17 enero 2007

SEMANA ESPECIAL FAUNA DE WC

Mis memorias del retrete (3)

CUANDO EL SIDA GOLPEA EN LA PUERTA DEL RETRETE
Ahora que me pongo con la moviola, recapacito y veo que el chico que acude en la actualidad al bater principal ocultándose y provocando la impaciencia de los veteranos está actuando de la misma forma que lo hacía yo por entonces. Que no se me ocurra por tanto mofarme de él. Sólo veo una diferencia, que yo a la edad de este veinteañero ya había salido al exterior a buscarme la vida mientras el permanece autista en su mundo raro. De todas formas yo a los veinte no podría decir que estuviera integrado plenamente en el ghetto. Apenas hablaba con nadie porque todo aquel batiburrillo de habituales me parecían lo peor de la especie humana. De tanto verlos no es que me hiciesen apreciarlos como si fueran parte de mi odiosa familia, es que al sentirme superior lo único que deseaba es que se murieran de una jodida vez de un sidazo.
Y con el SIDA hemos topado. Mi pánico a esa enfermedad era tan elemental que me cohartaba hasta extremos anti erectiles, no estaba con nadie a gusto.
No recuerdo quién fue el primero que dejé que entrara en el retrete conmigo. En cambio no me he olvidado del primero al que se la chupé. Me había hipnotizado el descomunal tamaño de su miembro, asi que en una calurosa tarde de ofuscamiento me agaché y me lo metí en la boca (afortunadamente el monstruo iba limpio, porque sino me hubiera traumatizado por una buena temporada). Yo ya había perdido la virginidad, eso ya lo he contado en la serie La semana del amor. Lo que me entusiasmaba de estos rollitos esporádicos era la aventura emocionante previa y, ya en el meollo, el maravilloso magreo de dos cuerpos que se retuercen, se exploran, se aman sin amor, el que no sale en las novelitas baratas. Muchos quisieron entrar en las profundidades de Maciste, pero yo temía al dolor en esos incómodos sitios. Además había otro terror mucho más reconocible, era un terror de moda al que antes he hecho referencia. Si, si: me acojonaba el SIDA. Se escuchaban rumores de gentes del ambiente que estaban ingresados porque tenían una cosa que en el fondo era ESO y NADA MAS QUE ESO. Fulanito ha muerto... Y los medios de comunicación, golpeándote cada sobremesa con la noticia del último ídolo del tecno pop infectado... A mi corta edad aquellos mensajes apocalípticos de plaga rosa a la hora de la comida hicieron tanta mella que incluso dudé del apendicitis de mi gran compañero Pedro, como ya relaté en su día.
Es por eso que muchos hombres que quisieron pasar a mayores vieron con sus intentonas frustradas al cerrarme en banda frente a una penetración. Y si se la chupaba me pasaba escupiendo saliva la siguiente hora y media. Era un adolescente estúpido y bastante ñoño. Supongo que la peña concluiría de mí que lo que me sobraba de ángel me faltaba de cachondo (pero yo cachondo era muchísimo: era una culebrilla revoltosa en brazos del amante).
Todas las precauciones eran en vano a la llegada de la estación veraniega. El derroche de colores, de sensaciones hacían mella en un muchachito en flor medio descapullada. Y como veraneaba en una gran ciudad costera, las ocasiones para la práctica del frenesí eran constantes. Báteres de estaciones de buses y tren, retretes- vestuario de playa, servicios de grandes superficies comerciales, la mítica sex shop del after hours... Había tantas oportunidades como peligros no conocidos. Hasta costaba trabajo ir de mirón pues en la gran ciudad atacaban por diferentes flancos sin tu casi enterarte. Imposible pasar desapercibido cuando eres crío y tiras a monín. Acabadas las vacaciones, con el otoño tiñendo de luto mi hábitat normal, aparecían los remordimientos... Y las preguntas. ¿Me habré contagiado..., porqué esta tos...?. ¿Me duele al orinar o estoy soñando?. ¿Y si algo de aquella leche que el cabrón dejó caer sobre mis muslos se hubiese colado por donde no debiera?. Era un tormento de inviernos eternos. Mis posibles confidentes estaban donde siempre: en los escusados habituales. Pero yo no podía confesarme más que con los amigos de clase, mis íntimos, los cuales por otra parte carecían de nula experiencia sexual. O como mucho, no eran unos saltimbanquis salvajes como servidor. Seguía sin querer comunicarme con un ghetto al que me negaba a pertenecer. Era incapaz de comprender como toda aquella tropa de carrozas podían estar empalmados a todas horas, sin haberse inventado aún la viagra, durante todos los días del año...Y, en cambio, prorrogaba mi fijación tras una conquista de chiripa de que en ese lugar terminaría encontrando a mi amigo ideal, el mismito que me acompañaría por los restos en mis sesiones de Filmoteca casera. Iluso de mí.
Cuando empezé a hablar en el báter, hablé por los codos. Fui de los tíos más populares por su gracia y bonhomía en el Inodoro Social Club. Aún hoy aparezco y todos me saludan, salvo esas tres excepciones que entraron en mi lista negra por méritos propios y unos cuantos invisibles eternos. Maciste es bien recibido tras su crisis sentimental con el chapero. Pues de puta madre. Que me pongan un monumento ahí, justo al lado de esa caca en horizontal.

