30 diciembre 2006

INFANCIAS VERDES. Capítulo vigésimo cuarto

TV USA: Las series for all the family

*Violencia gratuita (para todos, vamos)
Los norteamericanos, como de costumbre, aportaban un sentido del ritmo, una precisión visual que era encomiable. En las teleseries de acción no les ganaba nadie. Ya he comentado aquí hace meses el impacto de fenómenos sociológicos como fueron Starsky y Hutch o Los Hombres de Harrelson. Eran ideales, pues aparte de sus repartos sugestivos me colmaban de emoción sin límites. Era el vértigo de las persecuciones de coches, de las huidas a pie en las que el malo practicaba escaramuzas en callejones, saltaba muros, derribaba todo a su paso. Todo inútil pues mi heroe en seguida estaba al quite, aprovechando un desliz del matón de turno. Puñetazos estereofónicos, sangre con tomate, violencia USA años setenta... Maciste embrutecido.

*Cuando las hostias las reparten ellas
Cuando se estrenó Los Angeles de Charlie la publicidad reincidía en el atractivo que era el ver a tres chicas estupendas en labores de macho. Y era cierto. Pero su enfoque no era tan violento. Era lo que se podía denominar una serie familiar. De hecho la pasaban los sábados por la tarde. No fui un fan excesivo de estas tres detectivesas privadas. Mis padres de aquella tenían la costumbre de llevarme con ellos a misa de sábado y me perdía buena parte de los capítulos. Por perderme hasta me perdía la serie de dibujos animados favorita mía, que la precedía: Erase una vez el hombre, nada menos. Pero en verano o en sábados ocasionales no las perdía de vista para terminar entendiendo a la perfección que aquellas tres pavas setenteras eran idóneas para turbar el ánimo braguetil del televidente masculino. De acuerdo con que Kate Jackson era la feúcha, pero tenía a su favor el ser la más simpática, la mejor actriz y la más elegante. Un voto retardado para la sinigual Sabrina Duncan, por su cercanía al rollo bollo y sus trajes de caballero (qué solapas de chaqueta, madre mía). Luego estaba la más guapa, la muñequita de belleza Ponds, la morenita Jaclyn Smith que hacía de Kelly (mi ideal de mujer por entonces). Gustaba de vestirse de pijina, era una muñeca de porcelana con oportunos escarceos hacia el dinamismo de la pata de elefante volandera. Fue la que aguantó hasta el final de la serie. Finalmente estaba la leona, el fenómeno sociológico, la brava Farrah Fawcett que encarnaba a Jill Munroe que ya tiene nombre de bailarina de strip tease. Su pelambrera, sus agrestes rasgos faciales, la voluptuosidad vulgar... Era un reclamo erótico instantáneo. Además le gustaba vestir ropa deportiva, chandals y así. Sus patadones eran muy aparentes. La Fawcett dejó pronto la serie, la sustituyó la angelical Cheryl Ladd, especie de Jaclyn Smith en azulado que me parece que hacía de hermana de la desaparecida.Y a Kate Jackson la sustituyó en la tercera temporada una tal Tanya Roberts, mediocre Tarzana que creo que acabó de amazona, siendo la Sheena del comic. Cuando entró ésta yo ya estaba en otras cosas. Pero en su mejor época (primera y segunda temporadas) eran graciosas. Las veías introducirse en un mundo de hombres extremos saliendo casi siempre muy íntegras y eso no dejaba de ser reconfortante. Además pilotaban coches, reducían a mastodontes con efectivas llaves de karate... Y al final terminaban siempre brindando con Coca Cola de la buena en la oficina de Bosley, donde el jefe fantasma (Charlie) hacía acto de presencia desde un altavoz de mesa. Ellas estaban perdidamente enamoradas de aquel ente, quien nunca se materializó in person (ahí radicaba la gracia) y que para las protagonistas debía ser como "el gran misterio" con sus matices eróticos incluidos y que las movía a cumplir con las misiones encomendadas con mayor garra (ellas se lo imaginaban como un gran Daddy de sienes plateadas y sabiduría de Super Tacañón, y eso ya las aceleraba). Como para una tesina la serie, vamos. Muchos de los ahora cuarentones la tienen en un altar. En cambio, muy pocos repararon que el origen de todo se encontraba en una serie B de principios de los setenta, cercana a la sexploitation que se llamaba The doll squad (hoy filme de culto). Convendría rescatar esta cinta y comprobar cómo en violencia ganaban estas muñecas a las televisivas.

