30 enero 2007

ALBUM DE CROMOS JAMONCITAS FIFTIES

Cromo nº 4: ANNE FRANCIS (1930- )


Para el maduro aficionado español, el recuerdo de la rubita Anne Francis se ciñe a tres películas tan sólo. ¡Pero qué tres!: Conspiración de silencio, Semilla de maldad y Planeta prohibido. Para el público anglosajón la actriz sigue siendo el emblema de una época concreta del cine, cuando este entró en crisis. Tambien es un rostro muy habitual en infinidad de series de televisión (sobre todo a partir de los años sesenta). Repasando su filmografía nos damos cuenta que sus papeles fundamentales se concentraron en los tres filmes antes citados y, aun así, en alguno de ellos su labor fue algo secundaria pero no invisible.
Anne Francis lleva toda la vida subida a un escenario o posando ante una cámara. Desde bien niña fue requerida por fotógrafos que la quisieron como modelo infantil de publicidad. En Broadway y con once años compartió las tablas con la legendaria Gertrude Lawrence en la famosa obra Lady in the dark (musical onírico a medio camino entre Freud, Porter y Dalí) y cuando su trabajo se extendió al cine fue para probar suerte en distintas productoras esperando a que alguna reparase con mayor atención en ella y le ofreciese un contrato en toda regla. La tanteó la Fox (Elopement, con Clifton Webb), Zanuck pensó también que estaría idónea en un papelito de rebeldita en So young so bad (1950) pero la revelación en esa película fue Rita Moreno, mexican spitfire de alto voltaje. Y al fín llegó la Metro que la contrató a principios de los cincuenta, debiendo la moza aceptar papeles de ingenua en lo que era a todas luces una pequeña sumisión al mito de la rubia angelical al que ella parecía ajustarse dadas sus características físicas.
1955 es un año importante en tanto que interviene en el gran drama de John Sturges Conspiración de silencio, primero y luego, en Semilla de maldad, de Richard Brooks. El primero es un western atípico, ambientado en una desértica localidad del oeste de los Estados Unidos y en el que se reflejan los miedos, las mezquindades y el caciquismo anulador de voluntades en una micro sociedad pueblerina que, dado el tratamiento del guión, bien pudiera ser una metáfora del macarthysmo y la caza de brujas. Sturges, director sobrio donde los haya, consiguió una gran película gracias además a la impecable labor de dos actores de incomparable solvencia: Spencer Tracy y Robert Ryan. En cuanto a Anne Francis, pudo resultar como mucho un ser pensante, que hasta osaba poner en entredicho la férrea dictadura moral del patriarcado. Y poco más, pues el filme es muy viril. Pero por lo menos, lucía apetitosa con ropa country (pantalones vaqueros y camisas de leñador). Al final, la mataban.
Semilla de maldad es, dentro de la memoria colectiva, un rock'n'roll trepidante, son unas aulas llenas de alumnos díscolos, es un profesor nuevo, prudente y reservado que debe bajar a la jungla juvenil si quiere sobrevivir. Glenn Ford revitalizó con su papel de maestro una carrera en horas bajas, Bill Haley le puso música inmortal a los títulos de crédito, Vic Morrow consolidó su corto reinado de outsider a filo de navaja y Anne Francis fue reposo del maestro, con el pequeño calvario de verse amenazada por la banda de sublevados en blue jeans.
Al año siguiente, fue una Miranda exquisita en lo que era de manera insólita una transposición de La Tempestad de William Shakespeare al mundo futuro. Como título de ciencia ficción, Planeta Prohibido es, sigue siendo, una perla dentro del marasmo loco de toda la serie B de los años cincuenta. Y ya que el guión entraba perfectamente con aquel calzador egregio, la Francis se dejó llevar, al tiempo que sorprendía con sus modelitos lejanamente inspirados en las togas helénicas. Gracias a ellas, y a un Leslie Nielsen aportando masculinidad, el erotismo tuvo mucho de asueto para el voyeur (de manera inocente, pero erotismo al fin).
Hubo a lo largo de la década más filmes: más oestes, alguna ambientación histórica (en la que Anne evidenciaba su inadecuación física para representar a damas de otros siglos: ella era muy contemporánea) y bastante televisión. Con la nueva década, este último medio fue su hogar (hay quien dice que fue su nicho) y es una lástima que al aceptar un papel de corista en Funny Girl (1968) hubiese acabado en pleitos, su papel no resultó lo que le habían prometido (pero ¿qué se puede prometer cuando toda una Streisand se erige como el verdadero manjar de la función?).
De todas las series televisivas en las que participó hay una que los norteamericanos amantes de las chicas guerreras siguen añorando. Se trata de Honey West (1965-66), en la que Anne era la titular, una detectivesa ultradinámica experta en judo y karate. Una suerte de remedo de la Emma Peel de Los Vengadores pero a la americana. Desgraciadamente, y por extrañas razones, la serie sólo duró treinta episodios. Pero ella, a juzgar por las fotos y por capítulos que se pueden encontrar por la red, estaba bárbara. Toda una mujerona. También llamó la atención con su paso por la larga serie Twilight zone (1960). Colaboró en dos episodios. Uno, especialmente memorable. Trataba de la otra realidad de unos simples maniquíes de grandes almacenes, que cobran entidad humana durante un período de un mes, en el que se ven integrados en la sociedad. Anne era un maniquí más, pero no lo sabíamos pues su apariencia era la otra. Llegaba al store con la intención de comprar un dedal de oro. Un ascensorista la conducía a la novena planta (¡de un edificio que sólo tenía ocho!). Esta pesadilla kafkiana que incluía lagunas en la memoria de la jóven y muñecos de sonrisa aterradora, acababa con la revelación de la condición auténtica de Anne. Lo que resulta estupendo, aparte de ser muy original, es que una vez más se constataba que la ciencia ficción de antes, pese a su aparente ingenuidad, podía esconder malicias bien perversas. En este caso, cuestionándo de forma indirecta el autor (Rod Serling) si la imágen o estética de much@s jóvenes que vemos día a día en nuestras calles no responderá a una falsificación, un postizo, una nueva manera de esclavitud cuyo máximo culpable sería la publicidad de nuestra sociedad de consumo.

Y ahí sigue, incombustible colaborando a base de pequeñas intervenciones en seriales dispares. Aportando inteligencia y sagacidad de wise cracker. Justo lo que la ya senecta dama ha sabido ganarse, con todos los derechos, en tantos años de profesión.



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