ACEPTA ESTE BILLETE COMO MUESTRA DE CARIÑO
La posibilidad de recibir dinero a cambio de favores eróticos era algo que me fascinaba. Porque me permitía reproducir el juego de las grandes putas del cine a las que yo admiraba, ya que en el fondo las encontraba superiores al hombre, eran más bellas, más inteligentes y, aún por encima, ganaban grandes sumas en muy poco tiempo. Mi favorita era Catherine Deneuve en Belle de jour. Yo quería ser como ella y nunca como la Cabiria de Fellini, pobre payasita abnegada y sumisa, seguro que de misa los domingos. Además yo no quería tener chulo, eso está claro. Chulo era yo: chulo y puta a la vez, en fusión transgresora. En el fondo, yo no me creía estar prostituyendo. Si iba con maduros es porque esos maduros tenían buenas carnes que me satisfarían a la hora del magreo, o todo lo más la felación. Luego tu les ponías mohines ingenuos o les sonreías a lo colegial para derretirlos y en seguida sacaban de moneda o billetes (si eran espléndidos). Si daban, pues yo cogía. Sino, no importaba. Nunca pedía. Normalmente eran un regalito extra por lo bien que se había portado el nene. Una curiosa relación ambigua entre dos amantes de muy diferente edad pero ambos de polla tiesa y que parecían entretenerse usurpando los roles paterno-filiales de un incesto imaginario.
A los veinte años, con mi padre en el Cielo de los Medianos Empresarios y con mi madre viuda afrontando la crisis que le dejó su marido, el dinero escaseaba en el bolsillo de Maciste. En los urinarios, no me enriquecería porque no quise ahorrar. Pero hubo un hombre muy especial, que me colmaba una vez por semana de billetes como para abrir una cuenta de ahorros muy saneable. Con él no era Belle de jour, sino una mantenida algo pizpireta y sabihonda, mezcla de la Bardot y Jeanne Moreau (seguía fantaseando con la putain pop gala con ramalazos de courtisane de época). Cuánto hice sufrir a aquel hombre que me exigía lo elemental: mi semen. Pero, ¿cómo iba yo a eyacular con tanta grasa que tenía encima?. Prefería que se fuese él (y por su propia manita) mientras practicábamos una extraña modalidad homosexual del coito basada en comerle sus grandes tetas. Si: aquel viejo sentía un placer infinito cuando yo le pellizcaba los pezones, cuando se los comía o metía mi pene en reposo entre sus pectorales en una absurda cubana de reminiscencias hormonescas. Padecía el pobre infeliz de diabetes y su gordura era morbosa. Su culo era de señora mayor. Nunco lo penetré. ¡Qué miedo!. Pero a pesar de que nunca me corrí (salvo los dos últimos años, que yo alcanzaba el orgasmo dentro de su boca pensando en lo de siempre: gitanos que entraban a cagar tres o cuatro en un mismo retrete mientras yo esperaba afuera oliendo su fragancia) , a pesar de ello digo, el siempre fue muy amable (salvo si bebía, entonces en más de una ocasión su gruesa mano apretó mi cuello con odio de enamorado ofendido que hizo que temiera por mi integridad). Después de correrse sacaba la cartera y me daba mil pesetas. Si estaba de muy buenas hasta dos mil. Con el cambio del euro y ya con sus facultades mentales algo mermadas, una vez en un parking pude sacarle un billete azul. Asi que después de invitarme al cafe de rigor donde hablaba de su esposa, de sus hijos, de su nieta la díscola... me largaba con lo recaudado a librerias o tiendas de discos para gastármelo todo en cultura. Y hasta la próxima. Asi pasó un año, pasaron cinco, diez... hasta que mis celos porque Jose el chapero se iba con él y le daba más leche que yo nos separaron abruptamente. Acabé mal con este señor. Y después de un tiempo sin saber nada de él, me enteré que había fallecido. Me parece espantoso que su cariño verdadero hubiese acabado en nada. No estoy exigiendo parte de la herencia. Quiero decir que aquella relación tan estable, de caricias sinceras por su parte, en el fondo fue pura superficialidad que el tiempo y sus consecuencias irreversibles pusieron en su lugar. Con todo, su cariño por mí era cariño por muchos más. Con o sin billetes. Asi que corrobora mi teoría de que en un báter los príncipes azules siguen siendo ranas.
Si fui puta no fue mi intención. Era una tentadora manera de jugar a la inversa con respecto a los adolescentes de mi entorno. Mientras algún amigo de clase prescindía de ir conmigo los domingos por la tarde al cine por ir a los burdeles, yo en cambio el dia anterior juntaba algún dinerito, gracias a mi amor de Comedie Française, para ver una ansiada película de estreno.

continuará mañana

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