06 enero 2007

ALBUM DE CROMOS SUEÑOS DE JUVENTUD

Cromo nº 23: JOHN MOULDER BROWN (1953- )


Hubo un tiempo, en los gloriosos sixties, en el que el cine británico contó con un niño prodigio llamado John Moulder Brown. Y cuando ese niño atravesó la pubescencia, y aún su espléndida veinteañez, se transformó en un hermoso doncel moderno, de flequillo Chelsea y maneras refinadas. En los años setenta Moulder Brown fue un inquietante sex symbol privado para erotómanos aparentemente tan dispares como Skolimowski, Visconti o Eloy de la Iglesia. Inquietante a la fuerza, pues siempre nos pareció verlo como un jóven refinado y de buenas maneras, con pinta de pequeño lord de la era laborista, como una criatura que nunca rompió un plato, de sonrisa tímida y reacciones prudentes. Su fugacidad en el cine coincide plenamente con la fugacidad de su belleza juvenil (a pesar de que nunca se haya retirado del cine, seguimos prefiriéndole en los primeros años setenta. Cuando el mini boom Moulder Brown estaba en su apogeo).
Cuesta reconocerlo en sus primeras intervenciones en el cine inglés. Pero fue golfillo de siete años en la golfa Un lugar en la cumbre (año 1959), uno de los puntos de arranque del free cinema. Un tipo de cine completamente distinto al que nos proponía la serie Doctor at... Y en cambio figuraba en el reparto de una de la tanda, Doctor in love (1960) . Los productores le cogieron cariño al chavea al ver que apuntaba maneras. Era muy despierto, tenía un físico agraciado. Además los ingleses no eran muy de niños prodigio. En los sesenta todo lo más, los veían como unos seres inquietantes, odiosos y terribles (salvo Hayley Mills, claro). Recordemos los infantes de El pueblo de los malditos (1.960), aquel increible William Dix de The Nanny (1965) para la productora Hammer o los canibalines de Viento en las velas (1965. Alexander MacKendrick). Moulder Brown era una actualización del eterno Freddie Bartholomew (a escala menor) con incrustaciones dinámicas del
primer Dean Stockwell (dicho esto con todas las distancias). Antes de que llegasen las turbulencias y los autores personales a su carrera prometedora, el paso de John por la gran pantalla va discurriendo a ritmo de sonido beat con la inmensa excepción de las danzas de la época de Enrique II, cuando hizo una breve aparición en el clásico Becket. Era posiblemente, una de las varias crías del monarca, a quienes el genial Peter O'Toole calificaba como reales gusarapos. Aquel Enriquito iba sin numeración, sin ninguna acreditación. ¿Qué falta hacía frente a la excelente forma de un regente sobrado de furia?.
Al atravesar la edad del pavo, quince años más o menos, sorprendió a los pederastas de su país, al aceptar ser para la televisión el Pedro de una Heidi niña (Jennifer Edwards, a la sazón la hijastra de Julie Andrews e hija legítima del director Blake Edwards). Cualquier chiste verde entraría dentro de la norma, al ver a John pletórico de testosterona rodeado de cabritillas, una niña anonadada y el gran empalago general típico de este perenne título de la literatura infantil. Para la historia, este fue el primer contacto
con el actor Maximilian Schell, para el que un par de años después se pondría a su órdenes en Primer amor.
Pero antes aparec
ió el realizador de TVE Narciso Ibañez Serrador en su vida. El español hacía su debut como cineasta (nefasto) y le ofreció un papel relevante en su ópera prima. El artefacto se llamó La Residencia, pieza de culto para todos lo que no tienen otra cosa que hacer que inventar piezas de culto donde no las hay. Puro derroche de sensacionalismo seudo porno con el goticismo como pretexto para saltarse a la férrea censura, la cual operó de manera implacable quedando el resultado final en un quiero y no puedo, tamizado por la genialoide personalidad de su autor. Se partía de una historia del propio Narciso y el especialista Juan Tébar. Contaba las peripecias eróticas en un internado extranjero entre un grupo de colegialas descarriadas y adictas al sexo (y a los penes king size) y una gobernanta tenuemente lésbica pero a la vez un poco incestuosa aunque también con cierto sadismo de comic y con hijo en edad de caer en la tentación de la carne en deshabillé. Se beneficiaba de un reparto internacional que encabezaba la sublime Lili Palmer y de una holgura de medios inaudita en la época para un filme de género. Tenía un toque de peli de terror mala de la Hammer sólo que con sus dosis de sexo forzado. Una pena, porque la idea de que John Moulder Brown fuese seducido por doquier era muy estimulante. De hecho una de las mejores secuencias del bodrio le pertenecen por entero: cuando se queda atrapado en la trampilla de la caldera que abastece de agua caliente a las duchas. John se escondía para vigilar a las descarriadas con tan mala fortuna que quedaba atrapado, hallando casi la muerte entre erecciones y llamadas tímidas de auxilio. Que es el peor de los castigos morales que puede sufrir un voyeur de su edad. Estuvo conmovedor.
A pesar de que lo edípico no fuera preponderante, la Palmer ejerce muy bien su tiranía de preservarle de las internadas (al final las iba asesinando el niño, que le había salido Normancito Bates, por si lo anterior fuese poco. Aunque no queda explicado del todo el porqué. Si era debido a su aislacionismo de la sociedad por alguna perturbación mental o era a raiz de haber identificado eros con tanatos en la claustrofóbica caldera), aconsejándole que esperase hasta que encontrara una mujer como su madre. No lo era la irresistible niña Maribel Martín. Como tampoco la más madura Cristina Galbó con
