15 enero 2007


SEMANA ESPECIAL FAUNA DE WC

Mis memorias del retrete (1)

Qué morbo tan pintoresco este de los gays más o menos humanos buscando rollo en los cagaderos municipales. Parece formar parte de una tradición milenaria, que yo no he estudiado y que podría remontarse tranquilamente a las épocas de los guerreros tebanos, en sus fases de reposo, claro es. No lo sé. Ni me importa lo mas mínimo. No es cuestión de darle vueltas a las cosas buscando una justificación historicista que la mayoría de las veces no merece y que cualquiera podría explicar con cuatro palabras muy sencillas. El que varios tíos se junten en un sitio, para sacarse de polla muy apretados todos, con esas miradas que vuelan y tal, ya parece resolver el dilema del porqué de este porqué. Que los báteres públicos han sido de siempre (con Franco y sin él) pasto de maricas es de clamor popular. La insalubridad de muchos de estos antros, unido al acto nefando de darse por la carbonera ha dicho mucho de la falta de higiene en general de mi colectivo. Ahí estamos, entre cacas nadamos, entre manchones amamos... Per secula seculorum. Dirty love to the underground.
Hay quienes cuanto más sucio esté el antro más excitación consiguen. Otros, pitiminís insatisfechos sólo saben hacerlo en los edificios de oficinas, o en las grandes superficies donde siempre está más higiénico. Roca brillante, Roca partida en dos. El óxido de Roca.
Sanitarios con sangre. Cuando la droga se involucró en las sodomías... Uhmm. Muchas se aterrorizaron. Todavía hoy en día cuando entra un yonqui de la fumeta salen las fairladys disparadas al exterior. Temen al navajazo, al rollo chungo, al escándalo.
Historias de retrete que hubiesen encantado a mi ídolo Joe Orton, aquel inglés adicto a una tradición muy inglesa. Los mejores momentos de ese peliculón (pese al Oldman) llamado Prick up your ears son los que corresponden a esas bajadas a los infiernos nocturnos de retrete y tentetieso. Hubo un filme horrendo, alemán sin Fasbinder, que se titulaba Taxi al WC. En la penosa Basketball diaries hay una secuencia horrible de trato carnal en un báter en el que un sobreactuado De Caprio que es poeta chapero se somete a una felación por parte de su cliente que el actor, por sus ridículas expresiones faciales, transforma más bien en una metáfora de la humillación del macho obligado a prostituirse para comprar jaco (de ahí a identificar a la homosexualidad de retrete con una cámara de torturas, elevando el dolor moral -innecesario al desempeñar el rol de un personaje que en realidad era muy gay- a la mutilación de los genitales en el mundo occidental habría un paso dislocado). El Almodóvar del principio y el Eloy de la Iglesia de siempre sacaron cuando pudieron muchos báteres in action para que los cinéfilos entendidos (o no) se diesen cuenta de cuánta frivolidad hay por el mundo subterráneo. En el caso de De la Iglesia existe una fotografía suya, inmortal para mí, en la que aparecía a finales de los setenta dentro de uno, justo al lado de un cartel que decía más o menos: Se ruega que acabado el servicio se salga del recinto. Y es que una mariquita fuera de lo racional puede estar metida en un sitio de estos HORAS. Incluso hay muchas que parecen vivir allí, cual pordioseras del amor. No dudo en que el enganche al WC sea fuerte. Yo lo viví durante una época terrible. Pensaba que mi vida iba a transcurrir si no allí, en el de dos calles más abajo. En mis pésimos momentos me sentía incapaz de dejar aquello, porque me había sentenciado el ADN a cadena perpetua. En los momentos jocosos, desdramatizaba mi vaguería pensando que estaría mejor trayendo al lugar conmigo un sillón confortable, con libros y hasta una mini cadena musical para instalar in situ. Siempre hay chistes al respecto. Haber cuando nos ponen aquí una mesa camilla con estufita por dentro, porque en el invierno nos quedamos congeladas. O cuando llega la primavera, a alguna siempre se le ocurre el disparate de que se podían decorar las cuatro esquinitas con plantas tropicales o kentias art decó. Yo siempre optaba por un hilo musical a base de yeyé antiguo para la mañana y reviejas del blues para la tarde. Había un sudamericano de mediana edad que sabiendo que todo aquello había que cogerlo con paciencia se traía sus novelas de los Premios Planeta de turno y se las ponía a leer apoyado en la pileta de lavar las manos. Hubiese estado bonito que cualquiera de las fijas de guardia le fuese preguntando cada tarde qué tal iba la trama, sería un detalle original de Bocaccio improvisado ante la ruina iletrada del entorno.
