13 enero 2007

INFANCIAS VERDES. Capítulo vigésimo quinto

Gimnasia sadiana
A partir de 5º EGB hubo cambios sustanciales en el colegio. El más importante era el haber entrado en una nueva fase de la Educación General Básica que incrementaba las materias de estudio (con la incorporación de los Idiomas extranjeros) y la mayor dificultad de las de siempre. En ese curso empezó mi penosa relación con el mundo del deporte. La asignatura de Educación Física se fue introduciendo en mi vida desde la más absoluta inapetencia y desinterés. Puede sonar paradójico en un tio pasota como yo, pero a la larga repercutiría en mi salud mental. El terror a la gimnasia y sus objetos estuvieron a punto de traumatizarme enormemente para los restos. Mucho más que ningún maltrato psicológico de algún compañero por mi orientación sexual. Porque en este último caso, yo sabía muy bien la aguja de marear y ni dios se atrevía a burlarse de mis ensoñaciones eróticas, pues yo siempre me adelantaba en sus chanzas para burlarme de las suyas. En 5º empecé a suspender la asignatura de marras. Ver esas antiguas agendas académicas es como ver un reguero de sangre que va circulando implacable y en horizontal hasta el límite del camino por recorrer, en su caso: la evaluación final. ¿Qué problemas tendría yo con las zancadas, con saltar un potro, con ponerme en posición de pino...?. ¿Era acaso un impedido, un niño enclenque tal vez, sufría de palpitaciones ante los 2000 m, era a lo mejor simple soledad del corredor de fondo?. Ya me gustaría a mi padecer del pulmón o ser asmático como algún compañerín exento de realizar la disciplina esta. Asi me libraría de la tortura de todo aquel faranduleo. Faranduleo que aún tenía su gracia en los calentamientos o en los tiempos de los primeros cursos en los que practicábamos las gymkanas en el mismo patio del recreo. Eran entrañables aquellos adiestramientos tan amateurs a los que nos sometía la típica maestra para todo, que no tenía ni puta idea de lo que era un desgarro muscular, o una fractura pélvica. Y, en cambio, incluso entonces yo ya parecía dar síntomas de flagrante inutilidad, cuando me tocaba por sorteo el ser portero en un partido de futbito, o ya puestos en más críptico, cuando se me pegaba- precisamente a mi- un puto chicle abandonado en el culo del chandal. Yo creo que el chicle sólo se le pegaba a servidor que escogía el peor sitio para hacer flexiones. Y ya de aquella mi imágen no era la del kuroi que se entrenaba para las honorables panatenaikas. Sino la del aspirante a casting de la versión cómica de la campaña Cóntamos contigo.

También algo de culpa tenía el profesor. El Mostacho, que así le llamábamos por su prominente aderezo piloso. También podía haber sido el Lisiado, pues le faltaban dedos en la mano. Pero creo que la crueldad excesiva no entraba dentro de nuestro ánimo. Nuestra relación de amor-odio llevada esta con mucha zorrería por parte de ambos, se incrementaba ante mi inutilidad gaseable de autista y su altivez chulesca (y la altivez viniendo de un enano, que eso es lo que era, es doblemente repugnante). Nunca entendió si yo le estaba tomando el pelo al frenar en seco al toparme con el plinton, si es que en verdad mi cerebro se bloqueaba en tales momentos por una cuestión freudiana de complejo de inferioridad o si era puro terror. El se limitaba a puntuarme roscos y al final de cada trimestre a sumarlos formando un bonito muy deficiente de color rojo. Su mundo era un infierno de resentimientos y frustraciones por todo lo que pudo haber sido y sus taras físicas le impidieron ser. Y punto.