la que, al parecer trotaba todas las noches, aún con toda la inocencia exacervada de ésta (cosas de una mentalidad hetero). Narciso bien pudo inspirarse para ciertos gustirrinines homofílicos en una vieja película argentina de su adolescencia llamada Deshonra (1952. Daniel Tinayre), ambientada en un presidio de mujercitas malas de hasta veintiun años (que a su vez se inspiraba en sus detalles melodramáticos en la reciente Cárcel de mujeres del mexicano Miguel M. Delgado, pues en sadismo histérico la superaría la argentina), donde las visitas forzadas a la directora a cualquier hora de la noche, por cuestiones "gravísimas", debían efectuarlas las reclusas en informal salto de cama. En línea de diálogos, al menos, esto último me lo recordó en una ocasión.
Lo importante es que Moulder se estaba dejando notar en la cinematografía europea, convirtiéndose en el inglesito pop más jóven de la cuadrilla Chelsea. Cuando recibe ofertas del exterior empieza su peregrinaje por otras cinematografias. Maximilian Schell le requiere para ser el protagonista de Primer amor, horrible adaptación de un cuento de Turgeniev ambientado en la Rusia zarista. Completamente inconexa y mal dirigida, lo único salvable del embolado era la fotografía del bergmaniano Sven Nikvist y la belleza de Moulder Brown y su amor platónico Dominique Sanda. El resto, un muermo supino.
Más gracia tenía Dead End (1971. J. Skolimowski). Pese a lo curioso del argumento (John era un chaval de clase baja que al acabar el curso escolar encuentra trabajo en unos baños públicos londinenses... donde en vez de encontrar a Joe Orton encuentra a una chica mayor que él y se enamora y bla, bla, bla) se volvía a insistir en el tema de las iniciaciones adolescentes con maduras (ella era Jane Asher) que etiquetará por un tiempo al muchacho. Una característica más o menos in
teresante para sus fans dependiendo de lo subiditas de tono que sean estas secuencias concretas.
Cuando Visconti, gran experto en belleza de ambos sexos, le echó el objetivo el tratamiento fue bien distinto. Y eso era muy de agradecer porque aquel adolescente parecía ser una premonición de Jorge Sanz. En cambio, arropado por el esteticismo de luxe del maestro brilló muy alto. Es posible que Viscon
ti hubiese pensado en su tiempo en darle el papel de Tadzio para su Muerte en Venecia (también pensó en su ahijado Miguel Bosé) pero prefirió a un actor más jóven que se adecuara más a la edad efébica del personaje de la novela (John ya había cumplido los veinte). En cambio, en Ludwig estaba en la edad justa hasta para ir a la guerra. Era el príncipe Otto, hermano menor de Luis II de Baviera. Volvía de luchar contra los prusianos y austríacos en un deplorable estado mental. Su hermano le daba consejos que eran en realidad reflexiones sobre la caducidad de la vida, dentro de su megalomaníaca neurosis y finalmente, era recluido en un sanatorio. Los planos compartidos con Berger son de auténtico frenesí homoerótico. Se le recuerda frágil y a punto de romperse por dentro. Acontecimientos del alma que sólo Visconti supo sacar del inglesito.
Y como no pudo ser Tadzio, jugó a ponerse el jersey marinero a rayas de aquel y a mirar a la mar con guedeja al viento en la fallida (e insoportable) Díselo con flores (1974. Pierre Glimbat), coproducción franco-es
pañola que presentaba a una Rocío Durcal inmersa en su nueva etapa de madurez, justo antes de que hiciese la tijera con Barbara en aquella "extrañeza" de Lara Polop. En el reparto también figuraba la espléndida Delphyne Seyrig (completamente ida e innecesaria en su locura) y, para coronarlo, un torturado Fernando Rey que aportaba sabia decadencia. Lo malo es que al ser un producto demasiado francés, la decadencia quedó del todo esterilizada y al final no comprendimos qué es lo que les pasaba a cada uno de los protagonistas de semejante coñazo á la Riviera (las consecuencias de la segunda guerra mundial, o algo así). Tan sólo nos percatamos de que Moulder Brown había entrado en el cénit de su belleza y que ahora bebía los vientos por su institutriz (Marieta de rubia). De todas formas apenas se llevaban nueve años, asi que sus encuentros platónicos perdieron el valor transgresor de todo rollo iniciático/pedófilo (además el ya superaba los veinte). Pese a esto, viéndolos en un mismo plano, semejaba el muchacho tal cual una Marisol con testoterona, así que el refocile morboso ya estuvo asegurado (el que llevara medio rostro asquerosamente quemado no le impidió deslumbrar al personal. Esto ya lo sabíamos los cinéfilos, pues nunca lució más guapa nuestra Montiel en México como cuando en Piel canela aparecía de tal guisa). El filme duró cuatro días en cartel en Madrid. Por algo sería.
A buen seguro que Eloy de La Iglesia se fijó en lo tadziano del jóven al contratarle para que entrase en el huis clos tremebundo de Juegos de amor prohibido. Los comentarios en el Data Base apuntan a este filme como de una clara influencia con Saló. Yo creo que es más de Visconti que de Pasolini (ya puestos a desbarrar). Pero no de Ludwig, sino de Confidencias al presentar a unos personajes de distintas generaciones y posiciones sociales encerrados fisica y moralmente en un caserón decadente. Moulder Brown e Inma de Santis serían la parte jóven del cuarteto protagonista. Javier Escrivá y Simón Andreu los maduros que retendrán con artimañas casi caníbalescas a los muchachos. Como en el caso de La Residencia, la censura cohartó buena parte del delirio tremendista del realizador vasco, aún asi quedan bosquejos estimulantes, como el amago de spanking que casi le infringe Escrivá o la pelea cuerpo a cuerpo (ligeramente Women in love) entre John y el bisex Simón. Y, por descontado, sus diálogos con la delicada De Santis, más que un téte a téte el reflejo en un espejo narcisista (parecían dos gotas de agua de rosas).
Estos basicamente fueron los poderes del ex niño prodigio, hoy semi olvidado. Su último filme es Alexander, the great of Macedonia (2006. Jalal Merhi), la cual desconozco si ya se ha estrenado en nuestro país. John hace del rey Filipo, imagino que con la experiencia que le da el haberse vestido en el pasado unas cuantas veces de antiguo.




