16 enero 2007

SEMANA ESPECIAL FAUNA DE WC

Mis memorias del retrete (2)


EL PRIMER MARICON, LA PRIMERA POLLA IN PROGRESS, LOS PRIMEROS PEDERASTAS
Empecé a reparar en lo que se cocía en estos ambientes a la tierna edad de doce años. Al salir del colegio mi vista se iba a la de un hombre maduro que todos los días ocupaba posiciones estratégicas muy cerca del parque infantil, justo por encima de sus urinarios (hoy ya cerrados). No sabía porqué me llamaba la atención aquel individuo anodino, al que con el paso de los años llegué a tratar por terceros (se llama Serafín) y que al hacerlo me percataría de que no me había perdido nada. Su insistencia en visitar las proximidades de esos lugares era asombrosa. Cuando Jose, el chapero y yo eramos uña y carne, el chaval le llamaba Serafín, el hombre sin fín. Ahora está viejo, pero no ceja ni un solo día en su peregrinaje, que sólo interrumpe para ir a misa. Si, es beato. De a diario. Una práctica muy extendida entre los de más edad y que nunca he conseguido comprender. Su apariencia nunca fue siniestra. Pero su voluntad indómita por estar conmigo o con cualquier jovencito (pues es menorero) consiguió enervarme más de una vez. ¿Es que a esta gente hay que gritarles, hay que darles dos hostias para que no te sigan, para que no demoren su marcha cuando lo ven a uno agonizando en un urinario?. Cansado quedé de torcer mi cabeza, de ponerle caras de perro. Nunca llegué a más. Y ahí seguirá. Hasta que le falle el sagrado corazón.
Mi ruta colegial a casa finalizaba con el paso, a horas ya poco concurridas de gente, por los báteres más a la vista que hay en la capital. Sin entrar miraba de reojo a su interior. A veces había alguien, a veces no había nadie. Recuerdo el olor pestilente que emanaba el quiosco ese, lo sigue teniendo. Se supone que no era una cuestión de higiene, pues el encargado de limpiarlo realizaba la tarea a diario un par de veces. Este buen hombre, que entiende una barbaridad, es uno de los personajes más atrevidos. Regenta el bar de al lado. Está con su mujer y sus hijos trabajando todos allí. Pues él no se corta un pelo en practicar el homerotismo de las miradas, de los flirteos cuando anochece, de sus gestos convidándote (aún a riesgo de que sus hijos lo cazen) a la bodega que tiene enfrente. Lo que más me fastidiaba era su insistencia, que alcanzó en una época cotas de extrema locura, cuando me ofreció que lo siguiese por un precipicio, que casi se mata porque en vez de agarrarse en la bajada, andaba sacando de cartera con la recaudación del día en el bar como queriéndome decir que el contenido podía ser mío. Era increible que tuvieran tanta paciencia conmigo... y yo con ellos, claro. Pero es que a mi si me gusta un bomboncito y me rechaza más de dos veces seguidas ya paso a otra historia. Y no molesto.
Los báteres del final de mi niñez. La primera polla en erección que vi la recuerdo perfectamente. Había sido en estos báteres. Pertenecía a un sexagenario fisicamente desagradable. Una mezcla entre Boris Karloff y el payaso Tonetti. Su pene en cambio era enorme, cada quince días o asi el se ponía en el mismo sitio, tan apartado del urinario que a trescientos metros desde la calle algo de esa carne fijo que se le habría visto. Con el tiempo decidí no volver a mirársela pues el hombre padecía una enfermedad de la pigmentación de la piel, a lo Michael Jackson y que le producía sobre el miembro una imágen de ulceración decididamente repugnante. El me ofrecería repetidas veces dos mil pesetas por estar juntos. Yo le preguntaba qué debería hacer. Corrernos los dos, esa era la respuesta. Y el dilema irresoluble. Desistí siempre. Sólo pensar en tocarle o que me tocase me provocaba escalofríos.

