12 enero 2007

ALBUM DE CROMOS LATINO MOZOS

Cromo nº 8: RICARDO MONTALBAN (1.920- )

Prepárense para un derroche de exhibicionismo físico de gran calidad. También para una representación perfecta del glamour latino, con su carga de tópicos y artificio. Dispónganse a recobrar en la memoria a uno de los machos rampantes más apuestos, más atómicos de la loca década de los cincuenta. Ricardo Montalbán fue todo esto, y algo más. Se le vió el gran rival de Fernando Lamas. Ambos eran muy opuestos. Fisicamente Montalbán era más grande, quizá menos elegante. Pero a la larga se vio que era mejor actor, y un tipo muy implicado en la realidad social, en la imágen, en el papel que sus compatriotas latinos sufrían en los Estados Unidos. Raza de vejados, de humillados, de ridiculizados en los medios de comunicación. En 1.970 Ricardo era un multimillonario que se podía permitir el lujo de criticar a los que le dieron el pan (ganado eso si con el sudor de su músculo) y fundaba la organización pro latina Nosotros. En cualquier caso, sabía muy bien de qué iba el tema. En su insultante juventud hubo de padecer montones de papeles decorativos en los que sólo se le exigía ser un calma ardores de las más diosas del firmamento estelar. O sino, una ensalada humana de razas y nacionalidades subdesarrolladas, siempre a torso descubierto... a lomos de un pura sangre o convidando a las senoritas al danzón de moda. Y en la aventura siendo furioso e irreflexivo o altivo y dominante en el amor. El eterno gigoló exótico.
Al igual que Fernando Lamas, cantaba y bailaba más que correctamente. Los escenarios de Broadway le eran muy familiares. De hecho se había criado en Estados Unidos (pese a su nacimiento en México D.F.) , y graduado en la escuela de actores de Broadway. Los escenarios neoyorkinos podían ser su segundo hogar. En ellos fue descubierto por un caza talentos de la Metro Goldwyn Mayer, mientras secundaba a Tallulah Bankhead en un montaje teatral titulado Her cardboard lover. Curiosamente, el joven no firmó contrato alguno pues tenía ya en mente realizar una serie de papeles en Mexico. Asi y todo, este pequeño ciclo de películas aztecas no empezaron con buen pie, pues al menos media docena de ellas no es que fuesen insignificantes, es que además lo tenían casi como extra. Con el norteamericano Norman Foster (que en los años treinta dirigía las de Charlie Chan y ahora estaba en el exilio debido a la caza de brujas) pudo escalar posiciones, e incluso con el Indio Fernández fue galán de la pobrecita Rosita Diaz Gimeno (exiliada española) en una curiosa adaptación del clásico Pepita Jimenez (1946) de Juan Valera. Al ver que México no daba más de si (pues el gran actor Pedro Armendariz se llevaba todos los grandes papeles, con lo cual de seguir allí como mucho terminaría en la lucha libre de Santo, el enmascarado de plata o coreando los corridos a Pedro Infante) recordó la propuesta de la Metro y firmó el contrato.
Lo primero que le dieron fue una mexicanada en honor a las piscinas de Esther Williams en un delirio kitsch titulado Fiesta brava (1947). Esther y el eran dos hermanos gemelos (!), el toreaba y ella nadaba. Pero Esther debía suplantar a su hermano en la plaza y la sirena toreó. Mientras tanto Ricardo bailó La raspa con Cyd Charisse. Como aquella fórmula de exotismo, mal gusto y piruetas acuáticas dio tan buen rendimiento en taquilla se volvió a reunir a Esther, Ricardo y Cyd en En una isla contigo (1948). Y en La hija de Neptuno (1949) Ricardo lució fenomenal en bañador de lamé. Canturreaba a la Williams Baby, it's cold outside y encima hacía de argentino que ni Fernando Lamas (señorito porteño) podía creerlo.
Los tecnicolores se nublaron y oscurecieron en su primer papel dramático hasta la fecha. Border Incident (1949) era un buen thriller de Anthony Mann: no importaba que tuviera que hacer de mexicano. Porque era un mexicano con sentido. Como también lo fue su boxeador apellidado Monterez en el drama pugilístico con triángulo amoroso por medio Right cross (1.950) de John Sturges.
Pronto volvió a la aventura desenfrenada como swashbuckler pimpante y casi toreador en Mark of the renegade (1.951). Se batía a duelo con el malísimo compatriota Gilbert Roland. En cuanto a Más allá del Missouri (1.951) su director William Wellman, sensibilizado con la raza india, dio el gran paso de acercarse a su cultura desde una óptica más seria o, cuanto menos, más humanizada. Ricardo era un jefe guerrero cañón que debía enfrentarse a todo el poder del veterano Clark Gable (que a esas alturas era mucho). Durante el rodaje sufrió una caída de caballo que le afectó en la espina dorsal. Tuvo que ser operado. Pese a esto, siempre se resintió de aquel accidente hasta el punto que acabó en los años noventa imposibilitado en una silla de ruedas.
Estos últimos filmes son títulos francamente dignos dentro de una carrera que no estaba siendo para tirar cohetes. Y mucho menos cuando se topó a una multimillonaria Lana Turner en Su amor brasileño (1.953). Pudieron correr ríos de tinta al juntarse estas dos potencias. Sin embargo, Ricardo siempre fue un hombre muy discreto y desde el momento que, en los años cuarenta, casara con una hija de Loretta Young no se le conocieron más romances, quedando como uno de los matrimonios más longevos de Hollywood. En lo que restaba de década, todavía sorprendería con su cometido en el filme Sayonara (1.957) en donde era un japonés bailarín de kabuki y, para los españolitos, en una aventura rodada en Egipto con nuestra Carmen Sevilla titulada Los amantes del desierto (1957).
Entre el teatro y la televisión y puntuales vueltas al cine con cameos sin importancia fueron transcurriendo los últimos años de actividad de Ricardo. Su afición por los coches le inclinaron a convertirse en empresario de la Chrysler. Por lo demás, sus apariciones espectrales en culebrones tan populares en los ochenta como Dinastía y Los Colby, con su peluquín rizado y sus dientes postizos, nos hacían a los nostálgicos añorar el momento concreto (e ido para no volver jamás) en el que el actor fue uno de los machos latinos más bronceados y potentes del cine norteamericano.





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