Todas las bromas en el fondo tenían algo de serio. Pertenecíamos a un club (y hablo en pasado pues creo que llevo ya tiempo liberado del ambiente) de incomunicativos buscando nuestra propia asociación. A estas primeras alturas debo repetir que vivo en una ciudad pequeña, sin saunas ni bares (si los hay estos varian de una temporada para otra, y aún siempre con un público mezclado y heterogéneo que más que eliminar ghettos los acentúan al diversificarse en dominantes y minorías de manera amorfa). La mentalidad de provincias sigue por estos pagos siendo muy cerrada y, aunque las nuevas generaciones parezcan tomárselo con una mayor naturalidad, la realidad es que seguimos estando muy acomplejados y a merced del comentario despreciativo y/o humillante.
La fauna de WC creo que dará en las próximas jornadas mucho juego. En tanto que insólita y extraña, repleta de profesiones y esteriotipos. Es sexo rápido, a la desesperada, pero también la búsqueda incesante de un amor que nunca llega, en la mayoría de los casos. Entonces, cuando pasan los años y la mariquita va envejeciendo soltera y sin novio le queda el consuelo de toparse con unos semejantes con los que poder charlar bajito dentro de una cafetería sobre la posibilidad de llamar a aquel teléfono de contacto anunciado en el periódico de activo brasileño bien dotado para carrozas solventes, o acudir al partido de los domingos cual machos que siempre fueron o quedarse en los jardines cercanos como amapolas para polinizar mientras se reparten los piropos ante un chavea de buen ver que pase a su lado.
Aquí hay de todo, casados, solteros y divorciados, viudos y arrimados, con chulo al que mantener o con pareja de su edad. Qué entrañables los viejines que hacen manitas sin miedo al qué dirán pues el Parkinson los ampara, a la vista de cualquiera y enajenados en su Alzheimer no diagnosticado. Personajes que parecen no haber pasado un ayer tremendo, de Leyes de Peligrosidad Social porque lo que el instinto les pedía o se hacía en los montes del pueblo o sino se descargaba con la parienta. Hubo quienes jamás cataron hombre y que al enviudar optaron por coger el camino homosexual, que basicamente es igual que el otro pero a lo mejor más barato o más...fácil. Ellos no son conscientes de nada, no conocen de etiquetas, porque las etiquetas se las ha puesto una sociedad represora a la que incluso han pertenecido, pero que en su nueva situación no es que le hagan oídos sordos, es que el Sonotone lleva años sin funcionarles, por lo tanto todo les resbala. Sociedad represiva, aferrada a la desesperada al milenario machismo y al patriarcado feroz para no perder el poder, y que sigue sin ver más allá de su propia miseria moral. La libertad total a los ochenta, cuando ya no hay tiempo para las filigranas cameras y sí mucho para la caricia temblorosa, el roce de la piel arrugada y el beso baboso.
El báter y el tapadillo. Algunas de mis experiencias con los tíos más raros, más contradictorios, más estrafalarios... Características bizarras originadas por múltiples disfunciones psicológicas. Todos metidos en un mismo entrar y salir. Mezclados con los incordiantes, con las de la limpieza, con los policias y los ladrones. Banqueros y gentes de mal vivir, curas y comunistas, intelectuales y dawns, niños y momias... Un circo de humanos, de seres e infraseres, enfrentándose al sexo alternativo en un mundo a punto de cerrar por agotamiento extremo.

continúa mañana

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