09 enero 2007

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ALBUM DE CROMOS JAMONCITAS FIFTIES

CROMO Nº 2: PIPER LAURIE (1.932- )


Tienen algo de conmovedor todas las actrices de esta colección. El haber trabajado en una década tan dificil como fueron los años cincuenta (los años del canto del cisne del Hollywood de los grandes estudios y de sus multimillonarios contratos. Un Hollywood tozudo a la hora de claudicar, agarrándose desesperadamente al remake, al impersonator, a los nuevos sistemas técnicos que recuperasen al fin el viejo sentido del cinematógrafo como atracción de feria) suponía no aspirar más que a ser elementos circunstanciales de una enorme crisis que las relegaría demasiado pronto al olvido más absoluto.
Piper Laurie, al contrario de sus compañeras de promoción se retiró a tiempo, de una manera drástica (sin la histórica categoría de una Garbo, claro. Pero es que Garbo era una fin de race) para, en un efecto que entusiasmó a sus nostálgicos, reaparecer increiblemente turbadora a mediados de los setenta en un filme como Carrie, que si bien no le permitiría levantar estatuillas en los Oscars (porque el terror no gustan premiarlo los de la Academia) si que produjo el aplauso de sus admiradores de los años cincuenta.
El público de Piper Laurie era el más popular, el de la generación de los programas dobles, los que nunca pisaron una art house, adolescentes que gozaban con las aventuras orientalistas de Maria Montez, con las cabalgadas por las grandes praderas de la Warner de los vaqueros semi centauros o con las peripecias de una mula parlanchina apodada Francis, que era capaz de todo (si no llegó la acemila a la Casablanca es porque ya Reagan tenía reservada la localidad).
Piper de los ensueños eróticos. ¿Quién estaba más rica de aquella?. ¿Janet Leigh en Coraza negra o Piper en Su alteza, el ladrón?. Más de un@ diría: Tony Curtis, que salía en las dos películas. De gustos no hay nada escrito. Y más tratándose de aquel Hollywood que cuidaba al milímetro a sus reses, dándole siempre al espectador la mejor carne del mercado.
Piper era una rozagante pelirroja, típica vecinita de enfrente, que iba buscando su hueco en la gran pantalla por los caminos de la Universal. Fue damita gentil que acompañaba a Donald O'Connor en una de las aventuras de la serie sobre la mula que antes menté. Y aunque la tal Francis, pesada como la que más, era la verdadera protagonista de Francis goes to the races (1.951) el espectador de entonces se dio cuenta de que la belleza de Piper era muy superior a la de la titular. Afortunadamente, Piper ya había cumplido con su labor de alimentarla de heno (otras lo harían luego como la estupenda Patricia Medina o Elena Verdugo, por ejemplo) y ya que la productora seguía tirando del hilo de la fantasía Oriental, pudo embarcarse en un puñado de títulos que no hacían más que evidenciar que el filón de Alá estaba muy agotado. Faltar faltaba la imaginación al contar con unos guiones torpes, pero es que además ¿adonde habían ido a parar las pioneras, las genuinas Maria Montez e Yvonne de Carlo?. En este sentido, la buena Piper carecía de la hermosura majestuosa de sus maestras. Por contra, incorporaba cierto desparpajo para la práctica del cheesecake (exhibicionismo físico de la mujer), era muy simpática, sabía sacar carácter y lucía al mismo nivel que su galán, un Tony Curtis metido a golfillo con sangre regia, aún por descubrir. Curtis fue su compañerito ideal en varias cintas. Su alteza el ladrón (1.951) fue la primera. Luego en la misma onda estaba Son of Alí Babá (1.952) en donde Piper ya gozaba de privilegios de princesita de cuento (era la Princesa Azura). En cuanto a La espada de Damasco (1.953) volvió a repetir de princesa (Khairuzan, la llamaban), pero en este caso era salvada por el inolvidable Rock Hudson y una espada encantada. Ninguno de estos dos galanes pudieron trascender en la vida privada de la actriz. Rock era mucho Rock, y a parte de otra película que rodaron juntos (Has anybody seen my gal: comedia musical ambientada en la era de la depresión y en donde aparecía un figurante con frase llamado James Dean), no creo que compartiesen en privado más de dos tacitas de te. Por lo que respecta a Tony Curtis, cuando se tropezó con Janet Leigh, la Laurie desapareció.
El resto de la década de los cincuenta no vino cargada de productos de calidad para nuestra estrellita. Tal vez los mejores papeles se los llevaban las personalidades más contundentes. Carecía del magnetismo inigualable de una Marilyn, del físico original de una Audrey, de la explosiva vulgaridad de una Jayne Mansfield, de la versatilidad de registros de una Shirley McLaine, de la magia felina de una Kim Novak. Sus poderes se basaban en su sencillez y una afortunada modestia. Pero nada más. Fue providencial, en este sentido que Robert Rossen le diese el papel de la novia de Don Narciso Newman en El buscavidas (1.961), fenomenal retrato sobre una pandilla de perdedores dentro del mundillo de los billares. Se trataba de una disección de la filosofía del éxito tan cara a su cultura efectuada con un desusado realismo. Newman alcanzó su mejor papel hasta la fecha y la Laurie igual. Sólo que mejor, pues nadie hubiera pensado que aquella sultana en technicolor de antaño pudiese ser una actriz dramática tan espléndida. Estaba emocionante como la fulana enamorada de un despropósito y que hastiada de todo, al final, decide terminar con su vida de manera patética. Recibió una nominación para el Oscar, pero no lo ganó.
Poco tiempo después casaba y al venir los hijos decidió abandonar la farándula, retirándose para cuidar de la prole. Fue una elegante decisión, el fan no tuvo que pasar por el duro trance de verla en productos decadentes, cuando no execrables. En cambio, si que gozó de su resurrección. Fue en 1.976. Estaba casi irreconocible, pero el recuerdo de lo grande que había estado en El buscavidas se intuía en el filme de Brian de Palma con el que retornó. Hacía de madre de Carrie, muchacha probletica y dominada por la austera, terrible religiosidad (casi satánica) de Piper. La película no era gran cosa, en cambio provocó un montón de imitaciones a cual más penosa y que terminaron por quemar la posible gracia de los trucos de efecto del original. Pero si obviamos los toques más sanguinolentos, sobre todo de la parte final, nos damos cuenta de que Piper roba con clara facilidad escenas, y eso que debía enfrentarse a una siempre magnífica Sissy Spacek. De nuevo la nominaron para un Oscar y de nuevo lo perdió.
En los 80, algo etiquetada de mala de dimensiones épicas, fue una Lady Macbeth de producción barata y que muy poca gente vió. También aparecía en la serie de culto por antonomasia de la TV de esa década: Twin Peaks. Por lo que respecta a la pantalla grande, retornaría a su papel de madre con hija conflictiva y que la nominaría por tercera vez. Fue en Hijos de un dios menor (1.986), que como todos recordarán iba de una niña sordomuda muy redicha (y que por lo tanto ganaba el oscar. Su madre no).







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