*Amor en bote
Otra serie de fin de semana, para toda la familia fue Vacaciones en el mar. Una verdadera antología de viejas glorias del Hollywood dorado dispuestas a vivir sus romances otoñales de ficción a bordo del trasatlántico Princesa del Pacífico. Contaba el barquichuelo con una limitadísima tripulación liderada por el canoso y excesivamente queer Capitán Stubbin (habituaba a animar las fiestas nocturnas travistiéndose en una drag imitación de Peggy Lee), seguida por un médico libidinoso llamado Doctor Adam, una relaciones públicas risueña y americanísima que nunca tuvo la menstruación y respondía al nombre de Julie, más un barman negro con el baile de San Vito(Isaac) y un apuesto pánfilo de cubierta (Gopher). Estos cinco, y no más, cumplían la complejísima labor de servirles a tanta momia del ayer un irreprochable viajecito en alta mar. Viajecito que huelga decir carecía de sustos de icebergs, ni maremotos ni tan siquiera el pobrecito tiburón de Spielberg buscando hincarle el diente a aquella de la Fox. Allí si se potaba era por que a Olivia de Havilland le sentaban mal las pastillas para la tensión. Bromas aparte, el nutridísimo reparto de estrellas invitadas también incluían a muchos nuevos valores que con los años dieron que hablar (Lorenzo Lamas, por ejemplo). Cada capítulo contaba cuatro historias y al final siempre triunfaba el amor. Era una serie blanca y muy agradable, ideal para verla con los papis. Además tenía una música muy chula. Lo cierto es que las series de antaño tenían bandas sonoras preciosas, mejores que las de ahora que van todas como a ritmo sincopado y de rap y así. Antes había melodías que se te pegaban y que no podías dejar de tararear. Y ya que hablo de música, dos de los recuerdos más gratos que tengo de Vacaciones en el mar reunen a dos estrellas del musical norteamericano de diferentes generaciones: por un lado, a la veterana Ann Miller bailando el tap (su especialidad) y por otro, a la explosiva Charo Baeza desde Las Vegas o desde la cama de Cugat, cantando el Borriquito como tú. Y ambas estaban sensacionales. Eran pura marejada a babor.

TV USA: Las series para adultos

*Aquellos negros con sus blues

Raices hizo historia. Partía de un best seller de un señor negro (Alex Haley) que se dedicó a sacar rendimiento de su árbol genealógico escribiendo toda la historia de su familia bajo el pretexto de denunciar todas las injusticias que el pueblo norteamericano cometió con los de su raza a lo largo de dos siglos. A mi Raices me flipaba. Sobre todo porque me gustaba mucho aquella técnica literaria empleada de la novela río. Pero aunque la he vuelto a ver y me parece una cosa como muy descafeinada siguen impactando los capítulos de Kunta Kinte, sobre todo cuando lo apresan en el Africa los esclavistas y lo meten acinado en aquel galeón. Qué horror. No había visto sordidez mayor desde los tiempos en que Ben Hur triunfaba en las galeras. Kunta era un pura raza, pero te lo pones a ver ahora y hasta le sacas defectos. Esa boca tipo coño de la Bernarda. Esa obstinación en no querer entrar por el aro de nada. Pues si ahora te llamas Tobi, lo aceptas y punto. Aunque sea nombre de perro. Con Tobi vas a cualquier sitio en Norteamerica (al corredor de la muerte, mismamente). Pero lo de Kunta Kinte no es en absoluto comercial. Aun si fuera Salif Keita...También estaba el tema de los latigazos. Es que en parte se los merecía, pues era un orgulloso de cojones. Y mira que tardaron en dárselos, porque tenían a un capataz que era una santa persona con mucha paciencia. Y luego escapándose cada dos por tres. Sin planos ni nada, pensaba que iba a encontrar alli, tan lejos, el rio Cambi Bolongo... Un chalao. Ahora bien, de toda la parentela era el que estaba más buenorro. Con aquella cola caballo que debía de tener... Y esos pectorales... Y cuando le cortaron el pie los cazadores de esclavos... qué guapo estaba gritando aunque ya fuera otro actor. Porque pasaban los años... Y despues la cagaron cuando pusieron como nieto de Kunta a un payaso insoportable, que desmerecía por completo. También salían muchas glorias del Hollywood en blanco y negro. Hasta Marlon Brando salía, con butaca nueva. Lástima que la denuncia racial, tan necesaria siempre que se trata de poner contra las cuerdas a unos hijos de puta como los blanquitos USA, fuese tan light. Si hasta el Ku Kus Klan parecía de carnaval en Río. De pequeñín la viví en cambio con emoción inmensa. Y su música se me metió en el cerebro tanto que la tocaba en mi piano de juguete con apasionamiento neo Liberace (mezcla de Clayderman y la señora de Belloch). Era música de un tal Quincy Jones. Casi nada.

