27 enero 2007

INFANCIAS VERDES. Capítulo vigésimo sexto

Carlos fue la revelación del quinto curso. No me acuerdo con detalle de cómo comenzó nuestra relación de amistad, relación que con sus vaivenes (normales en un período que abarca más de veinticinco años de una vida) se mantiene hasta el día de hoy. Pertenecía al grupo de nuevos que se habían matriculado a partir de la segunda etapa de la EGB. El, en concreto, junto alguno más llegaba de un modesto colegio del centro de la capital. Es muy posible que empezásemos a hacernos afines a partir de las salidas del colegio, pues el crío era vecino de pupitre de mi colega Hector y ambos tenían la misma ruta hacia sus casas. Así viajamos mucho los tres, hablando de nuestras cosas en un buen rollito muy de agradecer. Al coincidir por el camino a primera hora de la tarde Carlos y yo manteníamos descacharrantes conversaciones a dos en las que el delirio y el absurdo eran una constante que todavía hoy en día nos identifica. Poseía (por lo menos conmigo) un sentido del surrealismo increible y era capaz de apostillar o ponerme a tiro una gracia sin pies ni cabeza (para el resto de los mortales) con tal celeridad que el placer del dialogo (aunque fuese de espíritu beckettiano) era muy grande. Poco a poco aquel niño gafoso, con pinta de sapientín (que lo era, pero que jamás perteneció al grupúsculo tan antipático de sabelotodos oficiales), al que no le gustaba el fútbol y muy poco la gimnasia, empezó a compartir mis inquietudes literarias con un ánimo tan contagioso que se podría decir que él fue mi primer lector. Y mi primer crítico, de igual modo. Pues eso lo sabe hacer bastante bien. Sus críticas se fundamentaban en un fuerte principio de perfeccionismo que yo muchas veces tomaba a mal. Lo malinterpretaba hasta el punto que pensaba que él no captaba mis ideas o por miopia o por un simple sentimiento de joderme el día.
En aquel quinto curso yo estaba metido de lleno en mi primer proyecto ambicioso. Tenía en mente realizar una gran novela río, una especie de saga familiar que insolitamente amalgamara cierta novela policíaca con el cine de acción más trepidante, e incluso con el de terror. Tamaña hibridez, fruto de un niño megalómano con demasiados pájaros en la cabeza tenía una razón de ser: yo deseaba poner sobre un papel todas aquellas imágenes televisivas que me estaban impactando de un tiempo a esa parte. Y aquello tenía un nombre que fue Sagas, pero que tambien podía haberse llamado: Cómo me están sentando a mi los telefilmes. Y estos a groso modo eran Hombre rico, hombre pobre y Raices. El resultado fueron más de trescientas páginas deslabazadas, inconexas, repletas de hiperviolencia de cartoon y con un poco de sexo turbio a lo Grandes Relatos (en el que ya la genitalidad masculina empezaba a ser tratada con cierto regodeo fetichista) y una exacervación del dialogo que solo se puede entender desde el horror vacui que siempre me acompañó. Sí: era un niño muy charlatán (hasta solo platicaba yo en casa. Con mis muñecos, incluso. Y ellos también se hablaban, que yo los oía). Así que, por consiguiente, mis personajes dialogaban por los codos. ¡Hasta medio moribundos lanzaban discursos que cansaban a las piedras!.
Sagas
se fue elaborando con rapidez, una característica intrínseca al Maciste con bolígrafos. Según iba llenando libretas estas a su vez iban formando las diferentes partes de mi best seller. Mientras tanto, comentaba emocionado los desarrollos a Carlos que, por aquel entonces, cada vez se pasaba más ratos libres con Hector. Ambos eran unos apasionados de los cómics de super héroes, género que a mi no me atraía demasiado pues lo mio en ese sentido iba más por el manga y, a ser posible, en movimiento. Cuando empecé a ir a casa de Carlos los encontraba muy esmerados en la construcción de viñetas, con lo cual, dada mi incapacidad para el dibujo técnico me aburría mortalmente, debiendo conformarme molestándoles con mis ironías en contra de su arte y pasando las hojas de mi fantástica novela a medio rematar. Entonces surgió la idea de ilustrar las portadas de cada libreta. Y yo les sugería determinadas imágenes. Lo cierto es que de un dia para otro les agobiaba con meter pasajes diferentes. Yo lo que en verdad quería era que se hiciese no un comic sino una gran superproducción de Hollywood con ella. Como mucho, ilustraron además las contraportadas. Y fui que chuté. Mi máxima exigencia era que deberían incluir en cada portada momentos de sexo y momentos de acción vertiginosa. Estos dibujos los llegaron a terminar. Quedaron muy bien, salvo en el tema de las tipas, cuyas caras las dibujaban fatal: eran como travestis que premonizaban a las futuras drags. Lo importante de aquello era que empezamos a formar un equipo que, pese a todo, me tenían a mi como la parte más amorfa. Era evidente que yo no podía llegar a su mundo de la Marvel pero ellos tampoco adoraban a mi idolatrado James Michener. Tambien es cierto que los menàge á trois siempre tienen algo de frustrante. Y el niño Maciste ya empezaba a ver que para su fantasía se bastaba él solito. En cuanto a sus dotes creativas, no podría enjuiciarlas con exactitud. Héctor era más protéico, visceral, poseedor de un talento innato, de una capacidad de trabajo y de rapidez que le hacían parecido a mi. Carlos era más metódico y... pusilánime también. Pero su versatilidad para la creación era tal que yo sé que si se pusiera a escribir lo haría mucho mejor que servidor. Cuando se lo comento siempre fantaseo con que somos un poco como las protagonistas de Ricas y famosas. Yo, Candice Bergen (pero sin su exito). El, la Bisset (pero sin su belleza).

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