02 enero 2007

¡¡¡NUEVO!!!
ALBUM DE CROMOS J
AMONCITAS FIFTIES

Cromo nº 1: TERRY MOORE (1.929- )


Con el nuevo año estrenamos otra colección de cromos bien sugestiva, pienso yo. Todos los martes vamos a rendirle tributo a unas cuantas señoritas que iluminaron los últimos estertores del sistema de estrellas ho
llywoodiense. Muchachitas que hicieron su pequeña historia en la década de los cincuenta, algunas estaban dispuestas a comerse el mundo, otras desde la discrección se colaban en los repartos, las más se lo tomaban con paciencia infinita terminando con la frustración de tener que conformarse en ser eternas segundonas en filmes comerciales, o si no, de cabeceras de cartel en series B ignotas. Prototipos y sucedáneas. Vírgenes puras y vírgenes ranas. Sex symbols para teenagers. Pin up's de segunda generación, deportivas y audaces, cantarinas o sosas de la muerte. En horror scope, technicolor o en blanco y negro. De todo hubo en las viñas de California. Morenas, rubias o de pelo panocha. Siempre risueñas y acogedoras. Espíritu USA cien por cien. Gran canto a la juventud a sones de un rock'n'roll dislocado. Bienvenidos al vergel sano de las féminas fifties. Las jamoncitas, como siempre las llamé.