3 comentarios:

filomeno2006 dijo...

A la dulce Inma de Santis (Inmaculada Santiago del Pino) la perdimos en aciago accidente en Marruecos año 1989.........

filomeno2006 dijo...

Javier Escriva, magnifíco Fiscal Luque en serie de TVE "Visto para Sentencia", 1971

Anónimo dijo...

Es positivo y alivia que John Moulder Brown siga en la profesión hasta el 2006 y que no se eclipsará como muchos otros guapos de aquella deliciosa época, haciendo papeles serios adecuados a su edad y propios de un actor serio que evoluciona y madura porque salvo en algún título como "Primer amor" este Brown acaparaba todos los papeles escabrosos, niño asesino en "La residencia", objeto de deseo de su profesor en "La madrastra" como hijo de Amparo Rivelles, en "El salto del tigre" seducido por una mujer madura siendo el un jovenzuelo y en "Juego de amor prohibido" sus sudorosas escenas de amor con Inma de Santis y llorado después de cómo lo humilla Escrivá haciendo que se baje los pantalones pero sin perder su hombria juvenil. En esta película tiene unas sonrisas muy morbosas, pero era mezcla de morboso y angelical. Es bueno cubrir etapas, la verdad es que ya está irreconocible. Su fisonomia espigada y su cara sinuosa no existen ya. Tenía que dejar de hacer cine insano en España para ser actor de verdad.