07 enero 2007

DIRIGIDO POR... FA

Andre Deed y el hombre mecánico (1921)

Andre Deed es uno de los más olvidados artistas de la historia del cine mudo (territorio de los grandes olvidados). Su verdadera vocación en el mundo del espectáculo fue hacer reir. Era cómico con tendencia al desbarajuste y al desastre. Todo lo que les gustaba a los futuristas y surrealistas en su época. Del teatro de variedades pasó al cine con el mago George Meliés, aficionado a reclutar en sus pantomimas fantasiosas a muchos comediantes y vedettes de la escena. Deed fue muy popular en su Francia natal en los primeros años del siglo XX. Carecía de la genialidad y la elegancia de Max Linder (el gran maestro francés del humor) pero gozaba de una versatilidad que justificaba su renombre.
Al llegar a una Italia boyante y poderosa su personalidad prosiguió embaucando a nuevos espectadores. El era Cretinetti, personaje que fue puliendo en cientos de cortos, entre 1909 y 1914. En España se le conoció como Toribio, en Portugal como Turibio. Poseía un punto surrealista que le hacía diferente a un Charlot, por ejemplo. Con el estallido de la primera guerra mundial, Deed es llamado a filas por el ejército francés, en lo que será un impasse de cuatro años en su carrera. A la vuelta, Cretinetti ya no estaba para muchos oficios. Lo arrincona para buscar nuevos rumbos. Y aunque en el fondo todo será un declinar, aun dejará para los restos una verdadera rareza de cine fantástico llamada L'uomo meccanico (1921).
Se hace dificil juzgar un filme del que el aficionado carece de la copia íntegra (se calcula que duraba una hora, de la cual se han podido recuperar veinticinco minutos tan sólo). Por fortuna, lo que ha quedado contiene toda la parte del robot, una de las delicias mayores del cine italiano del período mudo. Pese al hándicap de hallarnos ante una película incompleta, podemos afirmar que la herencia del serial francés (los folletines de Feuillade como Les vampires o Judex para la imperial Musidora) es muy grande (a pesar de que la tradición seriada también afectó a Italia, cuando Za-La-Mort llenó de negatividad y negritud las pantallas del país en la década de los 10). La trepidación se hace tan agobiante que diríase que se cae en el embarullamiento tonal al escasear la medida y la contención de formas. Algo plausible teniendo en cuenta que Deed no era Griffith. Así las acciones paralelas llegan a triplicarse o cuadruplicarse, variando incomprensiblemente el grado de interés y, desde luego, perjudicando el desarrollo interno de una historia que vista en ese estado parece ya haber empezado hacía demasiado tiempo. No obstante, la frescura y encanto de los personajes, con Deed haciendo filigranas como el nervioso y despistado Saltarello, o la malvada gitana Mara embozada a la manera de las más conspicuas villanas del serial por entregas o la corte de secundarios que van de las aristócratas emperifolladas al científico loco (pero bueno) que crea al Hombre Mecánico, permanecen inalterables en el tiempo y sus circunstancias. Finalmente, estaría ese robot, (prodigio de la ingenuidad que elevaría al gran ingenuo Robby de Planeta prohibido a las más grandes cotas de la sofisticación), que despierta nuestra sonrisa más compasiva al verlo tan de hojalata, tan rudimentario en su apariencia, tan perezoso en sus movimientos y que aterroriza por donde pasa. De alguna manera, hay planos que anticipan a King Kong sin excesivos gigantismos ni efectos especiales de artesanos de lujo. Pero el diseño del monstruo carece de antecedentes imitativos. Es un original en unos tiempos en los que las criaturas de Metrópolis o de Aelita aún estaban por salir a la luz. Como mucho su cabeza de perfil remitiría al hombre de barro de la tradición judía: nos referimos, claro es, al supremo Golem.
El encontronazo final con su alter ego positivo (pues el malo era manipulado desde una pequeña base-guarida por la malvada Mara) no se sabe bien si funciona como combate a muerte o como baile agarrado. Se sobreentiende que es un duelo implacable pues a su alrededor estallan bengalas y se producen humaredas asfixiantes.
El desenlace es previsible: se descubren las dobles personalidades de los villanos y el siempre enredado André Saltarello desenreda su propio embrollo.
L'uomo metalicco es fantasía mongo al cien por cien. Inspiración de vanguardistas y sano entretenimiento para un público popular acabado de salir de una gran guerra.

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