas intramuros). Tuvo buena química con la eficaz Ann Heywood y poco más. Consiguió un pequeño papel en la también subidita de tono (en cualquier caso el sucess d'escandal típico de aquel final de década) Certo, certissimo, anzi...probabile (1969) que si por algo se la recuerda es por su reparto plagado de bellezas (la Cardinale, la Spaak, Robert Hoffman, John Phillip Law...) y el equívoco homosexual surgido entre sus componentes masculinos. Una tonteria curiosa y tan pasada de moda como el mini hit sociológico Je t'aime moi non plus.
Cuando se vistió de cromagnon fue para hacerle el amor entre zurriagazos
a la siempre imponente Nadia Cassini en el filme antes citado Quando gli uomini armarano la clava e...con le donne facero din-don (1971), astracanada al socaire del relativo éxito de Campanile Cuando las mujeres tenían cola, con Gemma en el reparto de gruñidores salidos. El resto ya se comentó al principio de este post: algún giallo imitación del estilo Argento, unos cuantos títulos mafiosos y un eternizarse en el cine italiano más execrable. Como nota curiosa figura en su filmografía un título pintoresco rodado en España por Romero Marchent y que se titulaba El clan de los nazarenos (1975) en donde el siempre insoportable Javier Escrivá era un fraile que pierde la fe y decide recuperarla saliendo del monasterio y aliándose con una banda de delincuentes juveniles, para asi recobrarla mediante el castigo posterior. Sabato estaba imponente como el kinki de turno, además con el aliciente de verse rodeado de bellezas insobornables de la talla de Alexandra Baxtedo y Sandra Mozarowski. Con todo, era un rizar el rizo de la mediocridad de los tiempos.
A principios de los ochenta se fue retirando. Pocos años después fue cuando su descendencia dio q
ue hablar. Era una época diferente a la suya. En cambio la fama como concepto sigue siendo lo mismo, una bobada igual de caprichosa y efímera. Un caso similar de relevo injusto sucedió tambien con Fernando Lamas, oscurecido en los ochenta por su hijo Lorenzo. Hoy ya nadie da un duro en cambio por el rey de las camas. ¿Lo dará alguién en breve por el rey de los calzoncillos?.

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