*La del rubio y el moreno

Y Alex North compuso la de Hombre rico, hombre pobre... Para que te hagas idea del nivel que había en los años setenta. Luego en los ochenta las hacía todas el Bill Comti y, claro, ni punto de comparación. Hombre rico, hombre pobre era otro best seller de moda. Contaba la historia de dos hermanos (los Jordache) a lo largo de veinte años. Sus diferencias, sus destinos... el sempiterno tributo tanto al espíritu emprendedor americano como al mito del perdedor (dos constantes de su cultura, de su filosofía vital que de puro machacárnosla a los europeos nos la han hecho aborrecer. Por lo menos a mí). Rudy era el bueno, el moreno, el rico (Peter Strauss). Tom era el díscolo, el rubio, el pobre (Nick Nolte). Entre los dos había una chiquita (Susan Blakely), aspirante a muñequita dorada que a lo largo de la primera temporada de la serie se hallaba en una suerte de despersonalización muy chunga. No sabíamos si iba para alcohólica anónima, si sería pin up, periodista o primera dama de la Casa Blanca. Los avatares de los tres eran tan irregulares en interés que provocaba al final un flagrante desnivel narrativo. En cualquier caso, Nick Nolte se llevaba la mejor parte. Porque donde esté un pobre con nervio que se quite un blandito sosísimo por mucho dinero que tenga. Mientras el rubio se batía el cobre en los rings de boxeo, en las callejuelas parecidas a las que salían en el cine negro, en los muelles portuarios de Sudamérica, el moreno salía comiendo mejillones y caviar, permanecía sentado en despachos con mesas interminables mirando al techo o a las hojas de otoño por la ventana, o jugaba al golf con Ray Milland. Y cuando reaccionó fue para emprenderla a golpes contra unos inofensivos hippies del 65. Era inaguantable. La muchacha que fue su novia de toda la vida lo plantaba con toda la razón del mundo porque el aspirante a tycoon no quería sexo hasta que no fuese multimillonario. De locos. Con lo buena que estaba la actrizilla. Por cierto, esta chica no cuajó. Fisicamente tenía algo de Michelle Pfeiffer (y la Pffeifer si que trascendió, pese a ser tan limitada en la interpretación como esta señorita).
Nolte merecería un capítulo a parte. Su caracterización era asombrosa, mezcla del airado James Dean y el colérico Brando. Su perfil era el de un modelo de Tom de Finlandia. Y siempre que aparecía en pantalla sabíamos que iba a haber gresca. Con Falconeti, mismamente. El primer gran malo de culebrón del que fui consciente. Porque culebrón fue. Como la primera temporada había sido un éxito se rodaron más episodios aprovechando que se publicaba un segundo tomo del libro original de Irwin Shaw. Entonces nos presentaron a los niños de los Jordache ya grandes y guapísimos. Y a Falconetti tan malo como una caricatura de si mismo. Pero Nick ya no estaba. Habían esparcido sus cenizas al mar.
Vistos los resultados, los geniecillos de la televisión comprendieron que el futuro de las grandes audiencias venía de la mano de las soap operas familiares. Dallas, gracias a Hombre rico, hombre pobre tenía el terreno bien abonado.

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