19 enero 2007

SEMANA ESPECIAL FAUNA DE WC

Mis memorias del retrete (5)

Para Richard, Krisper, Elías, Pincho, Mike, Angel, La Plata Plata y los demás.

PICADEROS CON CISTERNA

La irrupción de los drogatas supuso un pequeño/gran conflicto para la sarasa tópica. Era marginalidad que se introducía en el ghetto no para invitar al viajecito colectivo, sino para sacarte de tu cuchitril y largarte a la calle de mala manera ante la premura del chute. Malos vecinos siempre fueron unos y otros, sin darse cuenta que la marginalidad iba implicita en ambos frentes. El borderío de unos frente a la excesiva temerosidad de otros consiguieron en muchas ocasiones momentos de extrema tensión. Desde mi posición de observador la figura del puto yonqui me resultaba atractiva. Me repugnaba desde luego la intransigencia de los comentarios con respecto a nosotros, pero dentro de mí, sabía que aquella cerrazón escondía un profundo desprecio por la humanidad en general ante su situación nefasta. El yonqui insultaba, procuraba ofender sin presentir que sus comentarios se ponían de parte de la aparente "normalidad" de la sociedad mayoritaria que era precisamente la culpable de que hubiesen acabado en un pozo tremebundo. Esa incongruencia siempre procuré llevarla desde la conmiseración y la benevolencia. ¿Ibas a explicarle tú de que William Burroughs, el pope de la heroína era un pedazo de maricón?. Imposible. Mis razonamientos con más de uno nunca parecían hacer efecto. Así que procuraba que minimamente fuesen civilizados a la hora de utilizar el sitio de picadero, pues allí cabíamos todos. Ni yo les tenía porqué meter en los ojos una enculada ni ellos tenían porqué enseñarme sus hermosas venas ya que, por lo general, dentro del cagadero tenían la suficiente luz para encontrarlas. Porque jeringuillas traían e imagino que muchos las compartieron hasta principios de los años noventa. Sus algaradas a grito pelado (tres o cuatro en una misma toilette) parecían propicias para lo intercambios indiscriminados. Con la debacle del Sida, la hepatitis y la tuberculosis el yonqui de aguja, el clásico, mi favorito empezó a venir sólo. Sin duda que hacer diferencias radicales entre nosotros y ellos, sería erróneo. Empezando porque drogadictos somos todos. Sexo, cultura, tabaco, alcohol, deporte... hay donde elegir y a todos toca. Después, porque yo mismo compaginaba en el retrete las drogas semi blandas con el acto sexual. Asimismo conozco a varios fijos del mariconeo que antes de irse con nadie sacan papel de plata y aquello empieza a oler muy bien... De igual manera, el problema del alcoholismo entre los del gremio, algo ya apunté ayer, es muy grande. Y, finalmente, porque muchos yonquis entienden o sino deben entrar por el aro del entendimiento al verse obligados a la práctica de la prostitución masculina como medio para conseguir sus dosis habituales.

