18 enero 2007

SEMANA ESPECIAL FAUNA DE WC

Mis memorias del retrete (4)


EL RETRETE COMO PORNO STUDIO (Bacanales y cañerías)

Cuando empecé a coger confianza, cuando ya salía del interior del retrete y saludaba a dos al azar entonces las cosas adquirieron tintes de normalidad muy apreciada entre los del ambiente. Pero no charlaba con ninguno de los fijos, si lo hacía era con los esporádicos, los que sabía que venían de afuera o no estaban, en mi apreciación ingenua, tan baqueteados. Apoyado en la pileta, cerca del secador siempre estropeado, veía entrar a la fauna de siempre que se mezclaba con los heteros que venían a cumplir con la función primigenia por la cual había sido creado el establecimiento público. Pero el cancaneo era tan mayoritario que muchas manos volaron en pos de mi paquete con la celeridad del rayo.
Yo era afortunado. Siempre uno lo es cuando se tienen pocos años. Escogía, creía saber escoger. Decidí que los más jóvenes eran prioritarios. No debían ser extremadamente hermosos (pues me provocaban rechazo, de igual modo yo se lo provocaba a ellos al notarme despreciativo, si en algun momento de su odisea sexual tenían a bien fijarse en mí), tampoco deberían ser muy gays ni vestir idiota como hacen los Jesús Vázquez de turno. Las lecturas maudits (Pasolini, Genet, Burroughs...) orientaron mis gustos hacia los especímenes más duros y marginales. Que tirasen a futbolistas de barrio o a mala gente... Reparé en los bichiteros, en los casi delincuentes que venían a aprovecharse de los viejos. Me pirraban los maduros muy agrestes también, que llegaban de la montaña, no sé si en mula o en autocar, con hambre de muchachito, cansados de joder con la cabra, oliendo a vaca y llevando algunos siempre el pantalón de tergal (ese que anudaban con un vulgar cordel de atar cartón) manchado por la delantera con marcas de leche (y no precisamente de res). Si la calentura era grande y la prisa se unía al morbo de poder ser pillados in fraganti improvisábamos una sobada en las piletas. A lo mejor se unía un tercero y entonces aquello se llamaba trío hasta que yo desistía porque normalmente uno de los otros dos me interesaba bien poco.
Recuerdo un trío así con un fenomenal ejemplar de presidiario y un pendejo bien dotado pero nada atractivo en el interior de un cagadero. Yo si había accedido a entrar de tres es porque me interesaba el preso. Y me lo imaginaba de esa condición por su gran tatuaje en el superbrazo con una tía en bolas y porque era muy peludo y su cuerpo tan fibroso como lo suelen tener los habituales del Gimnasio Rejas. Los que nunca pisarían la trena de Powertool y si la de El Pico. Era mi ensoñación ideal: ser sodomizado por un infraser así. En cambio el otro tipo me jodió buena parte del plan, pues constantemente me trajinaba el ano aprovechando que yo estaba inclinado fela que te felarás. Tras comerme el ojal muy bien procedió a introducirme el cipotazo. Yo lo rechazé abiertamente. Al incorporarme me deleité un poco en el torso del chulazo sobando y merendándome sus tetonas, ideales para apagar cigarros en ellas. Pero el otro era una especie de mosca cojonera que hizo imposible mi estancia allí. Me salí y los dejé a los dos que se las entendieran.
Hubo otro remedo de trío a mi gusto, hace muchos años, entre gentes de mal vivir que no funcionó al estar uno de los otros dos pasadísimo de cerveza. Venían directamente de los suburbios a follar maricones. No les faltaba de nada: monumentales falos, piorrea aguda, morbo en la mirada... El que no funcionó sigue sin funcionar pero en su tiempo (finales de los setenta) era de los chaperos más temidos.Temidos porque al huir todos de él al no llegarse a un precio concreto optaba por el robo a punta de navaja. Conmigo siempre quería pasar un rato, tardé en fiarme. Cuando vencí a la tentación ya era demasiado tarde: el gualdrapa sufría una impotencia precoz que le hacía patético y poco peligroso. Pero cuando se traía a un colega de la banda, más brioso y jóven entonces yo no me podía resistir y les mostraba mis poderes. La vez que estuvimos los tres fue más o menos así: mientras el jóven por detrás me trajinaba el otro parecía languidecer en un sopor abyecto. Le susurraba al compañero: Fóllatelo, tiene un buen culo. Mientras el activo del conjunto respondía tembloroso: Y tú méale en la cara. Si, porque otra cosa no podía. Los borrachos tienen ese problema. Pero a mí son de los drogadictos que más me atraen. Recuerdo a un cuarentón muy sexy que venía con su botella de vino y todo. No daba tirado, sino el típico barriobajero bonachón que festeja el fin de año a deshoras. Mientras me comía la polla o el culo (uno de los que más bien me lo han hecho, por cierto) me invitaba a que echara un trago al porrón. Uhmm, irresistible. Siempre explicándome sus cicatrices. ¿Esta ha sido de un balazo, no?, le soltaba yo, medio en serio medio en broma.
