28 enero 2007

DIRIGIDO POR... FA. 

James Cruze filma al mago de las escapadas (Terror Island)

Cuando el cinematógrafo empezó a dar sus primeros pasos, se sintió con la exigencia de suministrar gran espectáculo a las masas. Para ello la industria tenía que encontrar material humano idóneo que en géneros como la aventura fuesen capaces de aportar dinamismo, cuando no acrobacias físicas aun a riesgo de sus propias vidas. Fue entonces cuando en las varietés y el circo surgió la oportunidad para muchas personalidades que ya triunfaban en aquellos medios y que, a raiz de sus nuevos contratos artísticos expandirían su popularidad en grado sumo. No en vano, Buster Keaton y muchos cómicos más venían del mundo de la carpa. Igual que Harold Lloyd, auténtico kamikaze que nunca necesitó de dobles para dejar a la gente boquiabierta con sus proezas escaladoras. Sin comicidad, pero con un despliegue de habilidades físicas fuera de lo normal, el excepcional Fairbanks se alzó con el título- merecidísimo- de paladín de la aventura fantástica. Su sucesor en los años treinta, el risueño Errol Flynn permanecería imbatible con su corona, aun a pesar de que ya le estaba pisando los talones el enorme Burt Lancaster, cuyos primeros pinitos los ejerció entre lonas y trapecios, precisamente.
Pero también hubo artistas de gran nombradía que al pasar por el cine se hallaron desubicados. Incomprensiblemente, pues a todas luces este medio de comunicación de masas disponía de toda la parafernalia lujosa y sofisticada para que su arte se engalanara con toda la propiedad del mundo, aportando una suntuosidad de la que carecía el reducido espacio de un teatro. Asi gente como la nadadora Annette Kellerman por todo un oceano que le pusieran a su disposición no conseguiría trascender en su carrera cinematográfica. ¿Falta de carisma con la cámara, malos productos a su servicio?. Es posible. Y con Harry Houdini, el gran mago, el experto en fugas submarinas ( o no) pasó otro tanto de lo mismo. Apenas media docena de títulos avalan una carrera frustrada que arranca a principios de los años veinte con un par de títulos que carecieron de su previa supervisión. El primero fue un serial de misterio de quince episodios. Luego se pondría a las órdenes de James Cruze para esta Isla del terror (1920).
Cruze era un pionero, actor y director que se especializó sobre todo en el género del Oeste (suya es la seminal La caravana de Oregón). Al contar con la responsabilidad de llevar a cabo este vehículo para Houdini se centró exclusivamente en las posibilidades fascinadoras del artista abandonando el guión de manera escandalosa. Asi la película se convirtió en una rutinaria cinta de aventuras en torno a un inventor que debe desentrañar el misterio del paradero de unas perlas perdidas en el interior de un barco hundido en el fondo del mar. La incorporación a la trama de unos supuestos aborígenes polinesios (ellos con un look decididamente afroamericano, ellas incluso rubias) terminan por transformar al filme en un pésimo ejemplo de antropologismo erróneo (cuando no delirante). Nada de esto importó al espectador del 20 pues el punto de interés de la película radicaba en ver en acción a un Houdini que, aún asi, suministró a cuentagotas su arte. Teniendo en cuenta que parte del metraje se ha perdido, quedaría una primera parte en la civilización completamente anodina, con sus corruptelas e intrigas (a cargo, eso si, de un siempre brillante Eugene Pallette, aqui aún no orondo) y un romance innecesario que lo único que resalta es la incapacidad interpretativa de un Harry alucinantemente embarillado y que sólo funciona cuando le ponen grilletes, lo encierran en baules o lo encadenan a un poste.
Tras Terror Island el gran mago siguió simultaneando sus espectáculos teatrales (no exentos de morbo, en tanto que se basaban en un constante riesgo de su integridad física dentro del tópico "más dificil todavía") con más cine, pero esta vez producido, dirigido y asesorado por él. En 1926 un accidente mortal en uno de sus números puso fín a su vida. Vida que tres décadas más tarde sería llevada a la gran pantalla bajo el encanto y esplendores varios de un juvenil Tony Curtis en el papel principal. Fisicamente el actorcito embellecía al original, como de igual manera Esther Williams lo hacía con la nadadora Kellerman en su correspondiente biopic. En ambos casos fueron productos agradables pero que no consiguieron hacer del todo justicia a sus homenajeados. Una raza de inmortales del espectáculo.

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