EL YONQUI TE QUIERE
Es más que seguro, que cualquier fumador de chinos pueda, si lo buscas, dejarte estar con él un rato para que te satisfagas con su cuerpo, si es que te privan esos prototipos. En mi momento de observador impenitente desde el exterior, compartí respetuosamente el lavabo público con muchos jóvenes enganchados, atractivos pero ya con visos de anorexia que poco a poco, dia a dia, iban abriendo un poco más la puerta donde estaban metidos para mirarte inquietantemente mientras tu los mirabas a ellos. Recuerdo gemidos morbosos de alguno cuando te veían mear, o cuando te bajabas algo el pantalón enseñando un poco de carne. Hubo uno que miró por el glory hole y al verme con el culo al aire soltó un sugerente: Bonito culo. Existía un pequeñajo pero bien formado delincuente que era terrible ardilla en los atracos en la capital, pues acostumbraba a trepar por los edificios con gran pericia. Tuvo su momento de gloria en las crónicas de sucesos a nivel local. Era muy habitual en el gran báter. Cada vez que entraba ponía patas arriba el lugar, mareaba a la de la limpieza con sus quejas y borderíos y se mofaba desde dentro de las mariquitas viejas que escapaban raudas. A mi, en cambio, llegado un punto, no me doblegaban su impertinencias, estaba harto de que tuviera a raya a todo dios. Pues bien , era verme y suspirar. Era quizá yo bajarme el pantalón y hacerme como un loco señas con el pie por debajo de la puerta... Yo me limitaba a tantear el panorama de la peñita así, nada más. Y algo está claro: si venían donde nosotros y no se refugiaban en su picadero privado (que lo había) era por algo. Entablé una pequeña amistad con dos. Uno era guapo, de una belleza muy morbosa. Me hablaba de su chica, del hijo que no conocía, de la mierda de mundo y demás tópicos del yonqui que se averguenza de serlo (adoro al drogata antisistema, el que desearía acabar con este puto Estado que ha destrozado a toda una juventud por sus propios intereses: la generación de la heroína. La droga de fácil adquisición para mantener al rebaño doblegado). Nunca le propuse nada. El, en cambio, en más de dos ocasiones quiso hacerlo conmigo. Hacía chapas por quinientas pesetas. A mi creo que me pidió unas irrisorias ciento cincuenta. Le sonreí, se las di y lo dejé allí. Tenía a un amigo tambien muy sexy, más carnoso y con miras a una posible reinserción (terminó trabajando de repartidor en una empresa). Yo lo conocí en su fase más chunga. Era un tiradillo de retrete. Pero me gustaba y quería probar su reacción ante un simple lance en forma de conversación inventada pared contra pared. Al escuchar mis obscenidades frente a un receptor imaginario con el cual yo simulaba compartir la estancia, salió de su cuchitril y empezó a llamar al mío. Evidentemente sabía que era yo el que estaba allí. Y quería hacerlo.
El yonqui que te desprecia, en el fondo pondría su agujero para que se lo explorases. Nunca me metí en esas envergaduras, pero no me disgustaba que se pudieran producir. Recuerdo yonquis exhibicionistas de lo suyo: abrían la puerta y con la aguja puesta se hacían los Nosferatus para que los mirases. Eran unos notas que disfrutaban con sus posturitas. También los había moribundos, que tan pronto entrabas los veías tirados en el suelo, en un charco de sangre y con la cara blanca y la mirada perdida. Entonces les dabas unas bofetadas con ganas y se reanimaban por arte de birlibirloque. Te daban las gracias por salvarles la vida y adios muy buenas.
También está Fernando, que es tan maricón como drogata. Somos vecinos, el es de buena familia y aparentemente es una excelente persona. Tras rondarme mucho un día estuve con él. Poca cosa. Su polla ni la toqué, era el aparato más retorcido que había visto nunca. Se declaró pasivo, yo le dije que no traía condón, me hizo una felación y un beso negro y nos despedimos. Con el tiempo, y después de haberlo rechazado un par de veces y de ignorarnos mutuamente unas cuantas más, reapareció con sobrepeso y sus mismas malas compañías de siempre. Pero se le ha puesto un culazo al muchacho... Lo encontré una media tarde en el interior de unas galerías comerciales, con sus cachibaches. Le saludé, le pregunté si estaba esperando a alguien. Me dijo que no. Le toqué el culo. Durito y suave. Se bajó el pantalón. Nunca había visto unas nalgas tan escandalosas. Quería follarlo como fuera. Me invitó a su casa. No quise ir. Nos citamos en unos lavabos de un aparcamiento. Hasta allí fuimos. El bajó primero. Yo esperé cinco minutos en la calle y acudí a su encuentro. Llamaba a su puerta pero el estaba a sus cosas. Dijo que esperase. Me largué, no quería molestar.

ATRACO A LAS TRES
Buena y mala gente. Su enganche es lo primero. Y el atraco a punta de navaja es vital cuando el mono es muy alto. Entonces las mariquitas se quedan sin cartera y sin pantalones pero con la misma cara de damiselas tontas de siempre.
Sufrí dos atracos bastante amorfos. La plata plata (una tía increible, bandolera de cuidado) que irrumpió en el retrete estando yo solo. Llevaba una camiseta de atrezzo manchada de sangre (para impresionar). Me puso un cuchillo en el pecho y me pedía eso... la plata (que para algo es una cheli). Yo no tenía nada. Me mandó sacar mi reloj de Bazar Hong Kong. Le dije que me lo diera, que era una mierda. Me lo devolvió y cerrando la puerta soltó un: No se te ocurra decir nada (muy peliculera ella). Sentí que se metía en el retrete de al lado.Al cabo, salía del recinto. Iba vestida completamente distinta. Muy graciosa. Jose, el chapero y ella se conocían. Terminamos una vez los tres compartiendo una euforizante sesión de coca, gentileza de su casa.
En otra ocasión, estando yo con el viejo de las tetas dieron una tremenda patada a la puerta.Yo abrí sigiloso. Lo primero que ví fue un pedazo de arma blanca de veinticinco centímetros y otra mano que tiraba de mi para sacarme de allí. Un mal bicho me pedía el dinero, pero yo no había cobrado mi servicio todavía. Asi que al ver al viejo, me soltó y se llevó su cartera (y mi salario) no sin antes forcejear ambos un ratillo. No lo denunció. Es patético el miedo que existe por el qué dirán en la comisaria. No me extraña, por un lado. La mayoría es gente casada que vienen a mariconear y si un delincuente es llevado a juicio, a saber lo que se inventa. No lo sé. Hay tíos muy descarados. Y muy violentos, por supuesto. Pero de ahí a soportar vejaciones..., pues como que no.

continuará mañana

No hay comentarios: