04 enero 2007


HETERODOXOS BASICOS

9. GABRIEL FERRATER (1.922-1.972)

Los suicidas intelectuales siempre me han parecido unos tíos pesadísimos. Una pandilla de avinagrados que lo que buscaban era un gran final esteticista, que a menudo les salía una gran mierda de imposible diarrea.
Claro que los hay peores, como aquellos que en realidad no desean morirse, sino simplemente llamar la atención, en pose de narcisismo idiota o, a lo mejor, como alarma desesperada de denunciar publicamente su soledad de ególatras con remordimientos. Estos últimos constituyen un verdadero problema y son los más patéticos, pues al final de tantas intentonas frustradas (porque repiten y vuelven a repetir) dejan de provocar interés entre sus más allegados y posibles salvadores, parodiando de alguna manera el caso del cuento del niño que vio al lobo y al final el lobo se lo comió (y a otra cosa mariposa, que en este mundo sobramos millones). Finalmente estarían un cierto tipo de autoasesinos que son los más interesantes, pues siempre han llevado una vida maravillosa, repleta de lujos, pletórica de placeres de todo tipo, bonhomistas y divertidos que, de pronto, asombran a la humanidad con la noticia de haberse quitado de en medio. Como si fuese un último chiste (pero muy negro) que terminase por rubricar su vida de descreimientos únicos. Ahora recuerdo al genial George Sanders (cínico entre los cínicos), pero también podrían caber en el apartado José Asunción Silva o Justo Alejo o, ¿por qué no?, el gran Gabriel Ferrater.
Confieso que no conozco de este catalufa universal más de cuatro cosas, pero todas ellas son tan atractivas que pienso que mi mitificación no ha sido vana. Al contrario, es del todo merecida. Y la mitificación según cuentan los suplementos culturales de los periodicos es general. La cultureta lo adoró, su influencia en la literatura de su pais a partir de su muerte fue enorme y, desde ese misterio de inclasificable que supo crear en torno a si mismo, ha quedado como uno de los heterodoxos fundamentales del siglo pasado.
Ferrater en el campo artístico y del pensamiento y la docencia ha hecho cantidad de cosas. En cambio su labor poética (y a él ante todo se le reconoce a priori como poeta) fue muy breve (empezó a publicar casi a los cuarenta años). Es un ejemplo a seguir para todos los indecisos del planeta. Aunque su indecisión venía dada por una férrea voluntad de nutrirse de conocimientos antes de dar el paso de la creación propia (tres libros sólo, pero con un montón de actividades equidistantes por el medio). Cuando la emprendió, fue imparable.
Huelga decir que se trataba de un autodidacta nacido en el seno de una familia culta. Su padre tenía un puesto destacado en el gobierno de la Generalitat de Cataluña en plena segunda república. El resto de la parentela se dedicaban a la exportación de vinos. El dinero que ganaban (que de aquella era mucho) lo empleaban muy bien. Se compraban cultura. Había en su hogar una muy respetable biblioteca. El pequeño Gabriel estaba tan distraído con tamaño material que se olvidó (o se olvidaron) de escolarizarlo hasta que cumplió los diez años. Pero la disciplina escolar no era lo suyo. ¿Quién puede preferir a un pesado maestrillo de escuela, por muy republicano que éste sea, a la delicia del descubrimiento de Flaubert en la comodidad de tu salón con chimenea?. Pues Gabriel lo tenía claro. A los catorce caen en sus manos Verlaine y unas tales Flores del mal.
Con el estallido de la guerra civil se produce algo terrible, que es ante todo el desorden moral. Esto lo palpa el adolescente desde su particular mundo de fantasía afrancesada (maudit o simbolista) al presenciar fusilamientos de allegados o traiciones entre vecinos. Y el exilio. A Burdeos. Prosigue su formación matriculándose en el Liceo Montaigne. Perfecciona a los favoritos decimonónicos y descubre a los contemporáneos (Gide, Proust, surrealistas) a la par, que estudia inglés y alemán.
En 1.942 retorna a su Reus natal y según palabras de su biógrafo Ramón Gomis, sustituye lo francés por lo germano (siempre desde un punto de vista cultural, que no ideológico).
Tres años de sevicio militar y se pone con sus estudios de matemáticas (carrera de la que no se licenciaría). Los comienzos de la década de los cincuenta son familiarmente duros. Descalabro económico, ruína de la empresa de vinos y posterior suicidio de su padre. Con casi treinta años, Gabriel debe hacer frente de una vez a la vida y va sacando algo de dinero con traducciones y críticas en revistas literarias y de pintura. Moviéndose en los círculos de escritores barceloneses va a tomar contacto con una generación más jóven y que ya está dando mucho que hablar. Efectivamente, me refiero a los Carlos Barral y Gil de Biedma que le abrirán a nuevos autores (especialmente poetas ingleses y alemanes, pero sobre todo europeos). Gil de Biedma lo calificaba tanto de inteligentísimo, como inepto para la vida práctica.
Su extraordinario conocimiento de la lengua catalana, asi como su querencia por el estilo coloquial, sencillo, nada barroco ni alambicado, serán las constantes de sus tres libros de poemas y que practicamente conforman su obra oficial (Da nuces pueris, en 1.960. Menja't una cama, en 1962. Teoría dels cossos, en 1.966). A estos tres se le sumaría el renombrado Els dones i els dies (1.968), compendio de los anteriores con sus correcciones pertinentes.
A finales de los sesenta se halla en su período más productivo (tras cursar carrera de Filología románica, ejercerá como profesor de linguística y crítica literaria en la Universidad autónoma, además prosigue con sus traducciones de autores como Kafka, Bloomfield o de su admirado Noam Chomsky).
Para iniciarse en su poesía quizá lo más recomendable sea agenciarse sus Els dones i els dies. Ciento catorce poemas la integran (casi la totalidad de su trabajo en esta faceta artística) y ahí están sus grandes inspiraciones, claro: desde las complejas relaciones humanas hasta las variantes temporales y espaciales en las que tienen lugar. Brillan por si solas la ironía (era un hombre que poseía un sentido del humor considerable) y la métrica (adecuada para establecer un distanciamiento entre las exigencias de la poesía pura y sus propias aportaciones personalistas). Pese a que la rémora simbolista o hermética se hace notar, es la suya una poesía austera, natural, coloquialista que se desliza con grata amenidad a lo largo de un crisol de temáticas que van de la experiencia vital a la observación social pasando por la evocación epicúrea de la juventud, el erotismo y la mujer.
Paradojicamente, cuando la fama empezaba a manifestarse a su alrededor, Gabriel decidió poner punto final a su existencia. En su apartamento en Sant Cugat cogió una bolsa de plástico y se asfixió sin más explicaciones ni rodeos. Aún no había cumplido los cincuenta. Sin embargo llevaba ya mucho tiempo siendo modelo para intelectuales heterodoxos y atípicos. Quedó un suicida respetable y muy insólito.


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