Terry Moore fue una jamoncita a la que las productoras le dieron función multiusos. Fue de género en género, convirtiéndose poco a poco en un nombre popular, una pequeña estrella de discretos brillos pero de recuerdo entrañable. Desde bien pequeñita estuvo entre focos y cámaras. Fue modelo infantil y su primera película la rodó con diez añitos. Empezaba la década de los cuarenta y Terry ya se dejaba ver en cintas de la más diversa índole. Pero ni siquiera se llamaba aún Terry Moore. Nació como Helen Koford, aunque luego en los repartos aparecía (la última) a veces como Helen, o como Judy Ford o con el más encantador de todos sus nombres de tanteo, January Ford, un nombre artístico de purita pin up de calendario. Tambien apareció sin acreditar en filmes reconocibles del musical de los cuarenta (My Gal Sal). Y en clásicos indiscutibles como la versión de Luz de gas
de Cukor. Fue tan breve su intervención como importante para el devenir de la historia, al desempeñar el papel de la protagonista (Ingrid Bergman) a la tierna edad de catorce años.
No será hasta 1.949, cuando despunte seriamente desde la modesta productora RKO para lo que era a todas luces la más digna sucesora, o legítima segunda parte del célebre clásico del terror King Kong. Se tituló Mighty Joe Young y gozaba de la firma de Schoedsack-Cooper, los responsables del original de principios de los treinta. La secuela estuvo muy entretenida y Terry como scream girl muy convincente (ella había cuidado desde que naciera al gorila y al crecer empezó a dar problemas a gran escala).
Pese a los etiquetajes tan habituales en el cine norteamericano Terry no volvió a poblar la fantasía en sus siguientes películas. Como miembro que era del vergel de florecillas nacidas al socaire de la posguerra debió integrarse en un tipo de género familiar, de buenos sentimientos y reconciliaciones varias, que la reducían a secundar abiertamente a estrellas consagra
das (Mickey Rooney en He's a cockeyed wonder o Jimmy Durante en la navideña The great Rupert). Nada que no pudiesen hacer también compañeritas de promoción como Elizabeth Taylor, Mona Freeman o Anne Francis. De igual modo cuando frecuentaba el thriller o las aventuras o el oeste si era cabecera de cartel sus galanes por lo general eran demasiado maduros para ella ( Victor Mature en Gambling House, Robert Cummings en The Barefoot Mailman, Fredrich March en Man on a tightrope, Tyrone Power en King of the Khyber rifles). Tales problemas de desfases generacionales se fueron solucionando mediante dos tácticas: por un lado, relegándola a un papel de segundona frente a la pareja madura oficial y por otro lado, buscándole un galán ideal como ya venía haciéndose en esa misma década con otros duos más o menos potentes en taquilla (Rock Hudson-Piper Laurie, Tony Curtis-Janet Leigh, Tab Hunter-Mona Freeman...). El elegido fue el precioso Robert Wagner, con el cual, de todas formas, sólo rodó dos p
elículas: Duelo en el fondo del mar
(aventuras submarinas con actores que se hacían pasar por griegos) y Between heaven and hell, drama bélico ambientado en la segunda guerra mundial. Lo cierto es que formaban una hermosa pareja. Pero estaba sentenciado que Robert no iba a ser para ella, la productora ya estaba pendiente de unir al pimpollo masculino con Natalie Wood, un matrimonio fugaz pero que amortizó bastante en cuestiones publicitarias.
Mientras Terry se dejaba ver en filmes menores, a lo mejor con grandes directores en horas
bajas, su pasado de modelo reverdecía en un sin fin de trabajos fotográficos que abastecían a las revistas de cine y de moda. Sus posados en bañador o en dos piezas, con esa imágen ideal de americanita pura resultaron con el tiempo perlas para el coleccionista de material camp. El erotismo que nos proponía era del todo ingenuo pero muy agradable (por ejemplo, cuando se acogía al recurso de la piel de leopardo sobre la carne humana. Siempre es infalible). De todas formas aquella dulce californiana todavía sorprendió en 1953 al público más exigente cuando fue nominada al Oscar por un clásico teatral de William Inge: Come back, little Sheba (1.952). El experto en trasvases de éxitos de la escena, Daniel Mann la puso en imágenes con los eficientes Burt Lancaster y Shirley Booth, dramáticos hasta el límite. Era una historia sobre el alcoholismo en el matrimonio. Y Terry estuvo bien como la nueva vecinita que despierta en ellos afectos dispares. La interpretación de su vida. Pero ni ganó el Oscar ni a partir de ahí conseguiría papeles a esa altura. Hubo un buen thriller rodado en Inglaterra con ella de protagonista (Portrait of Alison), a pesar de ello al regresar a Hollywood tuvo que volver a conformarse con secundar a la pareja principal en el musical Papa, piernas largas (Fred Astaire y Leslie Caron, evidentemente).
Así fue pasando su década más productiva. Incluidos musicales para ídolos pop de un día y en pelis de reformatorios muy serie B (carnaza para rockers, en resumidas cuentas). Peyton place (1.957) fue su último éxito popular. El reparto era nutrido, tres generaciones se daban cita en aquel barrio del pecado. Terry lució algo, pero la laca se la llevaba toda Lana Turner (y eso es mucho poderío) y encima se promocionó a lo bestia a una chiquita nueva, Diane Varsi, que podía ser su hermana pequeña.
En los sesenta, Terry era una triste perdedora. No existían contratos para el cine y
había que buscarse la vida en la televisión. En los años ochenta, para sorpresa de todos, y vago recuerdo de mariquitas otoñales, la Moore volvió a la palestra de la actualidad yanqui por dos hechos insólitos. Por un lado, haciendo unas declaraciones tras la muerte del magnate Howard Hughes en las que mencionaba que había estado casada con él (había sido una ceremonia en alta mar a finales de los años cuarenta). Por lo tanto reclamaba parte de la herencia del multimillonario, pues al parecer jamás se habían divorciado (si, si: ella, que ya llevaba tres o cuatro matrimonios a sus espaldas). Para que no sonase excesivamente vil, Terry edulcoró todo el pastelón con unos sentidos comentarios para el fallecido, mientras dejaba entrever que su muerte podía formar parte de una posible conspiración por la sucesión de sus empresas.
Por otro lado, apareció desnuda en portada del Playboy. Era un grito deseperado por salir del olvido. De todas formas, con reportajes así poco pan les quitó a las profesionales del desnudo (de hecho más jóvenes) de
mostrando de paso que aún estaba de muy buen ver. No sería pata negra, pero era una jamona de cincuenta y pico con ganas de dar que hablar.

1 comentario:

filomeno2006 dijo...

Donna matura