Tengo miles de anécdotas con las gentes de mal vivir que dejaré para mañana, cuando toque hablar de la droga. Ahora sería conveniente citar mi rollito con un poli de esos de verdad, de pistola al cinto y coche patrulla. Que lo hubo. Un madero auténtico, no un poli local de esos que ponen multas (de estos hubo uno, pederasta irredento que a mis quince años me asaltó en un báter convidándome a ir con él a una mazmorra que sabía él, seguro que muy acogedora). El poli nacional era muy macho, bigotudo y pedorro. Con barriga razonable y pollón duro como la mejor porra. Sólo que su forma era peculiar, tiraba a pirámide de Keops boca abajo; es decir, gordísima en el capullo y luego se desinflaba en el tronco para casi desaparecer en su base. Era un macho terrible, digno de la mejor represión franquista. Ya dentro del báter con él, sólo quería darte por culo. Los primeros años de mi Resistencia Popular me cerraba en redondo. Entonces el hijoputa descargaba entre mis piernas de cualquier manera, manchándome la ropa de su pringue. Al cabo de un tiempo abrí las puertas... Y su estilo era brutal. La metía de cuajo, la retenía en mi interior medio minuto, sin moverse ni nada y la sacaba para desahogarse en el suelo. Ahí te dejaba, tirado como un guiñapo. El sexo de la Ley y el Orden era una tortura típica de comisaria de un estado democrático como el nuestro. Y mira que repetí yo con él. Agudizaba mi sentimiento masoquista (muy considerable) mientras con otros era yo el propio sádico. Con todo, sádicos había muchos entre el gremio. Alucinados obsesos por el fist fucking que a su vez gozaban poseyéndote mientras te apretaban el cuello. La sensación de que el macho está intentando estrangularte es completamente desquiciante: deseas que apriete mientras a su vez le pegas con fuerza puñetazos en el pulmón. Y entre medias, ensartado. Aquel puto deportista que tanto le placían esos momentos salvajes llegó a estar en mi cama. Es una pena que por entonces ya no tuviese la fusta que me compré en un viajecito a Segovia de adolescente, pues de haberla conservado, aquello hubiese sido una ejemplar sesión de disciplina inglesa. Amaba a aquel tipo.
Mis morbos más íntimos se satisfacían con regularidad. Había que estar a salto de mata. Nada más. Inolvidable fue el lento striptease que un lindo soldadito ingenuo nos estaba brindando a mi y a otros dos al ponerse a cambiar (se vestía de marinerito) frente al espejo del lavamanos. Casi llegué a descargar gracias a que había elegido el lugar como improvisado vestuario. Y mi querencia por los obreros de la construcción se satisfizo plenamente cuando me magreé con uno en su bungalow de la ropa. Si, las típicas casetas itinerantes. El tío no valía gran cosa, pero aquel ambiente era ideal. Hubiese preferido al que manejaba la excavadora pero ese día ya no trabajaba. Me contenté con preguntarle al bujarrón si alguna de las camisetas colgadas en las perchas pertenecían al maromo. No me respondió. Se limitó a correrse sobre el suelo de madera. Un escándalo. Dejar allí eso. ¿Qué diría el capataz?. Había otro que nunca se debió quitar el mono de trabajo, porque siempre lo recuerdo vestido de pintor. Una vez me llevó al taller y apoyados en un coche por arreglar comprobé sus artes con la brocha.
Por último, dentro de este rincón de bizarrerías entrarían los locos de atar. Una variante extraña y alucinada, que lo mismo te ofrecían una pastilla de la medicación como se ponían a cantar a grito pelado los grandes éxitos de Operación Triunfo (dependiendo del grado de pluma de cada uno).
Entre los primeros reparaba más intimamente, pues yo de pluma no entiendo. Reconozco que utilizaba para mi propio placer egocéntrico a aquel loco, interno en el psiquiátrico, que solía pasar sus horas libres en la capital distribuyéndose entre el barrio chino y nosotros. Conmigo siempre fue cariñoso. Me decía cosas bonitas y me comía el culo de manera golosa mientras se masturbaba. El correrse así, mientras su cara se hundía entre mis nalgas era para mí el mejor piropo. Luego vendría otro loquito que es uno de los personajes más pintorescos de la ciudad. Adicto al PP, gran entretenedor en las fiestas de los barrios, protector contra los cacos de mujeres que regentan tiendas, experto aparcacoches de los caciques gobernantes, el chalao se rendía literalmente a mis pies. Quería casarse conmigo (mucho antes de que Zapaterolo pusiera en boga todo este carnaval). El hombre es un friki, se duerme en los parques, acosa galante a las damas y quiere casarse conmigo mientras me toca el agujerito de maravilla. ¿Alguien da más por tan poco dinero?.

continuará mañana

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