20 febrero 2007

ALBUM DE CROMOS JAMONCITAS FIFTIES

6. DEBRA PAGET (1.933- )

Un nuevo caso de indefinición en una hembrita (o hembraza, según gustos y por la propia evolución física de la susodicha) que pudo haber sido una gran estrella si se hubiese mostrado más clara. En eso fue como la mayor parte de las chicas de esta colección: una criatura híbrida, que se cansó de ser ingenua y, de r
epente, al volverse tentadora despistó al personal. Para entonces, ya era demasiado tarde: se le había pasado el arroz de su década dorada (que huelga decir, fueron los años cincuenta). En comparación con las otras jamoncitas , ella sí que fue popular en nuestro país, gracias a que sus principales películas fueron todas estrenadas en España. Y aunque sólo los más cafeteros se quedaron con el nombre, su presencia sigue siendo entre los nostálgicos sin pretensiones muy familiar.
El mal de Debra fue su madre, carabina atroz, antigua corista de pluma y paillete, que decidió seguirla a sol y a sombra, siendo su manager personal a riesgo de cuantas meteduras de pata fueran posibles de cometer en tan
corto espacio de tiempo. Justo el que le duró el contrato con la Fox. Permaneció en ese estudio siendo una alarmante jóven promesa que no acababa de cuajar por más que la pusieran en grandes éxitos comerciales. ¿Cual era el problema?. Basicamente el repetirse en el rol virginal, de incontaminada.Y aunque en esos papeles estaba muy bien y era lindísima, el gato se lo llevaba al agua la apasionada y la pecadora. Y aún sin rivales posibles, sola con su dulzura no llegó a la altura de una Dolores del Río en Ave del paraíso (1.951), remake del mismo título del clásico de King Vidor protagonizado por aquella deidad azteca.
Con todo, era enamorable. Igual que en Flecha Rota (1.950. Delmer Daves), indiecita de quien se prenda el rostro pálido James Stewart, quien tendrá un buen aliado e
n la excelsa figura del indio Cochise, o sea Jeff Chandler y todo su supermachismo a flor de canas.
Debrita de aspecto saludable, idóneo para cierto
rousseaunianismo de andar por casa (o por tierras exóticas). En sarong o con tamba, turn of the century o a la moda medieval como en El príncipe valiente (1.954. Henry Hathaway), donde ya empezó a tener las de perder frente a las macizas con pinta de estatua gótica, como Janet Leigh que en aquel cuento (o, mejor dicho, comic de Harold Foster) era Aleta. La Paget era su hermana y confidente, inútil en eso último pues la Leigh ya tenía la suficiente experiencia como para ganarse el corazón de un Val interpretado por un Robert Wagner en agraz. Y la moza volvió a perder al ir de damisela del caribe en La mujer pirata (1.951. Jacques Tourneur) y encima tener la osadía de competir por el machito dulce, siempre tan galante y francés Louis Jourdan, con la imponente Jean Peters (de quien la horrenda Geena Davis habría tenido que aprenderlo todo si quisiera haber sido una filibustera como Neptuno manda).
En la Fox seguían vién
dola vestal, así que aceptaba los caminos no mancillados con el beneplácito de su señora madre. Y como aún daba coletazos el virus de la Orientalia, Debra se vistió de odalisca en Princess of the Nile (1954) para vivir un romance con el blandito (pero igual de hermoso que ella) Jeffrey Hunter. Y fue cristiana de escapulario en Demetrius y los gladiadores, que era la segunda parte de La Túnica Sagrada y en la que salía ya Mesalina, que aunque la hacía la inapropiada Susan Hayward era Mesalina... y se llevaba la función, porque contra esta dama romana, por muy petarda que sea, no hay cristiana que valga.
Imparable con su himen de oro (por lo menos no olía a putrefacto como el de Doris Da
y) soportó que Elvis la amara en silencio (o por lo menos arrullándola con su balada inmortal) en Love me tender (1.956), primer vehículo para el rey del rock, en lo que fue un western mediocre de pasiones no correspondidas con el intringulis de los lazos fraternos. Tuvo su primera oportunidad de despegarse de la etiqueta al pasar a la Paramount en la colosalista Los diez mandamientos (1.956), del sabio erotómano Cecil B. De Mille. Más guapa que nunca pudo evolucionar en un personaje que empezaba de aguadora que nunca rompió el cántaro y que terminaba pecadora por acoso (de Edward G. Robinson, aquí en su labor de sádico con látigo). Si su evolución estaba bien cogida, no importa lo más mínimo, pues el larguísimo metraje justificaba cuanto cambio psicológico fuese pertinente. Además, a la moda nilótica vista por Hollywood lucía fenomenal, y como cortesana adoradora de fetiches con pinta de becerros de oro, estaba empalmable. Una Paget ya mujer parecía despertar al pecado. Fue entonces cuando llegó Fritz Lang para reverdecer las glorias hindúes que tan bien había vendido la bailarina La Jana en los años treinta. Tanto El tigre de Esnapur (1958) como su continuación, La tumba india (1959) hicieron recuperar el antiguo brillo del genio germano, dando así por concluida una carrera monumental tal como la había empezado: en la aventura exótica. A efectos de este post, interesa la presencia de Paget en un insospechado rol de mujer fatal, bailando semi desnuda para la cobra más salida que el cine hubiera filmado desde aquella en que la Montez le había hecho aquel meneíto a ese bicho tan fálico en La Reina Cobra (1.944). Pero la labor de Debra en los filmes del alemán no se ceñía a la zoofilia dancística, ya que su papel contaba con muchas secuencias más, asi que su cortedad interpretativa (inexpresiva ella) no importó demasiado en tanto que quedaba suntuosa como parte del decorado. Pese a todo, para el siglo lo que trascendió fue su baile erótico, puesto que de alguna manera se había reencarnado en su progenitora que, como apunté al principio, venía de la revista y el burlesque. A principios de los sesenta emprendió la retirada. Tan sólo los amantes del ciclo Poe / Corman la recuerdan en dos títulos de la serie (Historias de terror y El palacio encantado).
¿Hubo escándalos en su vida privada?. Casi ninguno, salvo sus veintidos días de matrimonio con el director de westerns Budd Boetticher. Un record de fugacidad. Todo lo contrario de su recuerdo, que será eterno. El de una presencia tanto dulce como tentadora. De intenciones incomprensibles, pero siempre un placer para la vista.

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