El culto al falo

Nuestro tutor de quinto era Don Ubaldo, que pasó por mi vida sin pena ni gloria. Daba matemáticas. Era un hombre maduro, alto y fuerte, parecido levemente al Alfredo Mayo de los años cincuenta. Daba antiguo, no era cura y tampoco era mala persona. A pesar de eso, cuando le sacábamos de quicio y alzaba aquella mano con la palma abierta acojonaba bastante. Tenía la bonita costumbre de mear siempre en los servicios de los alumnos (podía ir al de profesores, pero...no) y al hacerlo era el que más se separaba del urinario, en un detalle de exhibicionismo digno de reflexión. Yo nunca osé en mirarle, ni de reojo pues nunca fuí gerontoaficionado, pero a decir de un niño que se fijaba algo en estos detalles del hombre por dentro, el señor estaba dotadísimo. Si esto era verdad, veo lógica su actitud. Que los monumentos (aunque sean ruinas) hay que enseñarlos.
El quinto curso fue importante también por el cargamento de nuevos críos que venían de otros colegios de la capital. Eran nuevas caras, compañeros para el futuro, amigos del alma y enemigos irreconciliables..., y el inicio de la turbación sexual, también. El descubrimiento de los sentidos era imparable e iba a la par al conocimiento de las materias escolares con las que los curas programaban nuestros estudios. A los diez /once años se empezaban a hablar de cosas que Maciste en su inocencia de hijo único debía captar al vuelo. Expresiones como hacerse una paja para mi eran un galimatías, a pesar de que yo ya me las hacía en soledad sin saber que llevaban ese nombre. Pero desde la malicia uno comprendía todo, sobre todo a los más expertos gamberrillos de mi aula que se llevaban las manos al paquetín para describirme con cierto lujo de detalles lo que era eso.

El peligro del Domund
Con todo, los curas nos mantenían lo suficientemente ocupados con su maraña de adoctrinamientos tan asexuados como efectos de bromuro. Cuando llegaba octubre nos daban las huchitas del Domund para que fuéramos por las calles de la ciudad pidiendo lisonja como postulantas que eramos. Pocas veces me vi en el brete aquel, pero cuando tocó era muy temeroso de ser atracado por los gitanos del barrio más chungo: los de Bichita (supongo que se escribirá así). Estos seres temidos por todos los niños de bien, asaltaban a los crios, cual sacamantecas, a las tempranas horas de la tarde o ya al anochecer si te desorientabas y te metías en un callejón sin salida cualquiera. Tenían muy mala fama, andaban con la droga, se les habían caído los dientes y apenas se lavaban. Y ay de aquel que osase plantarles cara. Podía salir con la suya atravesada por un navajazo. Siempre me pregunté porqué les llamaban bichiteros. Hubo un tiempo en que pensé que en realidad era porque en aquel barrio debió existir un cine y el día que pusieron el afamado western Wichita (sus habitantes eran terribles) había tenido tanto éxito que los espectadores (eminentemente gentuza) arrasaron con todo en su excitación, arrancando las butacas, quemando la sala y finalmente saliendo al exterior a cometer mil tropelías en nombre del far west.
A mi me atracaron un par de veces. También en La Coruña sufrí el asedio de unos gitanacos sublimes, recuerdo que me habian amenazado con echarme encima para que me comiera una alimaña parecida a un hamster y que llevaban en una jaula. Les dí todas las joyitas y me dejaron con vida. En cambio, una hucha del Domund era materia que no me pertenecía y de la que dependían un montón de gentes más necesitadas que yo y sin los vicios de los bichiteros. Hucha que podía quitar el hambre a un montón de negros del Africa tropical, según me enseñaban los curas cuando me ponían las proyecciones de filiminas con las aventuras del Conguito de las misiones aquel. Sinceramente, que unos religiosos depositaran un tesoro repleto de pesetas amarillas en manos de un niño desprotegido para que vagara con ello por las calles tristes del otoño en mi ciudad no tenía mucho fundamento. Luego estaban los colegas más inconscientes (futuribles delincuentes, fijo) que las abrían con una palanqueta y se gastaban parte del contenido en los comecocos. Menuda golfería había también con eso. Igual te digo una cosa como te digo la otra. Según quien te tocara como acompañante, el domingo podía oscilar entre la algarada de los Recreativos y la encerrona de los seudo Vaquillas.

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