PUERTAS DESTROZADAS A BALAZOS (Glory hole Years)
Antes había más báteres donde liberar tus ansias de sexo. En mi caso, mis ansias de automasturbación dentro de un cagadero, sin más contactos con el exterior que un glorioso agujero en la puerta y que los anglosajones han definido como el glory hole. Al no haber estación de autobuses, las líneas de cada empresa se repartían por diferentes puntos del centro de la ciudad.Todas con sus respectivas cafeterías y retretes independientes. Era entonces el triunfo del morbo de lo rural, del ingenuo paletillo que se iba a la mili, que lo mismo te la enseñaba sin miedo, que se la tapaba poniéndote mohines encabronados. Y siempre los viejos. Era una fauna que terminé detestando, a pesar de mis poéticas palabras de ayer. La locura de los años ochenta se ha perdido para no volver más. Coincidía también con mi iniciación. Descubrimientos diarios. Captaba desde los agujeritos milimetricamente los comportamientos de todos y cada uno de los que entraban. Mi ojo verité se convertía en cámara excrutadora dentro del placentero juego del mironismo que el cine ya me había enseñado a degustar. El bizarro ritual del glory hole. Pintoresca manía del maricón que tan pronto ve una puerta íntegra, lo primero en que piensa es destrozarla. Era un invento cómodo y tan clásico como el ojo de la cerradura de las novelas de La Sonrisa Vertical. Esos primeros años yo no me comunicaba con nadie, no estaba con nadie. Yo era una incógnita que el sufrido pederasta deseaba cuanto antes desentrañar (de entrañas). El avance suave de muchos de ellos, empujando con timidez la puerta para acceder a mí, no lo revivo como un acto aterrador. Simplemente los pestillos me garantizaban cierta seguridad frente a sus ataques. Me limitaba a aguantar la respiración, taponando el glory hole con un buen trozo de papel higiénico. Papeles que muchas veces ellos empujaban con la uña para que cayeran. Ante la perseverancia de alguno, muy escogido, yo le invitaba a presenciar un espectáculo de strip tease digno de la mejor Lozana Andaluza. A mis dieciocho años me llegué a meter por el ano unos cuantos palos de escobón ante su excitación suprema que exteriorizaban batiendo la puerta o gimiendo desde afuera.
Eran las posibilidades del boquete en la puerta. Y las desmedidas ambiciones del erotómano enfermizo, que nunca estaba a gusto con el tamaño y buscaba hacerlo más grande, o por lo menos perforar en otro rincón estratégico, y en otro más... En el gran báter del rollo, se llegó a picar en la pared para comunicarse entre si los interiores de dos cagaderos. Sublime, pero también doblemente peligroso si querías guardar una cierta intimidad en el acto. A este respecto, nunca olvidaré lo agujereados que estaban unos lavabos de El Corte Inglés de La Coruña, en donde en los laterales podías directamente meter la polla o el ano, si asi te apetecía. Los agujeros enormes también me dieron mucho placer exhibicionista en una sala de juegos ya clausurada, en donde más de un muchacho gimió de placer al ver mis formas desnudas claramente desde afuera (y afuera estaba oscuro, pero yo encendía la luz de dentro, con lo cual el foco era sólo para la mega star).
Las pintadas de las puertas de los retretes siempre han sido un prodigio de ingenio y de crudeza verbal. Algunas tenían en ellas dibujos tan buenos que uno pensaría sino habría estado allí cagando, o parecido, un Primaticcio contemporáneo o Tom de Finlandia o Etienne. Algunos eran viñetas enteras, donde se desarrollaba una situación morbosa entre modelos peludos, bigotudos y musculosos, vieja herencia de los nunca ponderados del todo seventies. La sabiduría del trazo de unos genitales masculinos perfectos, alguna vagina ocasional (generalmente muy mal dibujada, hecha como con miedo o con prisas...). Recuerdo una vez haber empapelado una puerta de estas con fotos de una revista pornográfica. Estaba cansado de encontrarme revistas asi tiradas de cualquier manera. Deseaba decorar todo aquello como se merecía. Luego estaban los contactos, las frases, algunos insultos, ciertas apologías, los corazones y sus flechitas... Y aunque el mensaje político tambien entraba en el tópico graffitero (la pasquinate), lo que predominaba era el sexo y su lenguaje más procaz. Y a partir de ahí todas las variantes que uno imaginarse pueda. Las batallas entre homófobos y homófilos, algún straight despistado que solicitaba hembra, incontables cantidades numéricas que se entrecruzaban las unas con las otras buscando huecos libres como si de un crucigrama se tratase (cm. de polla, números de teléfono, matrículas de coches...). Búscame, encuéntrame, te espero... Llegué a adorar ese estilo directo y espontáneo. Aquellos reclamos sin ambajes ni rodeos. Los gustos más íntimos expuestos sin verguenza. También puse el mío una vez. Creo que decía: Lamo culos de gitanos, o algo así. Tal vez esta bella aberración no la practicaba de entonces pero es muy posible, no lo recuerdo, que el sólo hecho de escribirla ya hubiese servido para que eyaculase encima de sus letras. También en otra ocasión escribí una cita de Rimbaud, de su Temporada, claro. Y, por no ser menos, me declaré mitómano con pasaporte a las sex shops de Amsterdam, al honrar al semidios Jeff Stryker con un sentido: I love you, Jeff. You're bigger than life. Al cabo de unos días, debajo de mi mensaje aparecía escrito: Si, él es el mejor. ¿Quedamos?.
Impensable quedar. No había respondido Jeff. Si asi fuera, lo hubiese hecho en americano. Yo vivía en una irrealidad constante. Deseaba encontrar al mejor, al más guapo, al más fuerte, al más actor. Y allí sólo había gente vulgar, muy mayor, muy rara... Seguía fabulando a gusto detrás de la puerta, encerrado en un cagadero libre. Imaginando que en cualquier momento podría entrar Tom Cruise para enseñarme su juego favorito. En cualquier caso, remontarme ahora a esos primeros años de cerrojos pasados, en mi particular armario al exterior es como orientarlo todo a una Edad de Piedra en la que las puertas eran una suerte de Altamira para humanos simples y primitivos. Todo bastante patético en su cutrez.

continuará mañana

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